San Gregorio: un santo protector de campos y cosechas

Muy pocos días después de las fiestas en honor a la Virgen de la Cabeza, mi pueblo, Cogollos de Guadix, se volvió a vestir de gala. Sólo ha pasado algo más de una semana y volvemos a retomar nuestras tradiciones más profundas, basadas, como es normal, en reminiscencias religiosas y en las creencias populares de nuestros antepasados. En esta ocasión lo han hecho para celebrar una festividad, si se quiere de menor rango, pero de gran viveza, sentimiento y simbolismo: San Gregorio Ostiense. Así, en la mañana de ayer, 9 de mayo, mis paisanos volvieron a sacar a su santo protector de animales, campos y cosechas.

El mundo rural tradicional vivía intrínsecamente apegado a la recogida o no de la cosecha. Unas vicisitudes que, para su desgracia, siempre dependían de todo tipo de inclemencias y potenciales desastres naturales que, sorpresivamente y en muy poco tiempo, podían arruinar todas sus esperanzas y truncar sus expectativas de futuro. Una azarosa vida la de los agricultores y ganaderos –y no digamos la de los jornaleros– que sólo medianamente podían descansar cuando el grano y la paja estaban guardados en el granero o en el pajar. Hasta ese momento cualquier sequía, granizo, tormenta o imprevisto con poder destructivo podía acarrear la mayor de sus ruinas y la consiguiente hambruna generalizada.

Frente a las temidas eventualidades y ante la necesidad de proteger de algún modo los campos y los animales de las posibles amenazas que pudieran perjudicarles nunca estaba de más encomendarse a algún santo protector. Así, nos encontramos con figuras como San Isidro Labrador o San Marcos como patrones de agricultores y cosechas y San Antonio Abad, el santo protector de los animales por antonomasia; en este caso del cerdo y de la importancia que suponía para la pequeña economía familiar.

San Gregorio transportado en sus andas en la que se pueden apreciar las roscas del santo ::Esperanza Molero Grande

En nuestro caso, se llegó a hacer compatible la devoción por dos de los santos: San Marcos, el 25 de abril, y San Gregorio, el 9 de mayo. Ambas festividades podían estar relacionadas con las periódicas plagas de langosta que azotaban nuestros campos y que destruían nuestras cosechas. Una presencia masiva de los voraces insectos que, sin que existiera un remedio eficaz contra los mismos, arruinaba los cultivos e incidía en la escasez de pastos para el ganado. Así lo podemos comprobar en las declaraciones que efectúa Juan Moreno, de 60 años, en el año 1760. En las mismas, da cuenta de la licencia que se otorgaba “a los ganados cabríos y lanares” para poder pastar en la vega durante esos dos días, porque “dan la leche de limosna y lo hacen queso y lo reparten al común con otra caridad de pan, que se reparten en las puertas de la iglesia en la festividad de los dos santos”.

Unos votos y unas promesas invocando la protección de los santos que sería largamente compartida, en nuestra villa, entre San Gregorio y San Marcos y que, con la instauración de las fiestas de la Virgen de la Cabeza, coincidente en las mismas fechas, relegaría a la segunda de las advocaciones en favor de la primera, en cuanto a la protección de los animales. Aunque, siempre nos seguirá quedando la grata posibilidad de visitar y degustar junto a nuestros vecinos de Lugros su tradicional “potaje de garbanzos” de San Marcos.

Unos santos protectores de animales y cosechas ante los que, en caso de que pudieran fallar las milagrosas rogativas públicas, siempre se podía echar mano de otras medidas secundarias. Como la más pragmática e ingeniosa puesta en marcha por el alcalde de Cogollos, en 1890, con la formación de una bandada de unas 500 gallinas, para distribuirlas por los terrenos infectados por la langosta. A tal efecto, “cada vecino ha contribuido con una de dichas aves, y las que faltan las podrán a prorrata los dueños o colonos de las suertes de labor, quedando los huevos como retribución del guarda encargado de ellas, que seguramente sacará de ellos más de 40 reales diarios”.

Procesión de San Gregorio, año 2022 ::Esperanza Molero Grande

Así llegamos a nuestros días, donde, respetando la esencia de nuestras costumbres, por la mañana, tras la bendición de los roscos que durante la tarde del día anterior habrán ayudado a elaborar las jóvenes en el horno del lugar, se procesionará entre los verdes y floridos campos salpicados de almendros y olivos hasta llegar a la ermita, situada en los alrededores del antiguo poblado de Huebro; tal vez para reafirmarnos aún más en su ancestral origen en la repoblación castellana y en las nuevas tradiciones religiosas introducidas por ellos.

Una vez de vuelta del matinal paseo, en el entorno de las eras Bajas, y antes de llegar a las primeras casas, los carros tirados por pacientes bueyes hacían su parada. A continuación se pasaba a repartir ordenadamente dos sabrosos y apreciados roscos a cada uno de los presentes –incluso para los miembros de la familia que no hubiesen podido asistir al evento–. Añadiendo, además, al decir de los más mayores y corroborado por documentos antiguos que así lo atestiguan, que los pastores locales hacían entrega de riquísimos trozos del queso elaborado con la leche de sus ovejas.

Además, y por si fuera poco, ese mismo día también se ha conmemorado el Día de Europa. Una celebración que, sin olvidarnos del conflicto armado desatado hace ya unos años dentro de su territorio –con una consecuencias todavía impredecibles– y a un mes vista de unas nuevas elecciones trascendentales en el seno mismo de la Unión Europea (9 de junio), en las que se atisban tiempos confusos e incluso la posibilidad de que se puedan establecer ciertos tipos de acuerdos con la ultraderecha y su intento permanente de degradación de la democracia y la convivencia. Por ello, no estaría de más que recordáramos lo frágil y reversible que es todo lo conseguido en el pasado y hasta que punto somos capaces de olvidar lo inolvidable. Lo que no deja de ser óbice para poder rectificar a tiempo; puede que sólo sea necesario informarse bien.

 

 

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Jesús Fernández Osorio

Maestro del CEIP Reina Fabiola (Motril).

Autor de los libros ‘Cogollos y la Obra Pía del marqués de Villena.

Desde la Conquista castellana hasta el final del Antiguo Régimen‘,

Entre la Sierra y el Llano. Cogollos a lo largo del siglo XX‘ y coautor del libro

Torvizcón: memoria e historia de una villa alpujarreña‘ (Ed. Dialéctica)

 

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