Antonio Moncada Barón se alza con el primer Premio del X Concurso de Relatos Cortos de ALUMA

El día 19 de febrero se reunían los integrantes del jurado del X Concurso de Relatos Cortos de la Asociación de Alumnos del Aula Permanente ALUMA, formado por Concepción Argente del Castillo, como presidenta; María Isabel Montoya, como vocal; y Miguel González Dengra, como secretario.
Tras la lectura de los textos presentados y las lógicas deliberaciones, este jurado acordó por unanimidad otorgar el Primer Premio al relato titulado “Soy un glóbulo rojo”, presentado bajo el seudónimo “Libélula”, siendo el autor, Antonio Moncada Barón, en tanto que el Segundo Premio recayó en el titulado “Ser feliz no cuesta tanto”, presentado bajo el seudónimo “Miranda”, empleado por María Santos Rodríguez, concediendo un Accésit al relato titulado “Retazos” autora Ascensión Castillo Nadales.

¡Enhorabuena a los premiados!

Reproducimos a continuación el galardonado con el primer premio:

SOY UN GLÓBULO ROJO

Soy un glóbulo de color rojo que apenas hace 7 días nací, junto con otros tantos millones que son como yo, en la médula ósea de un minero de Riotinto, de 49 años. Con nosotros, actualmente están viviendo 8.200 leucocitos y 250.000 plaquetas, pero esta población suele variar por diversas circunstancias. Los primeros nos defienden de los agentes nocivos y las segundas se encargan de que sea posible la coagulación.

A los que acabamos de llegar nos llaman “novatos”, pero no nos gastan lo que le llaman, bromas o «novatadas». He tenido suerte con mi tutor, un veterano de 60 días, que es muy estricto, pero extraordinario compañero y maestro.

He comenzado mi periodo de instrucción en la «Ruta 1» que comienza en los pulmones, dónde llevamos oxígeno a distintos sitios. Ayer estuve en el hígado, hoy en la nariz y mañana salgo hacia una pierna. Hasta ahora mi peor momento fue hace dos días, que lo pasé en un riñón, y no pegué ojo en toda la noche ya que el ruido de cañerías fue casi constante pues parece ser, según mi tutor, que este hombre estuvo de fiesta con sus compañeros.

La semana que viene comienzo con la «Ruta 2» en la que llevaré dióxido de carbono, desechable, a los pulmones.

La verdad es que este trabajo, aunque es duro, no me disgusta, pero amigo por la noche estoy muy cansado y duermo como un «tronco» hasta que este señor se levanta.
Sé que se están preguntando que quién hace nuestro trabajo de noche. Pues lo realizan los que están de guardia, faltaría más, pues todo está organizado hasta el último detalle.

Ayer cumplí 30 días. Ya he realizado todas las «rutas», excepto la del corazón, en la que debuto la semana que viene. Me hace ilusión pues comentan mis compañeros que, aunque hay mucho trabajo, también hay bastante ambiente, vamos, que no te aburres.

Hace 50 días que nací. Hoy es jueves, son las 10 de la mañana y está todo tranquilo. Estamos desayunando y comentando cosas de trabajo. De repente todo se estremece, un temblor intenso nos hace golpear contra las paredes. Se oyen gritos, lamentos, mi maestro rápidamente me agarra con sus brazos y me explica que ha ocurrido un accidente en la mina y como consecuencia la pierna izquierda de este hombre ha sufrido una importante herida. Somos succionados bruscamente y a una velocidad extrema bajamos sin remedio. Estábamos en la zona del oído derecho y ahora nos encontramos en la vesícula biliar.
Tras momentos de temor parece que reina algo de calma, la corriente que llegó a ser vertiginosa ha disminuido. Se oyen voces alteradas y de alta intensidad, ruidos de sirena.
Nuestros sensores externos nos informan de que nos dirigimos a un hospital de la zona en una ambulancia.

Ahora estamos en un quirófano, los cirujanos están acabando su tarea, todo está más tranquilo. Llevamos bastantes horas sin tomar nada sólido, nos mantenemos con algo de suero.
Han pasado unos días y todos estamos muy tristes ya que hemos perdido millones de compañeros. Han ocupado su lugar otros tantos que han entrado por el sistema venoso.

Con todo lo acontecido y con tanto desplazamiento he debido «enfriarme» y llevo tres días estornudando, con dolores musculares y escalofríos. Nuestro médico de cabecera me prescribió paracetamol y aumentar la toma de líquidos, con lo que he mejorado bastante.

Mañana cumplo 90 días. Para celebrarlo queremos ir a una playa, y aunque las del cerebro, corazón y pulmón tienen más agua, iremos a una de la piel que son menos profundas y más soleadas. No sabemos si lo haremos en el coche de un amigo o en el transbordador de la empresa. A la noche habrá una gran fiesta, acudirán aproximadamente 500.000 glóbulos rojos, 2.000 leucocitos y 40.000 plaquetas. Esta estará amenizada por dos orquestas de plaquetas.

Nos vendrá bien el descanso pues después de este «finde» empezamos en las rutas más duras, como la de los capilares de la microcirculación o la del filtro esplénico (junto al bazo), por ser caminos muy estrechos, y aunque nuestro cuerpo es arqueado y ágil, debemos adoptar a veces posturas de contorsionista.

Hoy ya tengo 116 días y ya he sido informado por el administrador del bazo que en cuatro días me trasladarán allí para ser degradado.

Ahora no me siento triste, no sé cómo estaré el día que llegue el momento. Me encuentro en el tronco encefálico del cerebro, dónde he hecho amistad con unas “neuronas del placer” que me están transmitiendo una tranquilidad inmensa.

Llegó el 120, el día de mi final, lo tengo asumido y me encuentro sereno.

Me decían algunos amigos, hace poco, que creen que algún día puede que estemos en otro cuerpo. No soy yo de muchas fantasías, pero puestos a pedir, me gustaría, de ser así, estar en el de una saltadora de altura, un corredor de 100 metros lisos, una trapecista, un maquinista de tren, una auxiliar de ayuda a domicilio, un tenor, en el de un periodista deportivo o en el de una modista. Pero si esto no fuera posible, me conformaría con nacer y fallecer en el cuerpo de una persona sencilla, cariñosa y con sentido del humor, pero sobre todo buena gente, como este minero que va camino de los 50.

Puedo decir que mi vida no ha sido fácil, pero muy bonita, volvería a repetir. Me voy con algo que siempre me pregunté: «como las plaquetas, que viven entre 8 y 10 días, son las más alegres»

Autor: Antonio Moncada Barón
Alumno 1º Curso APFA
Enero 2024

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