Gregorio Martín García: « …y repican las campanas, que es domingo, 2/3»

Entraba en la plaza cuando tres jóvenes de unos doce o trece años, ya vestidos de domingo y a los que no conocía, no porque fueran forasteros, sino que su edad le impedía hacer de buen espía para casi todos estos menesteres, al cruzarse con ellos, con cierta simpatía y en forma agradable, pregunto a estos: – ¿Jóvenes, ese toque que habéis dado es el primero para la misa de once? Los chavales a coro y formando trío respondieron que sí. Se sonrieron motivados por la pregunta tan elocuente y lógica que hacía el abuelo y se dijeron: – Si hemos repicado ahora pues claro que es el primer toque para la misa de once, la única que hay.

Uno de ellos reprobó lo que se acababa de decir y terminó con: -Es un pobre abuelo… a lo mejor ni oye bien.

Al llegar a casa en el barrio Cantarranas, aquellos simpáticos jóvenes con los que se cruzó en la plaza hicieron sonar la campana que ahora, solo de toques continuados, daba el segundo aviso para el Santo Sacrificio del domingo. En casa ya le tenían preparado el desayuno y sobre la cama, muy bien dispuesto su traje de los domingos. Ya era antiguo, casi ni recordaba cuando lo estrenó, seguro que, con motivo de un importante evento familiar, no obstante, el traje estaba impoluto y presentaba un corte señorial, precisamente por ser ya antiguo y del tiempo en que estas formas se cuidaban mucho, cuando se lo hubo colocado y antes de poner su corbata, fue al espejo a ver si todo estaba correcto, lo estaba. Se terminó la corbata y tomando su sombrero de paño negro, se lo colocó sin despeinarse y de forma correcta como siempre venía haciendo, un poco inclinado a la izquierda y su ala delantera hacia abajo doblada.

Adoptó otras formas, ahora no paseaba, ahora, por las calles del pueblo iba a misa y más que caminar lo que se hacía era entrar en sociedad, saludos, parabienes y “con Dios vaya Vd.” era la amable y distraída forma de llegar hasta misa, hasta nuestra iglesia de planta basilical y románico asemejado o sin estilo arquitectónico claramente reconocido. Era vieja, su estructura dejaba que desear, muchas humedades y más desconchones que daban gran pena contemplar, pero tenía un algo, tenía vida y además de estar Dios Sacramentado en su altar, en su sagrario, lo estaba también en el románico espacio que entre sus muros y arcos crean ese ambiente ese ámbito que invitaba al rezo y recogimiento.

El tercer toque lo daba la campana de la torre cuando nuestro hombre entraba por la puerta principal de la iglesia. Fuerte puerta y con postigo lateral en su hoja derecha para dar paso sin necesidad de abrir las dos hojas, algo baja por lo que había de bajar la cabeza para franquearla.

Se dirigió a su lugar de costumbre dentro del templo, por el pasillo central avanzó hasta la altura de la segunda puerta de acceso que quedaba a su derecha y del altar o retablo de nuestro magnífico Cristo Crucificado de penetrante figura y gesto tan fuerte de dolor de muerte sufrido en su pasión. Al llegar a su altura, con sentimientos sentidos y devoción, se santiguó y giró a la izquierda hacia la nave lateral de ese lado, quedando la imagen de nuestro patrón San Sebastián frente a él y el frontal de fondo de la nave. Ahí se paró y tomó lugar en un banco de los allí colocados.

A su derecha bajo el segundo arco izquierdo quedaba la nave central que ya estaba ocupada por las mujeres de la parroquia y en sus reclinatorios de propiedad particular que en la nave central y desde el arranque de la escalera de subida al altar y bajo la gran lámpara araña de cristal, imitación de bohemia, que prendida de la bóveda se lucía espléndida en las alturas de nuestra iglesia.

Ocupaban esta hasta la altura de la segunda puerta y del altar de nuestro Crucificado.

La misa comenzaba. La iglesia estaba llena de aquellos hombres y mujeres allí acomodados por separado y en respetuoso silencio, siempre éste se observó y se guardó con sentimiento cristiano en nuestro templo. Las mujeres, por separado, en la parte de los reclinatorios ya reseñados y atrás en los bancos, un tanto viejos y desvalijados, los hombres ocupaban lugar.

Granada, febrero de 2024

[Continuará. /…]

 

 

Ver más artículos de

Gregorio Martín  García

(Benalúa de las Villas, 19/02/1945-

Atarfe, 15/04/2024)

Autor del libro ‘El amanecer con humo’

 

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Un comentario en «Gregorio Martín García: « …y repican las campanas, que es domingo, 2/3»»

  • el 6 mayo, 2024 a las 10:57 am
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    Como en sus artículos nos tenia acostumbrados a llevarnos a una realidad en esta ocasión la iglesia con una descripción perfecta que nos hace recordar y llevarnos a otros tiempos.

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