Gregorio Martín García: «La era de la máquina»

– ¡Quillo!

Grito lanzado al espacio infinito que llena de ecos toda la campa.

– ¿Ehh?… Respondió el requerido.

-Qué ha dicho el amo que te traigas el ganao pa bajo y los carees en to este peazo que hemos barcinao.

-Vale… pa bajo voy.

 

Pronto una piara de cerdos invaden ansiosos y hambrientos todo aquel pedazo de rastrojo que los barcinadores habían dejado

Una retahíla de carros salían de la finca cargados de haces de buen trigo valenciano, destino a la Era Alta, sito en el comienzo del carril al Cortijo del Rio, donde el primer año estuvo instalada la Ajuria.

Una hilera de carros que trabajando al aparceo se dedicaban todos los días solo a barcinar mieses a la era de la máquina.

Este grupo de aparceo estaba compuesto por siete carros, cada uno de ellos propiedad de un socio de la máquina Ajuria que el pasado verano compraron entre doce agricultores del pueblo. Este año, más organizados, habían creado grupos de trabajo, sobre todo para la barcina ya que un solo carro no daba acopio suficiente para el trabajo de la máquina Ajuria.

Era un desenfreno, los carros todos los días, presentaban una original estampa por carriles, linderos y carretera y arrimaba mucha barcina al elevador de la máquina, esta trillaba y aventaba mucha mies de la engarberada y lo que hace dos años fuera trabajo de tortugas hoy ha dado un considerable salto cuantitativo al haber logrado un avance extraordinario en los trabajos de recolección del verano.

La era donde estaba emplazada la máquina siempre presentaba una gran actividad. Curiosos y obreros crean una escena esencia de pueblo agrícola y avanzado en su tiempo.

Preparando la máquina para la temporada

Una hermosa primavera de final de los años cincuenta, una estación que vendría a cambiar costumbres, adelantar faenas y hacer que los trabajos de recolección veraniega fueran más ligeros y llevaderos.

Un grupo de unos doce agricultores de nuestro pueblo, se citaron en reunión en casa de David Hita, a requerimiento de su hijo Rafalito el que adquiere después el apodo de “Rafalito David, el de la Máquina”

Reunidos en pleno y tras los saludos de rigor, Rafalito les hizo sentar y comenzó a exponer lo que iban a tratar ya que algunos de ellos desconocían a qué venían a aquella charla que le habían invitado.

Rafalito David, el de la Máquina

Rafael, hombre listo y a su tiempo adelantado comenzó:

-Mirad os he llamado a reunión a vosotros, ya que sois los más idóneos y adaptables a la proposición que os vengo a hacer.

Prosiguió.

-Los tiempos están cambiando y mucho y nosotros tenemos a Benalúa y a nosotros mismos metidos en un pozo de inoperancia, estamos atados a los viejos tiempos, a nuestros usos y añejas costumbres y no progresamos.

Ya no estamos en tiempo de amocafres, azadas, angarillas y hoces, eso es la ruina, el mercado nos ofrece medios idóneos para cambiar eso y adelantarnos en el tiempo con nuestro trabajo.

– ¿Vosotros creéis que dar viajes todo un verano con unos mulos y unas angarillas barcinando, rinde algo? Es tiempo perdido y pérdida de nuestros ya escasos beneficios que sacamos del campo.

Todos en silencio escuchaban a Rafalito, sabían que era hombre emprendedor y sabían que en su exposición tenía toda la razón, pero dinero había poco, el efectivo entre ellos era escaso, la forma de trabajar el campo muy minifundista era improcedente y solo tenían un poco de todo que usaban como dinero al cambio y en especie.

La propuesta ya había sido expuesta por Rafael. Una máquina trilladora aventadora marca Ajuria era todo, un adelanto tremendo en el trabajo del verano en el pueblo, tan acertada se creyó la propuesta que se pensó que cambiaría, trastocaría y ayudaría a las laboriosas tareas del campo.

Aperos agrícolas

Rafael, haciendo un mutis muy pensado, en un momento determinado abandonó la estancia y dejó a aquellos hablando entre sí muy acaloradamente y discutiendo todo lo de la propuesta, unos en contra, los más en favor, pero todos con tal interés que hacía presumir lo que le había parecido tal idea.

Al final hubo acuerdo y como el quórum era el % , cosa que ellos no entendían, ni sabían, ni lo necesitaban, ya que en estos actos de gente honrada de pueblos la palabra era suficiente. Mostraron su acuerdo por unanimidad, ya que la compra de dicha máquina se haría en forma de ¿acciones? transformadas en horas de trabajo de la susodicha máquina.

Cada uno podía adquirir horas de trabajo en función de su hacienda, de su estado económico y otras circunstancias familiares o sociales. El costo de tal adquisición se dividía en horas de trabajo y sabido el precio de cada hora, cada cual se haría con las necesarias.

No hay que poner en duda lo acertado de la forma económica y formas de hacerse con el suficiente tiempo de la máquina para cosechar cada cual su hacienda. Una idea genial, sencilla económicamente, fluida y barata y suficiente protocolo para cubrir a cada uno su tiempo necesario y por el que habían pagado. Quedaba la ventaja de que, si a algún socio le sobraba tiempo podía ofrecerlo a gente ajena al grupo por el costo que él estableciera. Era de cobro por el grupo de la máquina aquellas horas que por circunstancias no eran cubiertas por ningún socio.

Y como todo estaba previsto en esta organización agraria, la forma de usar los tiempos de máquina venía dado por un sorteo celebrado al comienzo de temporada, en el que en un sombrero se depositaban tantas papeletas como socios y una a una se sacaban adjudicando un número según suerte, a cada uno de los propietarios.

Era un modelo de organización, por su sencillez, claridad y fluidez de todo lo actuado. Apenas se necesitaron documentos de organización o de otra cualquier índole, ya que en su defecto estaba la palabra y honor rubricada con el compromiso que distingue a los benaluenses.

Gregorio Calamata ‘El de los Almiares, con su vara

Cada temporada, con todo revisado y puesta a punto, se comenzaba la vará de máquina por el número uno de socio sorteado. Si su mes y cosecha no estuviera al punto, podía ceder puesto al siguiente. Comenzados los trabajos, la era de la máquina parecía un hervidero de dinamismo y trabajo, máxime porque se notaba la eficacia de los tiempos, la agilidad del trabajo y la colaboración entre socios y gentes que se hallaban en la era.

Enseguida todo el amplio espacio delante de la Ajuria se llenaba de gavillas, haces y pilas de garbas formando grandes garberas de toda clase de mieses. Los carros con sus largas varas, las angarillas de los mulos y toda clase de transporte estaba dedicada a acopiarle a la máquina trabajo, ya que con su eficacia trillaba mucha cantidad y muy bien trabajada.

Los varios turnos que trabajaban, incluso uno nocturno, tenían ambientada la zona. Era ciertamente relajante que desde todo el pueblo se oía en la tranquilidad de la noche el ruido, no molesto, de la trilladora Ajuria.

Recuerdo que algunas veces nos dábamos un paseo por la carretera a altas horas de las noches veraniegas con aquel tachonado cielo de miles de estrellas y, según se iba charlando el zumbido de la máquina te acompañaba a la par que el silencio nocturno, en un pareo contrapuesto de ruido y silencio que en la conversación y junto con la limpia y refrescante brisa que bajaba de la sierra, hacia que dicho paseo fuera inolvidable.

Veces había también que el paseo era hacia la era de la máquina a hacerles una visita a los que allí ferozmente trabajaban en la trilla. Alguna vez devolvieron su agradecimiento por la visita con un buen trago de aguardiente, que guardado bajo una gavilla mantiene el frescor de la noche y del cercano río, lo que le daba un especial sabor.

Estado primero de la era con un almiar al fondo

Se hacían, aprovechando el ambiente nocturno, el olor de alamedas y mimbres y el cantar de cientos de ranas. Paseos frecuentes a los obreros de la Ajuria y casi siempre se les llevaba algún trago fresco o algo alcohólico, largo o corto, daba igual, a aquellos hombres que alimentaban toda la noche la tolva de la máquina. Y mientras tanto un misterioso y huidizo hombre, casi siempre en horas nocturnas para evitar calores, se movía fantasmagóricamente entre grandes montones y enormes montañas de paja que él con su gran bielda a modo de varita mágica iba formando, como si modelara en piedra, un gran almiar de paja. Y cuando se dice “un gran almiar”, era más que eso, era un enorme y gigantesco almiar de paja que, con sus líneas perfectas, rectilíneas y aristas logradas con maestría y limpia por la destreza de Gregorio “El Calamata”. Ese hombre que lo había “cincelado” a golpe de bielda y con maña.

Trabajando siempre solo, perdido entre aquella enormidad de tamos, briznas, rastrojo molido o forraje que, el tubo lanzadera de la máquina despedía y lejos tiraba del centro de la era lugar y espacio de todas las gestiones de trabajo.

Cuando Gregorio Calamata daba por terminada su obra, acabada la temporada, un enorme cubo formado de pajas y tamos se recorta en el cielo cual montaña, esperando la hora de su venta al más interesado y siempre por cantidades dinerarias muy importantes que, a los mismos socios asombraba.

El Grupo Agrícola de la Máquina Ajuria. Prosperaba. La idea de su compra fue algo muy acertado que, creado en forma simple y sencilla, funcionaba ágil y fluida sin necesidad de grandes escritos ni documentos burocráticos.

Por dos razones, era ello: Los agrupados no eran hombres de letras, eran agricultores y, además, su honradez, formalidad y honor era más que suficiente para mantener el negocio de aquellos agricultores que, un día con un sencillo acto cambiaron la dinámica de un pueblo.

Pronto se construyeron en la gran era, un pozo, una gran cochera y un similar almacén, así como un transformador que ahorró gastos de energía. Esto permitió que la adquisición de una segunda máquina fuera más grande, más potente y moderna y por supuesto misma marca.

Tractor Deutz

La agrupación de la máquina Ajuria que, por cierto, no tenía nombre oficial, ni falta que hacía, pasado un tiempo adquirieron un gran tractor marca Deutz que vino a reemplazar a muchos de los carros que había en el pueblo. El mismo fue destinado al transporte de barcina, acarreo de abonos y como mejor instrumento para llevar el grano al Servicio Nacional del Trigo. Otra gran idea del avanzado en los tiempos Rafalito de David el de la Máquina Ajuria. Él se nombró absoluto conductor de aquel tractor que, por tan bien tratado y cuidado a estas fechas aún haría sus funciones si no fuera porque máquinas más modernas lo han desplazado, pero trabajar, trabaja, arranca perfectamente y rueda de maravilla.

Este se encuentra en la actualidad en manos de uno de los herederos de sus antiguos dueños que al final lo adquirió y es el que me dice que tiene 61 años en perfectas condiciones, Jonás García Sánchez, hijo del “Perlo” que seguro lo conservará en óptimas condiciones por muchos años más, todavía.

Como quiera que la transformación de las tierras de Benalúa de las Villas de calma a olivar fuera un visible hecho que transforma a nuestro pueblo en un mar de olivos digno de riqueza agrícola y prosperidad. Rafalito de David el de la máquina Ajuria, aún tuvo clarividencia mental para hacer que el grupo comprara un tractor cadenas marca Fiat, para laborear toda la gran faena que tiene el olivar y ahí estuvo otros muchos años el tractor cadenas que de noche y día rastrillea, daba polvazos laboraba hacia suelos y curaba, siempre en medio de esa esplendidez de olivar.

De aquella célebre máquina Ajuria, como todo lo material, se desgasta y degenera, así pasó con ella. La venida de cosechadoras hizo que unos años no funcionara por falta de trabajo al ser captado todo por las cosechadoras. Pero hubo alguien que sin los suficientes conocimientos para tal faena se animó a ponerla en marcha un verano. Su falta de capacidad hizo de dicho intento un fracaso y hasta la célebre máquina Ajuria terminó ardiendo.

Allí en esa pira moría, ardían muchas historias, trabajos realizados y anhelos de vida.

La máquina Ajuria, aquella que revolucionó el pueblo terminó ardiendo en fuego de purificación.

Ahora allí, en aquel recordado lugar sobre restos de tamos, pajas y rastrojos triturados, hoy en día, se levanta un imperio de riqueza y economía, consecuencia de los trabajos hechos en los grupos agrícolas ideados por nuestro Ramalito de David el de la máquina Ajuria.

Fue de tal importancia la Era de la Máquina que a pesar de que hoy una gran almazara construida -La Cooperativa San Sebastián-, al lugar le llama la gente todavía:

¡¡La era de la máquina!!

 

¡Ver más artículos de

Gregorio Martín  García

Inspector jubilado de la Policía Local de Granada y

Autor del libro ‘El amanecer con humo’

Compartir:

2 comentarios en «Gregorio Martín García: «La era de la máquina»»

  • el 9 octubre, 2023 a las 12:51 pm
    Enlace permanente

    Escelente relato como todos, pero en esta ocasión siento tener que decir que él historiador no ha bebido de la fuente correcta al hacer su relato, sin ánimo de no quitar veracidad a la historia paso a poner los puntos sobre las ies, los primeros almiares que sé hicieron en las dos eras de la máquina los hizo mí tío, Jose Miguel Puentedura Uri más conocido para mí mi Chacho y para él resto él gordo de la mangurrina, como alguien dijo al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
    .

    Respuesta
    • el 9 octubre, 2023 a las 9:08 pm
      Enlace permanente

      Paco, llevas toda la razón, hubo más de uno que hizo esa obra de arte que se llama armial y, con la Ajuria hubo varios, si bien, el que más tiempo estuvo y en último lugar fue «El Calamata». Si no estoy en error. Pero como tu «juegas» con tus refranes como buen español y andaluz, yo voy a jugar con los míos. «Cómo para muestra vale un botón» yo he nombrado solo a uno, por varias razones: No recordaba el nombre de los demás, y estos, creo, estuvieron menos temporadas que Calamata.
      Un saludo y un abrazo Paco.

      Respuesta

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.