José Luis Abraham López: «No espacio deshabitado, sino tiempo conquistado»

Los retazos biográficos de la personalidad del torero cordobés engrandecen aún más una gloria no truncada sino suprema, que envuelve todo lo trágico; también, la soledad del genio.

La editorial Almuzara amplía su catálogo de títulos sobre tauromaquia con la novela La larga noche, de Joaquín Pérez Azaústre, merecedora del XXXVIII Premio Jaén de Novela. Se trata de la crónica de una cogida y el nacimiento definitivo de un mito; un mito que sufrió la incomprensión de sus paisanos como la exigencia máxima de cierto grupo de aficionados al mundo de la tauromaquia. Ya se sabe que una vez copada la cima, el personaje idolatrado ha de doblegar otras fuerzas.

Han sido muchas las obras que la muerte del diestro Manuel Rodríguez Sánchez “Manolete” ha generado. Esta de Joaquín Pérez Azaústre se mueve entre la crónica y la novela. Desde un comienzo in media res, el narrador mantiene la omnisciencia de distintos personajes. Podemos poner como ejemplos la del diestro cordobés cuando es prendido mortalmente por “Islero”, así como los desplazamientos temporales que nos llevan al pasado remoto (una cogida sufrida en Alicante en 1945, tardes en la Maestranza de Sevilla en 1942…), la misma mañana del infausto festejo como el presente agónico del diestro.

Además, la novela está urdida desde ese enmascaramiento tan habitual ya de adoptar la voz de personajes secundarios: Guillermo (mozo de espadas), Camará (apoderado), “Chimo” (ayudante de espadas), el banderillero Cantimplas, “Chocolate” (mozo de espadas de “Manolete”), Rafael Soria Sánchez “Calín” (sobrino del «monstruo» cordobés), el sacerdote Antonio de la Torre, etc. En esta galería de personajes no puede faltar Lupe Sino, aludida en muchos momentos como «la artista de Madrid».

El autor entreteje la anécdota con el dato histórico bebiendo de muy distintas fuentes: testimonios escritos u orales, crónicas periodísticas (como la de K-Hito), partes médicos, programas radiofónicos, material gráfico pero siendo siempre “Manolete” el personaje sobre el que gira el desarrollo narrativo. Entre el ingente apoyo bibliográfico, Joaquín Pérez Azaústre aporta su opinión personal sobre el toreo estático de “Manolete”.

Podríamos afirmar que La larga noche es mucho más que el retrato de “Manolete” pues, en torno a la aureola indiscutible del diestro cordobés, el autor consigue representar a una sociedad consternada por la tragedia, además de la sensación ardiente de la cornada y la rivalidad profesional.

Cubierta de La larga noche, en Editorial Almuzara

La pericia de Pérez Azaústre permite al narrador estar en varios espacios simultáneamente: en San Sebastián, donde doña Angustias (madre de “Manolete”) espera la llamada de su hijo después del fatídico festejo y, por supuesto, en Linares (habitación del Hospital de los Marqueses, Hotel Cervantes…). Aparte, el narrador nos sorprende con prolepsis anticipando la muerte, por ejemplo, de Gitanillo de Triana en la carretera de Valencia el 24 de mayo de 1969.

Estructuralmente, la novela está dividida en tres capítulos que, a su vez, acogen distintas escenas. Desde la cogida hasta que “Manolete” muestra signos de recuperación que inesperadamente se van tornando cada vez más pesimistas, y que llega hasta la mañana del día siguiente, forman la primera parte. La segunda, con el fallecimiento del astro cordobés. Después de dar sepultura al diestro en su tierra natal, hay un salto temporal de un año, centrado esta vez en Lupe Sino y otro de once, una vez que esta regresa de México a España. Estamos en 1959. Un giro radical puesto que es ahora la mujer de cuarenta y dos años el centro de atención narrativa hasta su fallecimiento por una repentina embolia cerebral sufrida en septiembre de 1959. En la tercera parte, el narrador vuelve a un día antes de morir “Manolete”, al 27 de agosto de 1947. Aquí se manifiesta la firme decisión del diestro de retirarse en octubre de los ruedos y continuas escenas recogen al diestro cuando aún era una promesa para luego ser una sombra permanentemente infinita. Estas retrospectivas destrenzan el trágico final para quedarnos con la figura de un hombre que conoció la cumbre y que el autor nos lo muestra también como una frágil estrella.

Los retazos biográficos de la personalidad del torero cordobés engrandecen aún más una gloria no truncada sino suprema, que envuelve todo lo trágico. Pérez Azaústre glosa y argumenta, insistiendo en una imagen poderosa e inquietante como es la muerte con sabor a tierra y el mal presentimiento que ni los más fieles ángeles custodios del maestro pudieron evitar.

El autor no se deja llevar por la constante exaltación, tan fácil cuando se proyecta sobre biografías que inspiran ídolos o héroes, según quien así lo entienda. Larga fue aquella noche fatídica como extensa fue su sombra.

Quien levantó muchedumbres de incondicionales como luego recibió el vituperio de detractores encontró en el arte el elixir para su manifestación personal. Por más que se haya escrito sobre “Manolete” sigue siendo la suya una vida ejemplar que trascendió lo cotidiano porque convirtió su tiempo en tiempo mítico para los demás.

José Luis Abraham López

Profesor de ESO y Bachillerato

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