Leandro García Casanova:« Mi tío Bonifacio»

Dedicado a su hijo Paco

Mi tío, Bonifacio García-Fresneda Domínguez, falleció el pasado 12 de enero, a los noventa y cinco años de edad. Tres días antes lo visité, en su piso de Granada, pues su hijo Paco me había llamado por teléfono dado que mi tío estaba bastante delgado y cada vez más débil. Se alegró mucho de verme y me hablaba moviendo los brazos pero ya no se le entendía. Una hora después se durmió. Años antes mi tío venía a verme un par de veces al año, a la Biblioteca de Andalucía, y me contaba las historias de la familia que él llevaba dentro desde su infancia y juventud. Eran recuerdos imborrables, que yo iba anotando después, pues me hicieron conocer y comprender más a mi padre y a mi familia. En el año 2009, Bonifacio me contó:

Tu hermana estuvo viviendo dos meses en la cueva de los abuelos y una nodriza le dio el pecho… Durante la guerra, cuando desertó tu padre, estuvo escondido en el monte que hay encima de la cueva. Y cuando se pasaban los milicianos por el cortijo de San José (en el Cortijo del Cura, aldea de Galera), le hacían bajar los sacos de trigo al tío Leandro (mi bisabuelo), cargados en las espaldas, y luego tenía que cargarlos en un carro. Otras veces, le ponían una pistola en el pecho y decían a la familia: ‘O sacáis una cabra, o lo matamos aquí mismo’. Cuando tu padre se fue a la guerra, el abuelo Juan lo acompañó hasta el puerto de Almería, donde se embarcó hasta Valencia. Pero, poco tiempo después desertó con otros tres paisanos, el caso es que tardaron 15 días en llegar de Castellón a la cueva de tus abuelos, iban por los campos y preguntaban a los aldeanos si había algún control. Una noche tu padre llamó a la puerta de la cueva y el abuelo preguntó: ‘¿quién es?’, pues unos y otros teníamos miedo. Te puedes imaginar la alegría de tus abuelos, con tu padre iban un soldado de Castilléjar y dos de El Cerro del Cubo. Habían desertado del Ejército Republicano y venían con las botas rotas y con los pies llenos de llagas, iban peor que unos mendigos. Durante unos días estuvieron escondidos en el cortijo, comiendo de lo mejor.

A mi padre lo llevaron a Viator (Almería) con 19 años, en 1938, donde haría instrucción durante unos meses y después lo enviaron al frente de Castellón, en Villarreal. Desertaron antes de las batallas del Ebro y de Teruel, cuando el Gobierno de Negrín ya se había trasladado a Valencia. Si no hubieran desertado, posiblemente habrían fallecido en alguna de esas batallas. En otra visita mi tío continuó con el relato, pues él necesitaba contarme estas historias, que a mí me encantaban:

Por debajo de la cueva de tus abuelos, en la ladera, había unas marraneras y cavamos más hondo para hacerle un refugio a tu padre Leandro. Una galería comunicaba la cueva con las marraneras, para que tu padre pudiera escaparse en caso de que vinieran a capturarlo. También se escondía entre el panizo durante el día y entonces mi padre lo regaba con frecuencia. Pero como Leandro estaba harto de tener que ocultarse, a veces se subía a lo alto del monte y allí se pasaba el día. Varias veces vino una patrulla preguntando, pero tu abuela Blasa les decía: ‘No sabemos nada de él, desde hace mucho tiempo’, incluso una vez se echó a llorar delante de la patrulla. Tu padre no estaba a gusto y se puso enfermo aquí. Los bisabuelos lo querían mucho pues de niño se pasó muchas horas con ellos en el cortijo, ya que fue el primer nieto. Y después de la guerra, tu padre estuvo haciendo la mili en Larache, Tetuán y Alcazarquivir, durante tres años.

Placeta de la cueva de mis abuelos. Al fondo se ve el cortijo de San José y, a la izquierda, el Cortijo del Cura y la Sierra de Castril.

En la ladera de la cueva puede verse el hoyo, donde se encontraba el refugio. Mi tío Bonifacio me cuenta que, después de la guerra, él se dedicó al estraperlo de tabaco, lo compraba en la Tercena de Huéscar (los dueños tenían mucha amistad con los señores del cortijo de San José, los Crisnejas, y aquí venían a pasar el verano) y, con la moto, vendía el tabaco por los pueblos y aldeas cercanos…

El bisabuelo Leandro era un hombre bondadoso, recuerdo que las Hermandades de Ánimas de Galera y de Castilléjar se juntaban en el cortijo, en la Navidad, allí cenaban y pasaban horas tocando y cantando. Otras veces, cuando el bisabuelo estaba en las tierras, él venía al cortijo y las hermandades iban tocando detrás. Un día le dijeron los ‘rojos’ al bisabuelo que se presentara en Galera. Fue con la burra sudando, del miedo que pasó. Tuvo que entregarles gallinas y algunos animales. Otras veces iba a Galera y, cuando lo veían los ‘rojos’, se colocaban detrás de él para meterle miedo. O bien le pegaban y maltrataban cuando iban al cortijo. Hubo noches que durmió en el campo porque temía que vinieran a pegarle. De Fuente Amarga venía su hermana Eugenia al cortijo de San José y se llevaba un carro lleno de trigo, que les daba el bisabuelo. Cuando murió, en diciembre de 1937, mi primo Justo y yo traspusimos al cortijo del Arique, para comunicarle al tío Justo la muerte de su padre; pasamos mucho miedo por el camino pues entonces éramos unos chavales. Primero le dio un infarto al tío Leandro, le repitió al día siguiente y se murió el tercer día. Llevaron el cadáver en un carro, tirado por una mula, hasta Galera. Recuerdo que yo tenía nueve años, era domingo, y lo acompañaron la familia y los vecinos del Cortijo del Cura y de Fuente Amarga. Pero en Galera, los milicianos les dijeron que desde las Eras Bajas no podían llevarlo a hombros… Tuvieron que entregarles el cadáver y luego lo enterraron en una fosa común del cementerio. Y aquí fueron echando encima los cadáveres de los galerinos que mataron después.

Mi tío me contaba que, cuando se moría alguien en el Cortijo del Cura, la familia tenía que llevar el cadáver montado en una burra: lo colocaban atravesado y encima de las aguaderas. Pero el bisabuelo Leandro cogía el carro con la mula y llevaba el muerto al cementerio de Galera. La gente lo veneraba por las buenas acciones que hacía. En otra ocasión me habló del tío Francisco, el Picón, un antiguo carabinero que después de la guerra lo colocaron de cartero y llevaba las cartas desde Galera a Castilléjar, montado en un burro.

Cuando pasaba por el Cortijo San José y tenían carta, los llamaba y se la dejaba en la cuesta. Por cada carta tenían que pagarle una perragorda, y dos si la pagaban días después. Un día, se ve que el burro se asustó por la curva que hay debajo de la acequia del cortijo, donde están los sabucos, y una mujer se lo encontró inconsciente tirado en el suelo. La mujer le sacó la lengua y lo salvó. Cuando se iba a jubilar el ex carabinero, don Marcial, el secretario del Ayuntamiento de Galera, le avisó al abuelo Juan para que pidiera la plaza para tu padre. El abuelo era alcalde pedáneo del Cortijo del Cura y tenía muy buena relación con el secretario, pues se pasaba a comer algunos domingos por la cueva; entonces yo iba con el burro a Galera, lo traía y lo llevaba. En fin, que le dieron la plaza de cartero a tu padre y bajaba en burro a Castilléjar. Repartía las cartas creo que en una cueva de la calle del Salitre. A Castilléjar llegaban muchos camiones entonces (años cuarenta y primeros de los cincuenta), pues había bastante tráfico con el estraperlo del aceite y de las frutas, y el dinero se movía posiblemente porque no tenía cuartel de la Guardia Civil. Había muchas posadas, la de la tía María ‘Palante’, madre de Emilio Canela, la de la tía Petra… En Galera las tierras eran de los Fernández, de Huéscar, mientras que los administradores de las tierras en Castilléjar eran el ‘Mule’ y Antonio Vico.

Mis bisabuelos con sus cuatro hijos, el mayor era mi abuelo Juan

Bonifacio disfruta hablando conmigo de la familia y me dice al final que ha sido como un desahogo para él. Hemos pasado un buen rato hablando y se ha ido contento, anoté entonces. Hace unos diez años, me entregó dos folios de color marrón, doblados por los lados y algo deshechos en los márgenes: Estas cartas son de tu padre, las escribió a los bisabuelos cuando estaba haciendo la mili en Tetuán, en 1942. Te las doy, porque sé que a ti te gustan estas cosas y a mí ya no me sirven de nada. Le di las gracias por el detalle y poco después nos despedimos. Una mañana de marzo de 2018 fui a visitarlo al piso y echamos un rato, hablando de todo un poco, y al final le hice una foto en el balcón. Estaba achacoso y ya no salía a la calle por el frío. Cuando días más tarde tuve la foto en mis manos, me di cuenta que se parecía mucho a su padre Juan, tiene toda la cara de él, pensé. Últimamente, cuando hablábamos por teléfono un buen rato, quizás porque ya apenas salía a la calle, él se despedía dándome varias veces las gracias y diciendo: y dale recuerdos a todos aquellos que pregunten por mí. Decía lo mismo que escribió mi padre al final de sus cartas a los bisabuelos, Leandro y Mercedes, cuando hizo la mili en Tetuán, en 1942: Recuerdos para las personas que pregunten por mí. Publiqué el fallecimiento de mi tío Bonifacio en Facebook y tuvo 302 comentarios y 53 me gusta, por lo que quiero dar las gracias a los amigos, conocidos y desconocidos por vuestras condolencias. Estoy seguro que mi tío nunca hubiera imaginado que tanta gente se interesara por él: de Castilléjar, de Galera, de el Cortijo del Cura, de Orce, de Huéscar y de otros sitios.

 

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LEANDRO GARCÍA CASANOVA

Funcionario jubilado, articulista y autor de los libros

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2 comentarios en «Leandro García Casanova:« Mi tío Bonifacio»»

  • el 25 febrero, 2024 a las 2:07 pm
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    Buen homenaje a tu tío Bonifacio. Entrañable y emotivo. Recordar a los muertos honra a los vivos. Un abrazo.

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  • el 25 febrero, 2024 a las 5:44 pm
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    Gracias, amigo Juan José. Tenía que habérselo dedicado en vida, pero había historias que eran familiares y he tenido que ir desgranando

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