Tomás Moreno Fernandez: «Reflexiones para el tercer milenio, XX: De las utopías tecnológicas a las distopías (3/4)»

III. EL LEGADO DE LA NUEVA ATLÁNTIDA

La Nueva Atlántida (The New Atlantis) representa el primer paso de una tradición de la literatura occidental en la que los científicos y los tecnólogos aparecen como redentores de la Humanidad. Es la tradición de la que se burló despiadadamente Samuel Butler con su obra Erewhon, de 1872, que continuaron más tarde William Morris (News from Nowhere, 1891) y H. G. Wells (A modern utopia, 1905) y que, ya bien entrado el siglo XX, Aldous Huxley y G. Orwell recibieron con una actitud generalizada de angustia y desesperación, mostrando su faz antiutópica y trágica en dos célebres libros: Brave new world (1) (de 1932) y 1984 (2) (de 1949), escritos entre los años treinta y cincuenta, cuando la doble tenaza fascista y estalinista yugulaba, terminalmente ya, los sueños utópicos, en lúcida expresión de R. Argullol (3).

La utopía de Bacon adquiría así, en sus posteriores y continuadoras derivaciones, el carácter de augurio de lo que en los siglos XX y XXI se habrá hecho realidad inquietante. Efectivamente, como ha señalado Francis Fukuyama (4), no cabe duda de que las aterradoras posibilidades del futuro las definieron sobre todo esos dos libros. Ambas obras eran mucho más proféticas de lo que nadie sospechara, porque se centraban en dos tipos de tecnología que, de hecho, harían su aparición y definirían el mundo a lo largo de las dos generaciones siguientes.

La novela de Orwell 1984 versaba sobre lo que actualmente llamamos “tecnología de la información”. La clave del vasto imperio totalitario erigido en la Oceanía orwelliana era un ingenio llamado “la telepantalla”, un monitor de superficie plana del tamaño de una pared, que podía enviar y recibir simultáneamente imágenes desde cada hogar individual hasta un vigilante, el Gran Hermano. La “telepantalla” era lo que posibilitaba la enorme centralización de la vida social bajo el “Ministerio de la Verdad” y el “Ministerio del Amor”, puesto que permitía al gobierno eliminar la intimidad controlando cada palabra y cada acto a través de una inmensa red de cables.

Un mundo feliz

Por su parte, la de Aldous Huxley, Un Mundo feliz (Brave new world), trataba sobre la otra gran revolución tecnológica que estaba a punto de producirse, la de la “Biotecnología”. La “bokanovskificación”, o gestación de los seres humanos no en úteros sino en incubadoras fetales o como diríamos hoy “in vitro”, dirigida por un Estado totalitario para agrupar a los individuos en diversas clases humanas de diferente coeficiente intelectual y subordinadas entre sí (desde las superiores, los alfas a los inferiores, los épsilon, pasando por las intermedias de betas y gammas) mediante un peculiar sistema educativo —basado en el adoctrinamiento permanente en combinación con la utilización al efecto de drogas psico-activas— que asegurara la total sumisión al mismo y la aceptación de los roles sociales impuestos, impidiendo toda posibilidad de rebelión o de crítica. La droga “soma”, que producía una felicidad instantánea en las personas; o el “sensorama” —en el cual se simulaban las sensaciones mediante la implantación de electrodos—, y la modificación de la conducta a través de la repetición subliminal constante. Y, si tal método fallaba, mediante la administración de diversas drogas artificiales. Todos esos eran los elementos que conferían al libro esa atmósfera tan peculiar y escalofriante.

El Gran Hermano te está mirando

Habiendo transcurrido más de medio siglo desde la publicación de ambas novelas, podemos ver que, si bien las predicciones tecnológicas que contenían eran sorprendentemente acertadas, las predicciones políticas del primero de esos libros, “1984”, resultaron ser de todo punto erróneas. Como apunta F. Fukuyama, el año 1984 llegó y pasó, con EEUU aún enzarzado en una guerra fría con la Unión Soviética. Ese año fue testigo de la presentación de un modelo nuevo de ordenador personal IBM y del inicio de lo que sería la revolución del PC. Como han afirmado algunos expertos, el ordenador personal, unido a Internet, fue de hecho la realización de la “telepantalla” de Orwell. Sin embargo, lejos de convertirse en un instrumento de centralización y tiranía, condujo justo a lo contrario: la democratización del acceso a la información y la descentralización de la política. En lugar de que el Gran Hermano vigilase a todo el mundo, la gente podía utilizar el PC e Internet para vigilar y criticar al Gran Hermano, a medida que los gobiernos de todas partes se veían obligados a divulgar más información sobre sus actividades. Cinco años después de 1984, en 1989 en una cadena de espectaculares acontecimientos —que apenas algunos meses antes habrían parecido pura ciencia-ficción política— la Unión Soviética y su Imperio se derrumbaron, y la amenaza totalitaria, que tan vívidamente había evocado Orwell, desapareció (aunque retornara decenios más tarde de la mano de neo-totalitarismos disfrazados de populismos tercermundistas y anti-ilustrados).

Muchos sociólogos y politólogos se apresuraron a señalar que estos dos acontecimientos —la caída de los imperios totalitarios y la aparición del ordenador personal, así como otras formas habituales de tecnología relacionada con la información -desde el televisor y la radio hasta el fax y el correo electrónico— no carecían de conexión entre sí. El dominio totalitario dependía de la capacidad de un régimen para monopolizar la información y, una vez que la informática moderna hizo tal cosa imposible, el poder de dicho régimen quedó socavado. La clarividencia política de la otra gran distopía, Un Mundo feliz, aún ha de comprobarse. Muchas de las técnicas imaginadas por Huxley, como la fecundación in vitro, el alquiler de úteros, los fármacos psicotrópicos y la ingeniería genética (o génica) para la producción de seres humanos, ya están aquí, ya se han cumplido, y otras más atrevidas se atisban en el horizonte. No obstante, esta revolución apenas acaba de empezar; la avalancha de anuncios de nuevos adelantos en el campo de la tecnología biomédica, sumada a los logros tales como la finalización del proyecto Genoma humano a partir del año 2000, auguraba la inminencia de cambios más serios (5).

1984 y Un mundo feliz

De las pesadillas evocadas en los dos libros, la de Un mundo feliz, desde la perspectiva de nuestras sociedades tecnológicas, nos parece más sutil y estimulante. Resulta fácil apreciar cuál es el mal en el mundo de 1984: el protagonista, Winston Smith, tiene fama de odiar las ratas más que ninguna otra cosa, de modo que el Gran Hermano diseña una jaula en cuyo interior las ratas pueden morder la cara de Smith, con el fin de que éste traicione a su amante. Es el mundo de la tiranía clásica, tecnológicamente capacitada, pero no tan distinta de la que, por desgracia, hemos visto y conocido en la historia humana del último siglo. En Un mundo feliz, por el contrario, el mal no es tan palmario porque nadie sufre daño. Como señala uno de los personajes: los controladores comprendieron que la fuerza no servía de nada y que había que seducir a la gente en lugar de forzarla a vivir en una sociedad disciplinada.

En este mundo feliz huxleyano se han abolido la enfermedad y el conflicto social; no existen la depresión, la locura, la soledad o el stress emocional; el sexo es satisfactorio y se encuentra con facilidad. Hay, incluso, un ministerio del gobierno dedicado a garantizar que el lapso de tiempo entre la aparición de un deseo y su satisfacción sea mínimo. Ya nadie se toma la religión en serio, nadie es introvertido ni alberga anhelos no correspondidos. La familia ha sido abolida, nadie lee a Shakespeare. De todos modos, nadie (a excepción de John “el salvaje”, el protagonista del libro) echa de menos tales cosas, puesto que todos están sanos y satisfechos. La crítica fundamental que Fukuyama hace de la obra de Huxley es que los personajes de Un mundo feliz puede que estén sanos y satisfechos, pero han dejado de ser humanos (6). En efecto, ya no se esfuerzan ni tienen aspiraciones, no aman, no experimentan dolor, no afrontan difíciles elecciones morales, no tienen familia ni hacen nada de lo que, tradicionalmente, se asocia con el ser humano. Ya no poseen las características que nos otorga la dignidad humana. En realidad, ya no existe el género humano, dado que la gente ha sido engendrada por los Controladores en castas individuales de alfas, betas, epsilones y gammas, tan distantes entre sí como los humanos de los animales. Su mundo se ha tornado antinatural en el sentido más profundo que pueda concebirse, porque la “naturaleza humana” ha sido alterada”.

Francis Fukuyama

Francis Fukuyama concluye su reflexión —que hasta aquí hemos resumido (7) — afirmando que las dos grandes distopías del siglo XX, la de Orwell y la de Huxley, trataron de denunciar el intento de cambiar la naturaleza humana por parte de las dos grandes utopías del siglo XX: el nazismo y el comunismo. En ambos casos, la utilización política de la ciencia para justificar sus atrocidades será puesta en cuestión. La crítica de ambas novelas va directamente dirigida, pues, contra el uso totalitario tanto de la Tecnología de la Información, como de la Biotecnología y de las Técnicas psicológicas de Modificación de la conducta por parte del Poder establecido. La telepantalla del vigilante omnipresente Gran Hermano de “1984”, los procedimientos subliminales de condicionamiento, la implantación de electrodos (sensoramas), la administración de hormonas artificiales de la felicidad (el soma) e incluso la estabulación humana (alfas, betas, epsilones, gammas) del mundo feliz huxleyano, fueron las consecuencias perversas de ese intento faústico de acomodar la naturaleza humana a macroproyectos de ingeniería social.

Su propósito final es que no debemos olvidar que esos dos macroproyectos utópicos —fundados en una supuesta política científica, basados en la existencia de una presunta raza superior (ahora la “eufemizamos” como “supremacista”) o en la pertenencia a una clase social determinada y justificados desde una seudociencia biológica o desde la creencia infalsable de la existencia de leyes económicas inexorables de la historia— habrían de producir millones de muertos (casi cien) a lo largo de todo el siglo XX (8). De esta manera, los hombres de la segunda mitad del siglo XX despertarán, provisionalmente al menos, de la pesadilla utópica, relegando paródicamente esos grandes relatos utópicos sociopolíticos y tecnocientíficos al ámbito de lo indeseable, lo terrorífico y lo siniestro. Certificándose así la muerte de todas las utopías. Lo que en definitiva Fukuyama trata de mostrar es “que Huxley tenía razón, que la amenaza más significativa planteada por la biotecnología contemporánea estriba en la posibilidad de que altere la naturaleza humana (el denominado “hombre nuevo”) y, por consiguiente, nos conduzca a un estadio ‘posthumano’ de la historia” (9).

BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS

1) Aldous Huxley, Un mundo feliz, biblioteca El Mundo, Madrid, 1999.

2) Georg Orwell, 1984, Salvat, Navarra, 1970.

3) Rafael Argullol, Visiones en el siglo, El País, jueves, 2 de diciembre de 1990. Además de las citadas de Huxley y de Orwell, entre las obras literarias y cinematográficas concebidas con voluntad profética a lo largo del siglo XX hay que destacar además The island of Dr. Moreau (1896), de H. G. Wells, “Metrópolis” (1927) de Fritz Lang, Fahrenheit 451 (1953), de Ray Bradbury, en donde se fantasea con un mundo en el que los libros son pasto de la llamas porque crean infelicidad y, sobre todo, 2001, a space odissey (1968) de Arthur Clarke, llevada al cine por Stanley Kubrick, cuya matriz visionaria es también evidente.

4) El fin del hombre. Consecuencias de la Revolución Biotecnológica, Ediciones B., Madrid, 2002, pp. 17-20.

5) Pero, sugiere Fukuyama, podría suceder, no obstante, “que a la larga descubramos que las consecuencias de la biotecnología son completa y asombrosamente benignas, y que hacíamos mal al preocuparnos. Es posible que al final la tecnología resulte mucho menos poderosa de lo que aparece hoy en día, o que los responsables sean moderados y cautos a la hora de aplicarla”, Ibíd, op. cit. Para esta temática véase: la obra de Lee M. Silver, catedrático de la Universidad de Princeton en el departamento de Biología Molecular, Vuelta al Edén. Más allá de la clonación en un mundo feliz, Taurus, Madrid, 1998. También puede consultarse: Tomás Moreno Fernández, “Reflexiones VIII, Transhumanismo y utopía”, en “Los nuevos redentores”, 13 de septiembre de 2022, en Opinión En clase)

6) En palabras del bioético Leon Kass: “A diferencia del hombre postrado por la enfermedad o la esclavitud, los individuos deshumanizados al estilo de Un mundo feliz no son desgraciados, no son conscientes de su deshumanización y, peor todavía, aunque lo fuesen no les importaría. Son, de hecho, esclavos satisfechos con una felicidad servil”, cit. por Fukuyama, op.cit. Esta es la misma situación de los ciudadanos de Walden Two (1948), que el psicólogo conductista B. F. Skinner postula como “deseable”, una vez que los hombres se hayan convencido, por fin, de que eso de la dignidad y la libertad humanas eran conceptos tradicionales, obsoletos, cuya vindicación sólo han producido infelicidad y sufrimiento. Su modelo social combina el cientifismo, el ambientalismo, el cooperativismo, el control y modificación técnica de la conducta y la arreligiosidad. Cfr., B. F. Skinner, Walden Dos, Fontanella, Barcelona, 1974 y B.F. Skinner, Mas allá de la dignidad y de la libertad, Biblioteca científica Salvat, Barcelona 1989. Véase también: José Luis Prieto, La utopía skinneriana, Mondadori, Madrid, 1989.

7) El fin del hombre. Consecuencias de la Revolución Biotecnológica, op. cit., pp. 17-24.

8) Como ha probado fehacientemente Daniel Jonah Goldhagen (Peor que la guerra. Genocidio, eliminacionismo y la continua agresión contra la humanidad, Taurus, Madrid, 2010) los cinco grandes sistemas políticos eliminacionistas y genocidas del siglo XX inspirados por sendas macroutopías: la Unión Soviética, La China comunista de Mao, La Alemania nazi, el Japón imperial y los Jemeres rojos de Pol Pot (Camboya), produjeron del orden de algo más de 96 millones de muertos (tanto en acciones bélicas como en campos de concentración) que se distribuyeron así: los soviéticos mataron unas veinte millones de personas durante los treinta y cinco años de asesinatos de masas, con una media anual de 600.000 personas; los comunistas chinos maoístas asesinaron del orden de cincuenta millones, durante veintiséis años, dos millones al año; los jemeres rojos asesinaron al porcentaje más alto de la población de su (pequeño) país, aproximadamente el 20 por ciento, unas cuatrocientas mil personas al año; los japoneses imperialistas aniquilaron del orden de seis millones de personas durante sus ocho años de asesinatos masivos, una cifra anual de 750.000; los nazis mataron del orden de veinte millones de personas durante sus cuatro años de asesinatos de masas sistemáticos, lo que hace de ellos los asesinos de masas más intensivos por un amplio margen, casi cinco millones de personas al año (Ibid., pp. 405-406).

9) Ibid., p 23. Pese al intento de cuestionarla, desde diversos frentes, en opinión de Fukuyama, la naturaleza humana existe, es un concepto válido y ha aportado una continuidad estable a nuestra experiencia como especie. Es, junto con la religión, lo que define nuestros valores más básicos. La naturaleza humana determina y limita los posibles modelos de regímenes políticos, de manera que una tecnología lo bastante poderosa para transformar aquello que somos, tendrá, posiblemente, consecuencias nocivas para la democracia liberal y para la naturaleza de la propia política (Cfr. El fin del hombre. Consecuencias de la revolución biotecnológica, op. cit., pp. 31-38).

 

 

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Tomas Moreno Fernández,

Catedrático de Filosofía y las

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