Juan Franco Crespo: «Las pirámides y la esfinge, (2/2)»

Deambulas más por la desértica zona que el tiempo real dentro de aquellas gigantescas moles de piedra. Las dos horas pasan volando y nos reencontraremos para dar satisfacción a los que quieren darse el paseo en camello, el resto será tiempo libre para buscar las mejores fotos o las mejores sombras ante el terrible y abrasador astro rey o Ra, el Dios egipcio que se nos adelantaba a lo que nos llegaría a España en el verano del 2023.

Las Pirámides de Giza impactan en el árido territorio en que se localizan, en su origen simbolizaban el poder [divino] de los faraones. Fueron numerosos los que se dedicaron a crear estos gigantescos monumentos en tan peculiar formato y como objetivo final: contentar a los dioses-reyes de cada momento. De paso la arquitectura, el arte y la técnica dieron un gran salto cualitativo hace cinco milenios y aún hay unas variopintas hipótesis de cómo y cuándo se gestaron. El mayor constructor, dicen, fue Esnofru, pero estas que nosotros contemplamos corresponden a su hijo Keops que las levantó en la zona de Giza en el lejano 2.589 a. C. -a unos quince kilómetros del sudoeste del Cairo y en el comienzo del desierto-.

Indicador del yacimiento que contemplamos

Son las únicas de las siete maravillas del mundo antiguo que han llegado hasta nosotros; esas mastodónticas moles fueron levantadas durante varias generaciones de la dinastía IV del Imperio Antiguo (2.686-2.181 a. C.) y su función: ser necrópolis real de la antigua capital de Egipto: Menfis [aunque el topónimo es más famoso porque fue la cuna del inolvidable Elvis Presley en los Estados Unidos]. En menos de un siglo o tres generaciones, hicieron posible esos túmulos mortuorios que son una verdadera mina para el país en los tiempos actuales. No hay humano que llegue a la populosa capital y no haga las consabidas visitas tras pasar, evidentemente, por caja.

La gran pirámide que requiere reserva y pago aparte

La Gran Pirámide impone -requiere reserva previa, pago adicional y cupo diario limitado- es la primera que te encuentras tras pasar el torniquete de control; explicaciones, mastabas -tumbas- calzadas, miles de personas, tiempo para las fotos y punto de encuentro para desplazarnos en grupo hasta la de Kefrén que es la que se visita de forma habitual por la mayoría de los que llegan hasta ellas… Después quedará tiempo añadido para la de Micerinos, la más pequeña, pero tras las contorsiones y las rampas o pasarelas por aquellos estrechos pasadizos ya no quedaba tiempo para querer repetir la experiencia, la edad no perdona.

El jameño en ese incomparable yacimiento arqueológico al que lo visita

El paisaje es realmente espectacular y las explicaciones sumamente entretenidas y, a veces, hasta fantásticas. Tras las pirámides, de nuevo en marcha, ahora hacia la Esfinge a la que los lugareños llaman Abu al Hol [el padre del terror, que vendría a ser nuestro jameño hombre del saco] que pasa por ser la primera y colosal estatua del Antiguo Egipto, el bullicio es enorme y eso que fuimos madrugadores. Allí, ante la imponente mole que representa a Kefrén, eres realmente pequeño; suerte que el clima seco de finales de octubre permitía un paseo -controlando el tiempo para regresar al punto de encuentro y siempre midiendo la distancia para no tener que hacer esperar al resto y, debo confesar que el grupo, en este viaje, fue realmente germánico en el horario- relativamente relajado y en el que sólo tenías que ir provisto de agua para no deshidratarte aunque, eso sí, el líquido elemento tendrás que dosificarlo para que las evacuaciones, al caminar más, no sean tan frecuentes.

Simplemente uno acaba exclamando: qué poco hemos avanzado cuando estamos ante estas gigantescas e inverosímiles construcciones.

¡Menudos arquitectos estaban hechos!

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Juan Franco Crespo

Maestro de Primaria, licenciado en Geografía

y estudios de doctorado en Historia de América.

Colaborador regular, desde los años 70, con publicaciones especializadas

del mundo de las comunicaciones y diferentes emisoras de radio

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