Jesús Fernández Osorio: «A propósito de un libro…»

A pesar de que se suele decir que el papel lo aguanta todo, siempre he tenido una especial veneración por los libros y la lectura en general. Mis alumnos y alumnas saben que son una herramienta fundamental para formarse y un recurso imprescindible para alimentar su imaginación. El problema radica en que es necesario orientar sus lecturas; hasta encontrar los textos más adecuados a su edad y a su sentido crítico. Unas circunstancias que fácilmente podrían ser extrapolables para cualquiera que desee adentrarse en el mágico universo de la letra impresa y no quedar atrapado entre las redes de la mentira y la manipulación.

La aparición de un nuevo libro dedicado a Cogollos (de Guadix) no podía menos que suscitar el deseo por desentrañar el contenido de sus páginas; especialmente para quienes hemos dedicado una parte de nuestro tiempo y esfuerzo a investigar y divulgar su historia. El libro en cuestión es Hijos del Llano. La plazoleta del Barrio Bajo. Su autor es Fermín Amezcua Molero. Por distintas circunstancias, a pesar de que su presentación se oficializó el mes de agosto del año pasado, no había podido completar su lectura hasta fechas muy recientes. Por ello, y para evitar el conocido proverbio de que “el que calla otorga”, me gustaría hacer públicas las apreciaciones que su lectura me ha provocado.

Inicialmente podríamos decir que son unas memorias noveladas con las que, en cierta forma, su autor trata de rescatar las huellas y las enseñanzas transmitidas por sus antepasados y, por extensión, claro está, como reflejo de una época y de un espacio vital determinados. De hecho, en la introducción, manifiesta su objetivo de evocar el legado de las familias de sus abuelos, así como de recoger los hábitos y las costumbres imperantes en ese primer tercio del siglo XX en nuestro terruño.

Se trataría, pues, de un ejercicio básico de memoria oral, “de investigación en diferentes hemerotecas” y, añado yo, de alguna que otra consulta bibliográfica que no siempre cita. Pese a ello, la obra tiene un indudable mérito personal, un valioso aporte a la genealogía e historia familiar y, si se quiere, un cierto valor etnográfico. Aspectos sobre los que no tengo nada que objetar. Más bien al contrario. Tratándose, además, de unas familias cogolleras queridas y respetadas por mí. Otro tanto será la aportación que pueda tener la publicación para el conocimiento y la comprensión de la historia de Cogollos, desde el punto de vista de una investigación honesta y contrastada.

Panorámica de Cogollos/José Grande Travé

La parte principal del relato la hace recaer sobre las vivencias y anécdotas –reales o imaginarias– protagonizadas por sus abuelos paternos, Fermín y Francisca. Así, en sus vicisitudes, tratará de diseccionar lo que podría ser la vida cotidiana y los ritos principales del mundo agrario rural: las labores del campo, la casa y la cocina, el pastoreo, la matanza, los oficios tradicionales, etc. En cambio, en lo relativo a sus abuelos maternos, Antonio y Carmen, si bien también glosa sus avatares vitales, me ha parecido atisbar cierta reprobación tanto en sus actos como en sus conductas. Y, sobre todo, me siguen sorprendiendo las incógnitas que rodean el asesinato del abuelo, y secretario de Albuñán, y que su muerte nunca llegara a ser aclarada. Ni convenientemente investigada durante la dictadura franquista.

Ahora bien, llegado el momento de abordar los recuerdos transmitidos por sus informantes, (pues, no es en modo alguno autobiográfico), lo hace desde unas premisas ideológicas muy determinadas, sin un estudio del contexto histórico y sin el manejo correcto de las fuentes documentales. Dicho de otro modo, va acomodando el desarrollo de los acontecimientos que narra a su forma de pensar, a su ideología. Y es que, como demuestran los estudios neurológicos más actuales, nuestros recuerdos nunca se ajustan del todo a lo que ocurrió en realidad, sino que se ven alterados y modificados por el paso del tiempo y, debido a las inexactitudes de la memoria, se reconstruyen cada vez que vuelven a la consciencia. Pues, en este caso, por motivo doble: por ser indirectos y por su lejanía.

Esa apropiación parcial del pasado colectivo que le atenaza le impide analizar la evolución política y social tanto a nivel nacional como local, las relaciones de poder existentes, la estructura de la propiedad de la tierra, la precariedad jornalera… Sólo las observa desde una óptica muy clara y definida y, a pesar de reconocer en sus protagonistas las condiciones de pobreza, miseria y caciquismo en que viven, en una tierra sufrida poblada de familias humildes, se posiciona de uno de los lados: la de los más acomodados y sus privilegios.

Presentación del libro/Ayuntamiento de Cogollos de Guadix

En ese relato truncado que emprende desaforadamente, predomina el tono rencoroso y de ajuste de cuentas hacia todo lo que puedan representar los valores de izquierdas. Sobre todo en el tratamiento imparcial que da al periodo de la Segunda República. Ni siquiera intenta el más mínimo ejercicio de equidistancia o un fingido intento de repartir culpas por igual. Nada de eso. Acude de modo militante en defensa de quienes provocaron el golpe militar de julio de 1936; cuyo fracaso parcial supondrá el inicio la Guerra Civil. Un ejército sublevado que, recordémoslo una vez más, practicó el terror desde el primer momento y de forma sistemática contra quienes permanecieron fieles al gobierno legítimo.

Por ello, no sorprende en nada su intento de culpabilización de la República y, textualmente, señala, a “los desordenes acaecidos en la misma, el motivo y el campo abonado para el posterior levantamiento militar”. De la larga conspiración y del golpe de Estado mejor ni hablamos. Bueno, él, de modo inconsciente o por el seguimiento a rajatabla de textos revisionistas de autores como Pío Moa o César Vidal –que no pueden ser considerados precisamente historiadores–, aún lo sigue considerando como “alzamiento”.

Luego, además de recoger los episodios más trágicos y luctuosos ocurridos en el pueblo (los asesinatos de Félix Peralta Porcel y los otros cinco cogolleros que perdieron la vida en la Loma de los Papeles, cuando intentaban alcanzar Granada), no escatimará esfuerzos en resaltar la violencia de las “hordas rojas”: los saqueos, el reparto de fincas, la quema de imágenes de la iglesia, los guisos de borregos… Incluso se atreverá con el ficticio rapado del pelo a las mujeres consideradas de derechas al inicio de la contienda. Tal vez, confundiéndolo con el, sí verdadero y doloroso, que, en un tono insoportablemente burlón, se jacta de reproducir en la coplilla final del texto; toda una muestra del horror y del sufrimiento que se les tenía reservado a otras mujeres de Cogollos.

Los cortijos de Cogollos. El cortijo de Chin/Agustín Ratia Muñoz

Con esta visión selectiva y sesgada de contar los hechos –y ciertos errores y elucubraciones más sobre nuestro pasado, que por falta de espacio obviaré referir,– no puedo estar más en desacuerdo. Sobre todo con el «copia y pega» de textos enteros de carácter panfletario que va intercalando entre sus páginas. Una serie de fragmentos, con los que pretende ratificar sus ideas, que serían fácilmente desmontados por cualquier historiador decente. Unos mitos y unas leyendas claramente pro-franquistas en las que, por supuesto, no podían faltar la persecución religiosa, el “oro de Moscú” y los asesinatos de Paracuellos. Aunque tímidamente hace una ligera alusión a la represión sublevada, entre ellas la del poeta Federico García Lorca. Pero, eso sí, acogiéndose a unas causas “más humanas y menos ideales”; por motivos de venganzas y todas esas cosas. Ya se sabe.

En su epílogo no puede dejar más claras sus intenciones y, considerando que las políticas de memoria histórica y democrática lo que pretenden es “imponer un relato y reescribir la historia” largamente labrada durante la dictadura, acude en su rescate. Lo hace, con unas “verdades y un relato” que estuvieron imperantes durante los cuarenta años de régimen totalitario. Sin que, según él, nadie se opusiese. ¡Habrase visto semejante caradura! ¿Y, qué hay del silenciamiento y del olvido de las otras víctimas?

Una pena que nuestro “paisano” no haya dedicado ni una sola línea a la represión de posguerra. Tal vez ya no podría acomodar igual de bien lo sucedido con su conciencia. Para ello, hace bien en dejar a un lado la memoria de los vencidos, de quienes bien pronto verán esfumarse todas sus ilusiones y esperanzas. Y, en cambio, acercarse las ejecuciones, los encarcelamientos y las infinitas privaciones que se les avecinaban. Aspectos que, a la hora de contar la verdad histórica, así como para fomentar la convivencia y la democracia, también habría que dar a conocer. Y no sólo la de una parte, disfrazándola de concordia.

 

 

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Jesús Fernández Osorio

Maestro del CEIP Reina Fabiola (Motril).

Autor de los libros ‘Cogollos y la Obra Pía del marqués de Villena.

Desde la Conquista castellana hasta el final del Antiguo Régimen‘,

Entre la Sierra y el Llano. Cogollos a lo largo del siglo XX‘ y coautor del libro

Torvizcón: memoria e historia de una villa alpujarreña‘ (Ed. Dialéctica)

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