José A. Delgado: «Discursos que dejaron huella»

A lo largo de la historia han existido discursos que por su valor intrínseco y su carga simbólica dejaron un sello inconfundible en su tiempo y trascendieron a la posteridad. Así, Winston Churchil (“Lucharemos en las playas”); Ernesto “Che” Guevara (“Para ser revolucionario lo primero que hay que tener es revolución”); Bill Clinton (“He pecado”) o Albert Einstein (“Basar la seguridad nacional en el armamento es una ilusión funesta”). Estos discursos, y 46 más, han visto la luz merced a la recopilación llevada a cabo por Andrew Burnet en la obra: “50 discursos que cambiaron el mundo” (2017).

John Fitzgerald Kennedy fue el 35 presidente de los EE.UU (20/1/1961-22/11/1963). La frase “Ich bin sin Berliner” (Yo soy berlinés) fue pronunciada el 26 de junio de 1963 en la República Federal Alemana, concretamente en el discurso que dio en la escalinata de entrada del Rathaus Schöneberg (el Ayuntamiento de Berlín occidental) situado cerca del Muro. JFK fue invitado por su alcalde Willy Brandt y fue aplaudido efusivamente por las casi 120.000 personas que asistieron al acto. En él transmitió un mensaje firme en un momento muy delicado de la historia del mundo. Dijo que fuesen a Berlín todos aquéllos que no entendían por qué tenía que haber un conflicto entre el mundo libre y el comunista; los que creían que el comunismo era la ideología del futuro o los que consideraban que con los comunistas se podía colaborar. Kennedy falleció a causa de un disparo realizado por Lee Harvey Oswald desde la quinta planta del School Book Depository cuando su coche embocaba la Plaza Dealey en Dallas (Texas). Eran las 12.30h. del 22 de noviembre de 1963 y fue una tremenda mala noticia para el mundo.

Martin Luther King ejercía de clérigo y devino en líder estadounidense. En 1963 encabezó la marcha sobre Washington para defender los derechos de los negros. “I have a dream” (Tengo un sueño) fue el mensaje que con enorme contenido y gran oratoria repetía una y otra vez en su discurso. Él soñaba con que todos los hombres fueran libres, con que un día a sus hijos no se les juzgara por el color de su piel sino por los atributos de su personalidad y que los niños y niñas de Alabama pudieran cogerse de la mano como hermanos y hermanas. Que replique la libertad desde las cumbres prodigiosas de New Hampshire, decía, desde las imponentes montañas de New York y desde cada pequeña colina y montaña de Misisipi. Para ser una gran nación, Estados Unidos deberá hacer realidad estas palabras. Su lucha contribuyó a la aprobación de la “Civil Rights Act” (Ley de Derechos Civiles) y de la “Voting Rights Act” (Ley de Derecho al Voto). El 4 de abril de 1968 fue asesinado por un segregacionista blanco cuando estaba en la terraza del “Motel Lorraine” en Memphis, Tennessee, EE.UU.

Steve Jobs fue un informático y empresario de Estados Unidos que con 20 años, en la cochera de su padre, fundó “Apple Computers” con Steve Wozniak, amigo e ingeniero electrónico. “Nació en 1955 en San Francisco (California) fruto de la relación entre Abdulfattah Jandali y Joanne Carole Schieble. Fue adoptado por Paul Jobs y Clara Hagopian que lo bautizaron con el nombre de Steven Paul Jobs. Abandonado, elegido y especial, fueron conceptos que formaron parte de su identidad”: “Steve Jobs” (2011), Walter Isaacson (pág. 24-25). El 12 de junio de 2005 dio un discurso de 15 minutos en la Universidad del Stanford con motivo de la graduación de sus estudiantes bajo estas tres ideas: “Une los puntos”, “El amor y la pérdida” y “La muerte”. Les dijo que nunca se graduó en la universidad y que la abandonó a los seis meses porque no le encontraba sentido; que hay que confiar en algo ya fuese el instinto, la vida o el destino; que amaran lo que hiciesen, que no perdieran la fe, que siguieran a su corazón y que fuesen alocados e inconformistas. Les contó que lo expulsaron de “Apple Computers”, la empresa que fundó, pero que fue una suerte por las cosas que realizó fuera de ella. Luego, con 30 años, volvió a la empresa. Falleció el 5 de octubre de 2011 a las 14h. en su casa de Palo Alto (California) de un cáncer de páncreas: tenía 56 años.

Adolfo Suárez fue presidente del Gobierno de España durante el período 1975-1981. Bajo mi especial consideración, ha sido el político más prestigioso y valiente de nuestra democracia, quien con todos los poderes en contra contribuyó a traerla tras la larga noche franquista. “Puedo prometer y prometo” fue la anáfora que utilizó en su discurso cuando era el candidato a la presidencia del Gobierno de España por UCD (Unión de Centro Democrático) en las elecciones generales de 1977. Éstas fueron algunas de sus promesas: “Puedo prometer y prometo que nuestros actos de gobierno constituirán un conjunto escalonado de medidas racionales y objetivas para la progresiva solución de nuestros problemas y que intentaré elaborar una Constitución. Puedo prometer y prometo que los hombres de UCD promoverán una reforma fiscal que garantice que pague más quien más tiene. Y en fin, puedo prometer y prometo que el logro de una España para todos no se pondrá en peligro por las ambiciones de algunos y los privilegios de unos cuantos”. Murió el 23 de marzo de 2014 a los 81 años tras una larga enfermedad neurodegenerativa con honores de funeral de Estado. En su epitafio se puede leer esta frase: “La concordia fue posible”.

Próxima entrega: John Fitzgerald Kennedy: sesenta años de una esperanza frustrada

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José A. Delgado

 Maestro,

doctor en pedagogía

y profesor titular de universidad

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