Leandro García Casanova: «Pequeña historia de dos niños»

Hace unos días, cuando me contaron esta historia, me emocioné y así la describo. Un niño y una niña de tres años son amigos porque sus padres viven en la misma urbanización y se conocieron en los jardines de la misma. Aquí es donde juegan y se les ve juntos, él es rubio (llamémosle G), tímido y con cara de bueno, mientras que la niña (A) tiene el pelo castaño y los ojos azules, pero es más espontánea y sociable, a veces, cuando coge a sus amigos de las mejillas casi les hace daño. Parece como si los papeles estuvieran cambiados entre ellos.

Los padres me enseñaron fotos de los niños y congenian bastante. En una imagen de hace más de un año, aparecen montados en una motillo de juguete, él está serio con su casco mientras que ella sale sonriendo. En otra foto están con otros dos amiguillos sentados junto a un árbol y, en la siguiente, ambos aparecen sentados en la hierba, sonriendo, mientras que el apacible gato de la urbanización se pasea delante de ellos. En la última instantánea, de hace unos meses, los niños están cogidos de la mano, ella con trenzas y con falda larga, y él con su pelo rizado. Al estar de espaldas, da la impresión de que tienen más edad y se asemejan a una pareja de novios. Hace un año, ellos y dos niños más estuvieron varios meses con una canguro, varias horas por la mañana, y esto les unió más.

En septiembre pasado ambos fueron a la Escuela Maternal, al tener cumplidos los tres años, pero la norma es que a los que son amigos suelen ponerlos en clases diferentes, será para que no se distraigan… La niña lloró los dos primeros días, incluso le dijo a sus padres que no quería ir a la escuela. Y así estuvo una semana cariacontecida, con lo sociable y juguetona que es. G fue destinado a otra clase y su maestra se dio cuenta de que estaba bastante triste, pero cuando salía al recreo y se encontraba con A entonces jugaban y charlaban entre ellos. De manera que la maestra decidió ponerlos juntos en la misma clase. A partir de entonces, A le dijo a sus padres que le gustaba ir a la escuela y se pueden imaginar lo contento que estaba su amigo G.

También me contaron que, hace un año, la niña le decía a su abuelo, al que ve dos o tres veces al año: Abelo, vente. Le cogía la mano mientras que en la otra llevaba un libro con dibujos de animales, se sentaba en la alfombra y le hacía señas para que se sentara junto a ella. Conforme iba pasando las páginas, señalaba un dibujo con el dedo y el abuelo le iba diciendo el nombre de los animales en español: pato, gato, pájaro… Con el abuelo se entiende bien, porque le hace mojigangas con la cara, le saca la lengua o le dice, con voz gangosa: ¿Tú eres buena? Y yo ¿cómo soy? La niña entonces se ríe y disfruta imitando al abuelo: haciendo gestos con los ojos y con la boca, mientras repite sus palabras. Los padres suelen decirle con frecuencia a la niña, doucement (suavemente), para que no corra o haga las cosas bien, pero el abuelo le ha enseñado a decir despacito, y ella lo repite con gracia, ambos se ríen con cualquier cosa o se entienden con la mirada. ¡Ay mi culito!, le dice el abuelo mientras la abraza. El diminutivo lo ha aprendido la niña de su padre.

Los abuelos suelen tener más paciencia con los nietos y posiblemente los maleducan, pues ellos van de visita y no les regañan, mientras que los padres tienen que estar bregando a diario con ellos y esto desgasta mucho, porque los niños pasan de la risa al llanto o hacen una trastada cuando menos te lo esperas. Hay que tener mucha paciencia, ponerse a su altura y jugar un poco con ellos. Pero no siempre es así y a veces los padres no tienen ganas ni tiempo.

Con tres años, acaban de salir de la casa de sus padres y están aprendiendo a convivir con otros niños de su edad, en la Escuela Maternal. G ha llegado a sentirse solo y triste los primeros días, mientras que A lloró algunas veces, hasta que los pusieron juntos en la clase. A ha tenido un hermanito hace unos meses y se ha dado cuenta de que ahora el mimado es él y casi siempre está enganchado a la teta, mientras que ella ha pasado a un segundo plano. Estos cambios los van asimilando los niños, y a veces los sufren en silencio, mientras que cada día aprenden cosas nuevas. Por la mañana van a la escuela y por la tarde juegan un rato en el jardín, algunos días se montan en el carrusel, y conforme pasan los días van aprendiendo términos nuevos con los que se expresan mejor o dibujan garabatos en las hojas de un bloc. Un día, A le soltó a la abuela: Espérate, que estoy hablando con mamá. Le habían repetido tantas veces la frase, que se había quedado con la copla.

Hace dos semanas, unos amigos hicimos un sendero por los campos de Saleres, en el Valle de Lecrín. Al finalizar fuimos al pueblo y nos llamó la atención una casa que tenía el zaguán y el patio adornados de fotografías y cuadros antiguos, colgados de las paredes. Parecía un pequeño museo. Le pregunté a la dueña, una mujer de unos sesenta años, y nos dijo: Esta casa era de mis suegros, yo me crié en esta calle, unas casas más arriba, de manera que conozco a mi marido desde que éramos unos críos.

Sin embargo, no sabemos el futuro que les espera a estos niños, ni siquiera lo que nos puede pasar a nosotros mañana. También puede ocurrir que los padres de alguno de ellos se trasladen a otra localidad y los niños pierdan el contacto, pero al verlos en las fotografías jugando en los jardines y en la escuela, durante el recreo, parece que la vida les sonríe. Al abuelo a veces le entraba la nostalgia y le decía a su hijo: Cuando la nieta tenga diez años, yo ya tendré ochenta. A mis abuelos apenas los conocí, pues no vivían en el pueblo de mis padres. Con este aumento de las temperaturas, cada año, y con la situación que vive el mundo, ¿qué futuro le puede esperar a estas criaturas? Al final se consolaba pensando que la vida tiene muchas alternativas y hay que vivirla. Me conformo con que sea feliz el día de mañana, decía el abuelo.

 

 

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