Reflexiones para el tercer milenio XVII: ¿Por qué leer a los clásicos? (2/6)

II. BIBLIOCLASTIA Y NOVELA

Ha sido precisamente Fernando Báez, ya citado en el anterior artículo, quien, en el capítulo XV («Libros destruidos en la ficción») de su excelente Nueva Historia universal de la destrucción de libros, ha pasado exhaustiva revista a los antecedentes y consecuentes literarios de la distopía bradburyana (1). Por sólo referirnos a algunos del siglo XX, hay que señalar, dentro del género de ciencia-ficción, la obra de Walter M. Miller, Cántico por Leibowitz (1959), en la que se nos informa de una orden religiosa dedicada a copiar fragmentos y textos de los grandes libros para salvar la memoria de la humanidad. La misma temática, aunque en sentido contrario, nos ofrece el escritor argentino Roberto Arlt en «El escritor fracasado» (cuento inserto en El jorobadito, 1933) donde se nos narra en primera persona cómo un escritor precozmente famoso se transforma en un cínico, cuando en un determinado momento, atormentado por sus fracasos literarios, decide destruir todos sus libros. Es también el motivo que inspira al gran escritor mexicano Juan José Arreola en un cuento titulado «Nabónides», incluido en su Confabulario (1952), en el que nos relata la vida de un amante de la escritura y del arte babilónico, Nabónides, que pretendió salvar las «ochocientas mil tabletas de que constaba la biblioteca» de Alejandría, tomando a su servicio miles de escribas para tal fin.

Sin embargo, nadie como Jorge Luis Borges, el genial escritor argentino, se ha esforzado, con mayor pasión e insistencia, en denunciar la destrucción y desaparición de libros. Dedicó, en efecto, muchos de sus ensayos, cuentos o poemas a reproducir y lamentar el horror de la eliminación de los mismos. Permanentemente fascinado por el tema de la quema de la Biblioteca de Alejandría, en el «Poema de los dones» (El hacedor, 1960), se refiere a su ceguera como un impedimento para leer los libros que le entregaron para su custodia, como director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, y alude al antiguo centro del saber griego al decir: «En vano el día / Les prodiga sus libros infinitos / Arduos como los arduos manuscritos / Que perecieron en Alejandría». Años más tarde, Borges recupera el tema de las bibliotecas en «Alejandría, 641 A.D.», poema incluido en Historia de la noche (1977).

Jorge Luis Borges

El texto debería leerse junto con «La muralla y los libros», un feliz ensayo de Otras inquisiciones(1954), porque, de algún modo, resume la idea de que todas las destrucciones de libros son inútiles; el hombre volverá a escribir las mismas obras porque los temas están en su alma: «Yo, aquel Omar que sojuzgó a los Persas / Y que impone el Islam sobre la tierra, / Ordeno a mis soldados que destruyan / Por el fuego la larga biblioteca, que no perecerá. Loados sean / Dios que no duerme y Muhammad, su Apóstol».

En «Los teólogos» (Ficciones, 1944), Borges rememora el mismo nefasto acontecimiento alejandrino. Y en «La biblioteca de Babel» (Ficciones) trata de una secta dedicada a eliminar libros inútiles:

Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la insensata perdición de millones de libros.”

«Tres versiones de Judas» (Ficciones), «El congreso», «There are more things» y «Utopía de un hombre que está cansado» (relatos incluidos en El libro de arena) versan también sobre los libros y su destrucción. En este último imagina un mundo futuro donde ya no existen los libros ni las bibliotecas. El relato, en fin, que da título a El libro de arena presenta una obra infinita que llega a provocar el miedo de su último poseedor, quien se verá obligado a admitir: «Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta” (2).

Entre los escritores europeos que se han ocupado del tema de la incineración o de la destrucción de libros de manera directa o tangencial, tal vez sean Elías Canetti, Umberto Eco y Arturo Pérez-Reverte los más representativos y significativos. Una de las más conocidas obras de Elías Canetti (3), Auto de fe (1935), se refiere específicamente a ello. Protagonizada por Peter Kien (kien significa, en alemán, leña para teas), un profesor puntilloso y solitario que, incapaz de asumir su fracaso vital, decide apilar todos sus libros y quemarse con ellos. Subido en el sexto peldaño de su escalera, en su biblioteca-estudio en el que ha reunido todos sus libros «vigila el fuego y aguarda»: «Cuando por fin las llamas lo alcanzaron, se echó a reír a carcajadas como jamás en su vida había reído» (4).

Portadas de Autos de Fe, El nombre de la Rosa y El Club Dumas

Las intrigas argumentativas de la novela de Umberto Eco El nombre de la rosa (1980) (5) —narrada por el joven Adso de Melk, discípulo del protagonista detectivesco de la obra, Guillermo de Baskerville— giran también en torno a esa temática. En ella el escritor italiano nos describe los misteriosos asesinatos cometidos en un monasterio medieval por un extraño y celoso monje ciego y bibliófilo, Jorge de Burgos (6), custodio obsesivo del único ejemplar existente del segundo libro de la Poética de Aristóteles, cuyo tema era, según los testimonios conocidos, un estudio y apología de la comedia. Al final de la obra, la biblioteca laberíntica de la abadía benedictina arde y deja como único rastro una colección de fragmentos chamuscados.

Por su parte, Arturo Pérez-Reverte nos presenta en El Club Dumas (1993) al personaje Lucas Corso, «mercenario de la bibliofilia», quien emprende una investigación fascinante sobre un capítulo inserto de modo extraño en una edición de un libro de Dumas, y, también, sobre un libro satánico titulado De umbrarum regni novel portis (Las nueve puertas del reino de las sombras) de 1666, editado por un tal Aristide Torchia (1620-1667), quien será condenado a la hoguera por la Inquisición, por magia y brujería, por haber impreso el libro, que seguirá la misma suerte que su editor.

Cubiertas de dos ediciones de ‘Los libros arden mal’ de Manuel Rivas

La última y más reciente novela -no incluida tampoco en el libro de Báez, por su publicación posterior al ensayo del ensayista venezolano- estaría representada por Los libros arden mal, del escritor gallego Manuel Rivas (7). En ella se alude no tanto a incendios ficticios (literarios), como en los casos anteriores, sino a una crónica de hechos desgraciadamente acaecidos en nuestra historia pasada. En esa extraordinaria historia dramática de la cultura española que es su novela, Rivas describe y muestra en uno de sus más intensos capítulos —-el titulado «Arden los libros», 19 de agosto de 1936 (8) — la quema de libros efectuada junto a la dársena de La Coruña y en la cercana Plaza de María Pita, por grupos falangistas tras el golpe militar de agosto del 36 en Galicia.

Allí, sacrificados al odio y al fanatismo más cerril e irracional, incinerados a montones, indiscriminadamente, piras de libros de los ateneos y bibliotecas de la ciudad —desde La República de Platón, El hombre y la tierra de Elisée Reclus, La madre de Máximo Gorki, La metamorfosis de Franz Kafka hasta Cómo se forma un electricista de T. O’Conner, De la fecundación de las orquídeas por los insectos de Charles Darwin o La conquista del pan de P. A. Kropotkin etc.— ardieron pasto de las llamas con un olor pegajoso, casi a carne humana, ante la insensibilidad, ignorancia e impiedad de sus ejecutores.

Después de este excurso libresco, entendemos mejor la significación y el valor poético y profético de una figura como la de Ray Bradbury, que, en los inicios de la segunda mitad del siglo XX, supo ya alertarnos del peligro de unas prácticas libericidas que la barbarie inhumana había perpetrado en el pasado -por motivos ideológicos, políticos o religiosos fundamentalistas o dogmáticos- y que, de nuevo, podría en el futuro volver a infligir a la humanidad. Ese futuro parece estar llegando ya (aunque ahora habría que añadir, a los motivos antes señalados, imperativos de eficiencia dictados por el progreso tecnológico y electrónico). Y ese peligro, denunciado proféticamente en Fahrenheit 451, ha provocado que se levanten hoy mismo algunas voces de advertencia y protesta. Aunque sólo fuese por este libro seminal y fecundo, merecería su autor figurar en un lugar de privilegio entre los mayores humanistas del siglo XX.

BIBLIGRAFÍA Y NOTAS

1) F. Báez, op. cit pp. 249-255. En este imprescindible y enciclopédico ensayo, su autor pasa revista a seis mil años de barbarie biblioclastica y bibliofóbica universal, que incluye de destrucción en destrucción, las tres quemas y devastaciones sucesivas de la Biblioteca de Alejandría; las prohibiciones de los faraones egipcios; las destrucciones de los biblioclastas griegos; los intentos por borrar el pasado y secuestrar el saber de los Emperadores de China y de sus funcionarios divinos; las obras paganas destruidas por los primeros cristianos; las primeras destrucciones de las bibliotecas de Bagdad; el radical fanatismo iconoclasta y biblioclasta musulmán; los libros musulmanes y judíos purgados en la España de los siglos dorados; los códices quemados en México tras la conquista; las hogueras del Santo Oficio; la censura de libros de la Inglaterra puritana; los incendios y naufragios de bibliotecas diversas y los interdictos, censuras y prohibiciones inquisitoriales de obras literarias, científicas y filosóficas a lo largo y ancho de toda la modernidad, desde el Renacimiento al siglo XIX; la fobia anticultural y el bibliocausto del régimen de terror nazi; las purgas, censuras de escritores y quemas de libros bajo el régimen soviético entre 1917 y 1989; los innumerables saqueos durante la guerra civil española, la destrucción de bibliotecas y archivos bajo las dictaduras del siglo XX: desde la guerra de Irak hasta el terrorismo fundamentalista y la guerra electrónica de nuestros días etc. etc.

2) Jorge Luis Borges, Obras Completas, I y II volúmenes, RBA, Instituto Cervantes, Barcelona 1996.

3) Elias Canetti, Auto de fe, Muchnick Editores, Barcelona, 1981, p. 253. Fue premio Nobel de literatura en 1981.

4) Ibid, p. 408.

5) Umberto Eco, El nombre de la rosa, Lumen, Barcelona, 1983.

6) Alusión y homenaje evidente a su admirado Jorge Luis Borges.

7) Manuel Rivas, Los libros arden mal, Punto de Lectura, Madrid, 2007.Esta obra de nuestro gran escritor gallego obtuvo, entre otros varios, el Premio de la Crítica española del 2006.

8) Ibid, pp.55-107.

9) Para toda esta temática véase el reciente y magistral ensayo de Román Gubern, Metamorfosis de la lectura, Anagrama, Barcelona, 2011.

 

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Tomas Moreno Fernández,

Catedrático de Filosofía

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