Isidro G. Cigüenza: «Hoy quiero lamentarme… ¡Y me lamento! (A los maestros jubilados)»

Sí, hoy vengo a alzar la voz y a lamentarme… A quejarme de vuestra renegada actitud, antiguos compañeros freinetianos, montessorianos, rosa-sensatianos…

A lamentarme de que hayamos dejado a nuestros alumnos, a los nuevos educadores en ejercicio y a la Pedagogía combativa y consecuente, en la más desangelada orfandad.

En su día se nos secó la voz presumiendo y predicando una enseñanza transformadora, métodos innovadores, didácticas comprometidas… ¿Y hoy con qué me encuentro? Caducos educadores, que a fuer de inactividad, nostalgia y falsas justificaciones no han vuelto a pisar una escuela desde el fatal día de su jubilación… ¿Qué os queda de aquel entonces? ¿Reuniones de colegas? ¿Asociaciones de Antiguos Alumnos? ¿Películas nostálgicas? ¿Relatos de educadores chochos…?

Me tacharéis de injusto, parcial y subjetivo… ¡Y seguro que muchos tenéis razón, visto el estado de salud y circunstancias….! Pero ¿y los demás? ¡A los hechos me remito! Me consta que andáis por otros lares, más lúdicos y menos estresantes: cine, música, pintura, senderismo, compromiso social… Pero, es que…vosotras y vosotros, de oficio ¡sois maestros!

Trasantier estuve en Gaucín, con niños, recorriendo montes; antier en Estepona, con niños, aprendiendo por sus calles la gracia de su flora ornamental; mañana voy a Ronda, también con niños, pateando los espacios donde se desenvolvió la vida del músico universal, Vicente Espinel, pasado mañana en el Campo de Gibraltar, siempre con los niños, participando en unas jornadas en la calle con arrieros y hortelanos… Y no…. No presumo de actividad, ni de seguir profundizando en nuestra Pedagogía Andariega allí donde me requieran… Es que, señoras y señores…. ¡este es mi oficio!

Antes que presumir, deploro. Deploro y me quejo de ser una “rara avis”. Un individuo, maestro jubilado por más señas, que aparece en solitario por los sitios, acompañado únicamente de mi burrita Molinera y portando unas livianas alforjas, preñadas, eso sí, de sueños ideales… Una soledad que se me presenta como la peor de todas: la que antecede al exilio.

¡Pero aún estamos vivos! ¡Vivos y con mucho que aportar! Cuando esos mismos niños me ven vestido a la usanza, tocando la armónica, recitando versos, fandangos, chascarrillos…, subiéndome a los pupitres de sus clases, corriendo patios y parterres…, y mofándome de prohibiciones subliminales… noto que estoy tocando el alma, el alma libre y sensible de esos niños enjaulados. ¡Y yo también disfruto!

He sido durante cuarenta años tutor de multitud de criaturas. Unas que no necesitaban tutoría ninguna, pero otros sí. Otros, otras… que precisaban de una atención especial, de una mirada afectuosa, de un abrazo… Y son ahora sus hijos, incluso sus nietos, los que me siguen demandando, cuando salgo a la calle con ellos, más de lo mismo. Y los conozco bien, porque sé de dónde vienen y lo que les espera. Y ellos a mí también me conocen porque saben quién soy….

¡Qué mayor honor que ser abuelos pedagógicos! Labor que, complementaria a la que llevamos a cabo con nuestros propios nietos, alarga nuestro conocimiento y afectividad a nuevos nietos escolares.

Somos imprescindibles, compañeros jubilados, somos gente de oficio. Nadie como nosotros para saber de Recursos medioambientales, industriales, lúdicos o humanos. Nadie, para intervenir como mediadores o, aún mejor, como “jueces de paz”, en los conflictos diarios que, ya entre compañeros, instituciones o padres surgen en los Centros; nadie mejor que nosotros para comprender, apoyar y orientar a esos educadores noveles que comienzan su andadura con tanta expectación, pero también con tanto desencanto.

Hay en mi pueblo un anciano que, si bien apenas le quedan fuerzas, en sus tiempos fue un excelente carpintero. Y me sirve de modelo porque este buen hombre, lejos de renunciar a su oficio, se levanta todas las mañanas y manteniendo el espíritu jovial de antaño, se acerca a su montón de leña y seleccionando las mejores tablas lleva a cabo su objetivo: hacer marquitos de madera para, una vez puesta la malla, convertirlos en cedazos donde embadurnar de harina el pescado. Los fabrica a decenas: prácticamente no hay cocina del pueblo que no presuma de tener uno.

Yo me quedo observándole cuando paso por su puerta… ¡Y es de ver, con qué delicadeza repasa cada trozo de madera…; cómo lo pule, lo lija, lo corta y lo ajusta a su sitio! Se podría decir que a cada trozo, según su rareza, origen, forma y compostura tiene un destino… ¡Un destino útil, servicial y generoso como ninguno!

Brindo por los constantes…, por los que siguen en el tajo…, por los que siguen sintiéndose vivos…. Porque obras…. “Obras son amores” ¡Bendita Pedagogía!

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Isidro García Cigüenza

Blog personal ARRE BURRITA

artífice e impulsor

de la Pedagogía Andariega

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