Gregorio Martín García: «Media fanega y un celemín de ‘nochegüenos’» (1/3)

Años cincuenta y sesenta de la centuria pasada, las viejas costumbres de pueblos eminentemente agrícolas y alejados de la ciudad se imponen. Eran años de escasez por falta de poder adquisitivo y por falta de abastecimientos en todo el estado.


Tiempos difíciles eran aquellos aún cercanos a la horrenda confrontación sufrida. Ello hacía que despertara la audacia para ganar a la falta de todo que hacía vivir pensando que había de hacer en el próximo paso para satisfacer lo necesario, continuar en el camino andando y en el siguiente paso seguir pensando que todo sigue faltando, no queda tiempo para otra faena más que pensar que nuestra alacena y ropero se hallaban vacías de todo lo necesario.

Este, poco de todo, obliga a agudizar la mente y pensar como proporcionarnos con el menor gasto el alimento y que éste fuera, no sólo sustento, sino que rellenara cualquier momento del año, en que además de alimento fuera motivo de festivo condumio. Lo que lo convierte en clásico de ese momento que celebramos ahora y, hacer de dicho plato por su costumbre y uso, algo típico y esperado.

Eran varios, estas pitanzas que a la vez de economía alimenticia hacían de manjar para las fiestas a celebrar en aquellos pueblos nuestros perdidos y, habianlos para todas las fiestas tanto las de guardar como las fiestas y ferias del lugar.

Leche frita

Eran estas, muy variadas, roscos fritos de Benalúa de las Villas, borrachuelos, leche frita y otros tantos que se preparaban en la Intensa Semana Santa que se cumplimentaban con grandes cazuelas de arroz con leche y natillas.

Antes de la semana Grande los carnavales se celebraban y se guisaban otra serie de viandas propias del momento, propias del festejo en la que más se señalaba era la torta de carnaval, riquísima y cargada de tanto alimento que no se podía agrandar su gasto y pensar que podías tener tal fuerza alimenticia en tu tripa que esta no pudiera aguantar tan gran acopio.

Llegada La gran fiesta, la más esperada, la más respetada y entrañable, el pueblo entero se revoluciona. Todo se comentaba entre vecinas desde bastante día antes en que se preparaba y pensaba la cantidad de mantecados y otros dulces de esas fiestas típicos pero lo más grande lo más celebrado y esperado eran el amasado de nochebuenos y tortas y cantidad importante al objeto de que estos alimentaran durante tiempo, meses, el desayuno y alguna cena de los trabajadores y resto de familia de aquellas casas agrícolas en que muchos solían sentarse a la mesa.

Comenzando el amasado de los nochegüenos

Los preparativos del amasado de “nochegüenos” era muy minuciosos y dado que mucho no sobraba en las casas se organizaba de tal manera para gastar lo mínimo y que muchas piezas de “Nochegüeno” salieran.

Grandes canastas de mimbre de las típicas de nuestro pueblo, hechas a propósito para ir a lavar los trapos al río Moro, el río de nuestro pueblo, eran los recipientes muy buenos y aptos para el transporte de los nochebuenos y tortas a las que les venía muy bien el refrigerador que la canasta presentaba y que quedaba entre las mimbres entrelazadas del cuerpo de esa buena canasta que dejaba pasar aire al centro y enfriar poco a poco los bien olientes nochebuenos y evitar su deterioro por la condensación de los bollos y tortas aún calientes y recién sacados del horno. Olor penetrante, ambiente caliente y aquellas canastas llenas de bollos con un especial nombre señaladas: bollos y tortas, nochebuenos y roscos, todo curiosamente guardado y por limpísimas servilletas o lienzos cubiertos para lograr no se enfriarán muy pronto, así como para evitar a los autoinvitados que desde el molino a la casa podían mermar la canasta de los nochebuenos.

Horno de pan

Era día grande en los distintos hornos del pueblo, que en aquellas fechas de lejanos años eran, el Molino y Horno de la “Dora” la del Molino, sito en la carretera donde después estuviera el mismo de los Huérfanos, también en ese su tiempo allí se siguen amasando los bollos de Pascua. Era otro de ellos el Ventorro o Ventorrillo sito en donde hoy se encuentra el ayuntamiento del pueblo, construido hace pocos años en lugar absolutamente equivocado.

Su ubicación de siempre presidiendo la plaza del pueblo, era el sitio idóneo y el más adecuado que nunca debió abandonar para llevarlo a las afueras de la villa.

Error de responsables políticos causantes de desmadres en los pueblos propias de su incapacidad. Se hacen talas de árboles con instintos arboricidas sin pensar jamás como se pueda arreglar en forma más racional y adecuada. Se hacen gestiones en calles, plazas y otros rincones en donde a veces los responsables descargan algún “desquite” de cualquier inimaginable cosa que, entre familias, o cualquier vecino haya pendiente, a veces, desde largos años.

El Molino de Arriba, era también lugar de dulces de Navidad, así como la Venta de Andar y hasta el pequeño horno que junto a la casa del “Tío Anís”, tenía Guillermo el de la Tienda Nueva. Eran suficientes hornos y molinos que en fechas prenavideñas llenaban los ahumados con la fiesta y los jolgorios para hacer tortas, “nochegüenos” y “mantecados”.

Continuará. /…

 

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Gregorio Martín  García

Inspector jubilado de la Policía Local de Granada y

autor del libro ‘El amanecer con humo’

 

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2 comentarios en «Gregorio Martín García: «Media fanega y un celemín de ‘nochegüenos’» (1/3)»

  • el 18 diciembre, 2023 a las 10:22 am
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    Se aproxima la navidad, ya quedaron atrás las matanzas y ahora toca preparar los dulces para estas fechas las familias se reúnen en casa casi siempre de la mamá para hacer aquellos mantecaos tan buenos y como molde un vaso ni pequeño ni grande siempre en su medida justa con clasico papel para su envoltorio como siempre en tu linea para revivir tiempos pasados.

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    • el 22 diciembre, 2023 a las 6:21 pm
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      Sí amigo Paco, en esa época que recuerdas con encanto. yo, como tú, también metia mano en los mantecados. Siempre mi faena era, con el molde que describes -el vaso-, cortar los mantecados que, iba colocando en una gran tabla donde mi hermana los liaba. Era trabajo en cadena, copiado de las grandes fábricas, cada uno hacíamos una cosa y el último se los «zampaba».

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