Gregorio Martín García: «Por cuando se encerraba la paja, 2/3 »

Los dos borricos de Juan atados a las rejas de su ventana, son aparejados y preparados de forma ceremonial para que toda la jornada aguante el atado de su ataharre y el cincho que han de sujetar las angarillas sobre las que descansan los dos grandes herpiles de paja que en cada viaje han de transportar cada borrico y que ahora Juan tan concienzudamente prepara.

La paja era lo transportado en estos días de otoño y que los agricultores validaron en lo mucho que representaba para alimento de animales, camas de estos y combustible innegable, junto con la leña, de las lumbres y pavas de nuestro pueblo.

He aquí el motivo de nuestro alias impuesto por vecinos nuestros de pueblos cercanos. “Los Ahumados” y que con honra llevamos como si fuera honorario nombramiento en vez de apodo.

En Benalúa se usa mucho la paja y los granzones que echan sobre la lumbre, (la pava) para que ésta arda despacio, dure y aguante todo el día calentando el hogar. Es de la combustión de la paja de lo que sale gran cantidad de humo por nuestras numerosas chimeneas que adornan nuestras casas, humo que cada mañana se empecina en acompañarnos cubriendo nuestros tejados y tapándose el cielo y dando un extraño cariz a nuestra villa.

No solo mulos y algún burro acarreaban la paja desde las eras a los pajares, sino que por estos años de los cincuenta y sesenta del siglo pasado ya había algunos carros que adelantaba en mucho esa faena, preparados con largos varales continuación de sus laterales o zarandillos que alzaban la caja del carro unos dos metros que era rodeada con una eficiente red de ramales de esparto y que al echar la paja sobre ella , esta cedía , se inflaba por el peso y hacía que en esta gran bolsa formada cupiera una gran cantidad de paja.

Recuerdo que en mi casa y porque mi padre no dejaba de repetirlo mientras encerraban ésta en el pajar, nos recordaba repetidamente que eran necesarios unos doce carros de paja y si eran catorce mejor. Era tal la importancia que él le daba a la paja que él era el que entraba en el pajar a ahoyar para que esta cupiera perfectamente en el pajar.

El trasiego, a mediados de la jornada, transportando de todas formas y manera la paja, era evidente y como consecuencia las calles del pueblo se sembraban de ésta, simulando una gran nevada con la caída al suelo. Así permanecen las calles durante las jornadas en que duraba el transporte de tan preciado, por entonces, género.

Era de la máquina en sus principios con la máquina Ajuria

Desde hace unos pocos años, de esta época, el movimiento y trasiego con las pajas, ha bajado considerablemente todo ello debido a la adquisición y compra de la máquina Ajuria, trilladora y aventadora, que ha dado lugar a formar un gran almiar allí donde funciona. Éste lo venden en su conjunto evitando que dicha paja haya de ser encerrada en los pajares del pueblo.

Pasaba un tiempo y esa paja de las calles, iba desapareciendo. No, no era retirada por peones contratados a tal efecto, sino que cada cual barría y limpiaba el trozo de vía que le correspondía en función de la fachada de su casa, en su puerta. Faena esta de las pajas que, premeditadamente se dejaba cada año para realizarla tras pasar las fiestas en honor de San Sebastián nuestro Patrón y Santo.

Terminada la jornada del otoñal día que se nos presentó aquella peculiar madrugada en que aquellos, como cada día al alba, cumplen con su misión de aporrear la puerta para beberse una copa despertando al tabernero.

Se hizo la calma…Benalúa dormía y descansaba, mañana será momento para de nuevo emprender lo que se hacía y con precisión repetida la villa se daba al trabajo con dignidad demostrada y profesionalidad vivida.

Era sacrificado trabajo el acopio del material resultante de la trilla de cereales y legumbres, principalmente trigo y cebada, garbanzos y berzas con las habas y otras.

Sí, el guardar paja para todo el año era algo trabajoso pero lo más molesto su acomodo en el pajar, donde constantemente se había de ahoyar y pisar para que cupiera el máximo posible. El que ahoyaba solía ser el más fastidiado del molesto trabajo, había de aguantar polvo y estar enterrado hasta la cintura en la paja con el gran calor de las jornadas en que se efectuaba.

Granada, enero de 2024

[Continuará…/…]

 

 

 

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Gregorio Martín  García

Inspector jubilado de la Policía Local de Granada y

autor del libro ‘El amanecer con humo’

 

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2 comentarios en «Gregorio Martín García: «Por cuando se encerraba la paja, 2/3 »»

  • el 4 marzo, 2024 a las 12:08 pm
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    Con él vocabulario con él que nos entendíamos los ahumados haces una perfecta biografía del queacer que llevava él guardar tan necesaria paja y cuántas aplicaciones sé le daba.

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    • el 5 marzo, 2024 a las 7:05 am
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      Si amigo Paco, todo lo que se diga de encerrar paja es espectacular, sobre todo con los baños para quitar el pica pica que te queda al hacer dicha faena. ¡Vamos! ni me la mientes y yo no era de los que ahoyando la paja pasaba la jornada…yo era de los de fuera, pero alguna vez caté el estar dentro, no siempre fue pasarlo bien fuera.

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