Ramón Burgos: «Intento»

Ni quiero, ni debo, “morir en el intento”, pero tampoco deseo “tirar la toalla” sin más ni más

Dejadme que hoy escriba sobre mi ciudad –sobre la de cada uno de nosotros–. Dejadme que, con ánimo constructivo y sin aversión, os lleve de la mano por sus calles y plazas, a modo y manera del más cualificado guía local.

En mi caso –quizá también en el vuestro–, el primer topetazo que me he dado ha sido con la manía repetitiva de prohibir: bajo sanción, por esto o aquello; a veces –la mayoría– sin más explicación que un lacónico e imperativo “lo digo yo”. Como si no fuésemos ciudadanos conscientes de nuestros derechos y deberes… A esos, que espetan su “autoridad”, tendríamos que recordarles “El eslogan de Mayo del 68 (que) extendió al concepto de autoridad su partida de defunción y legitimó la idea de que toda autoridad es sospechosa” (“Prohibido prohibir”, elpais.com).

El segundo trompazo, aún más duro, ha sido con lo que Leopoldo Aguilera (administracionpublica.com), describía magistralmente en un reciente artículo: “Hemos pasado de la burocracia maquinal a la burocracia defensiva, que más bien se traduce académicamente en “burocracia ofensiva” (…)”. Lo de pedir cita previa estuvo bien en tiempos de pandemia; al menos, ahora, ya no es de recibo.

El tercer trastazo –y no el último; espero poder seguir contándolos sin que tenga que exiliarme lejos de mis raíces– tuvo que ver con la adecuación de la ciudad a sus vecinos. ¿Tendremos que levantar los adoquines de nuestras calles, a modo y manera de lo que hiciera “Un barrio de Copenhague que alguna vez fue “el sueño hippie perfecto” (cuando) se vio sobrepasado por el delito (Adrienne Murray, lanacion.com.ar)?

Y yo sólo había salido a dar un paseo con mi “ser sintiente”. Es indiscutible que la realidad supera a toda la ficción.

 

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Ramón Burgos
Periodista

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