Pedagogía Andariega: A D. Vicente Espinel, en su IV Centenario (1624-2024), 11

11.- Los mercaderes (I)

Lo que trae consigo jugar con fulleros

Me fui de Salamanca sin dinero suficiente como para comprar una mula, aunque fuera vieja. Y, pensando que cruzar andando Sierra Morena, por la parte de Hinojosa sería una temeridad, ya que podías estar caminando leguas y leguas sin toparte con venta ni pueblo alguno, me decidí a seguir la ruta de Madrid y Toledo, acercándome hasta Ciudad Real donde una monja muy virtuosa y principal llamada doña Ana Carrillo me ayudaría para poder continuar mi camino.

Saliendo de Ciudad Real me encontré con un mozo de muy buen talle que parecía extranjero; fuimos caminando juntos hacia Almodóvar del Campo donde nos topamos con dos hombres, muy simpáticos, que llevaban un sólo mulo, turnándose en la cabalgadura de cuando en cuando. Trabamos conversación con ellos y, por lo que dieron a entender, se dirigían a la feria de Ronda por asunto de negocios. A mí me alegró mucho saberlo por ser también aquel mi destino, sin embargo, algo extraño noté en ellos, y aún más cuando, apenas entramos en la posada, yo, escarmentado como estaba y fingiéndome el dormido, me enteré de lo que pretendían. A continuación, uno de ellos comenzó a entrar y salir de la posada, hasta que vio llegar a unos mercaderes que también venían a alojarse en el mismo sitio.

En amaneciendo, partió uno de aquellos por delante, a modo de criado, llevando consigo una valiosísima sortija –de la que también hablaron en secreto sin saber que yo les estaba escuchando-. El que se quedó como si fuera el amo, aderezó su cabalgadura y esperó a que saliesen los mercaderes. Y así, haciéndose el encontradizo y una vez presentados, les preguntó con mucho respeto que a dónde se dirigían y respondiéndole ellos que a la feria de Ronda, dio muestras de gran alegría diciendo:

-Nunca me imaginé que me iba a encontrar en mi ruta con tan principal compañía, porque yo también me dirijo allí a comprar precisamente un hato de doscientas o trescientas vacas. Iba con miedo de que me pudieran robar el dinerillo que llevo, pues sólo conozco el camino hasta llegar a las Ventas Nuevas. De esta manera me alegro de haberme encontrado con vuesas mercedes, yendo ahora muy tranquilo, tanto por la buena compañía que llevo, como porque ustedes, como expertos en la materia, me podrán aconsejar para comprar lo mejor del mercado, que es lo que pretendo.

Ellos, como buenas personas que eran, enseguida se ofrecieron a ayudarle y a, una vez llegados a la Feria, presentarle gente de confianza, por ser ellos muy conocidos en la ciudad.

Los dos sinvergüenzas, por lo que después pude averiguar, pertenecían al género de los tramposos en los juegos de cartas y habían echado el ojo a los mercaderes, a los que pensaban estafar. Iban todos riendo por el camino, porque el fullerazo, era muy buen charlatán e iba todo el tiempo contando chascarrillos con tanta gracia que a todos divertía y entretenía. Yo, que iba pie, por no perderlos de vista andaba todo lo deprisa que podía, agarrándome unas veces del estribo y otras del correaje del aparejo de los animales, aunque los mercaderes, movidos por el compañerismo, me esperaban a veces por ser yo de Ronda, como les había informado.

Estando cerca de cierta venta, que permanecía cerrada la mitad del año, el fullero sacó de la faltriquera ciertos polvorones y los fue repartiendo entre los mercaderes. Y no tardaron éstos en producir su efecto ya que, por su misma hechura y porque hacía calor, provocaban mucha sed. Y en llegando a la venta, les dijo el fullero: “Aquí dentro hay una fuentecica muy fresca; entremos a cumplir con los polvorones; aunque si vuesas mercedes lo prefieren, aquí llevo una bota de vino de La Macha.

Se apearon y entró el fullero primero. Se acercó a la fuente, y, siguiéndole los mercaderes, este al ir a beber gritó con admiración:

-¡Ay! ¿Qué es esto que me he encontrado aquí?

Y alzó la sortija que el otro ladrón, su compañero, había puesto allí.

-¡Oh qué graciosa sortija! –dijeron los mercaderes-. Sin duda alguna, algún caballero se la quitó para lavarse las manos y se la dejó aquí olvidada. ¡Vaya suerte! ¡Quién se la hubiera podido encontrar!

-Los tres nos la hemos encontrado al mismo tiempo –dijo el fullero muy resuelto-. Y de los tres ha de ser.

-¿Y qué haremos con ella? –preguntó un mercader.

-En llegando a una venta, nos la jugamos a las cartas –dijo aquel- y a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga.

-¡De acuerdo! –dijeron ellos.

La sortija, efectivamente, levantó mucha admiración entre todos ya que tenía alrededor del aro doce diamantes que, aunque pequeños, eran muy finos; y porque en lugar de una piedra, llevaba ensartado un rubí con hechura de corazón, labrado todo con mucho estilo. Y como todos desearan que cayera en sus manos, comentando los mercaderes durante todo el camino el descuido del que la había perdido, el bellacón le fue diciendo mil monerías para aumentar su ambición por poseerla.

Llegaron a Ventas Nuevas y, no deteniéndose en la primera, llegaron a la segunda por hallarse más cerca del puerto de montaña. Se apearon, y el bellacón sacó su bota de vino añejo que llevaba, de la que bebieron todos de muy buena gana.

Comieron a toda prisa y enseguida preguntaron al ventero si tenía naipes para echar una partida. Al decir éste que no, el compañero del ladrón que estaba allí, haciéndose el tonto, dijo:

-Los he comprado yo todos, porque me los han encargado en mi pueblo. Pero si sus mercedes me los pagan, yo se los revenderé de buena gana.

-¡Traedlos acá! –dijo el fullero-, que estos señores y yo os los pagaremos muy bien.

Y el que hacía de tonto se los entregó, metiendo dentro la baraja que estaba marcada.

Siguió corriendo de mano en mano la bota de vino y según trascurría el juego, el fullero les dejó que fueran ganando los otros hasta que, en un golpe de mano, se quedó con la sortija. Los mercaderes, animados como estaban, no quisieron abandonar la mesa y pidieron ellos mismos continuar la partida, jugándose ahora los dineros. El bellaco, haciéndose el bueno, se negaba aduciendo que no quería poner en peligro el dinero que llevaba para comprar las vacas que pensaba; pero al final, como quien se deja convencer, prosiguió el juego.

Por nuestra parte, en el mismo momento en que entramos en la venta, el mocito extranjero y yo, al percibir que veníamos andando, enseguida nos dijeron que allí no se daba posada a nadie que no trajera cabalgaduras. Recibimos la advertencia con resignación y, a pesar de todo, nos paramos allí a descansar un poco. Mi compañero, apurado, me preguntó:

-¿Y dónde podremos pasar la noche?

Yo le respondí:

-Dejadlo en mis manos, que haré un conjuro a la ventera, de manera que no nos eche de aquí.

-¿Se trata de una endemoniada o una bruja acaso –preguntó el- para echarle conjuros?

-Si no lo es, al menos lo parece. Pero no es ese tipo de conjuro el que le voy a decir sino otro muy distinto que suele ser eficaz con algunas mujeres.

-Y ¿cuál es?

-Ahora lo veréis.

Me llegué a la ventera, que era una mujer coja y de mal talle y tenía las narices tan romas que si se reía se quedaba sin ellas. Sus ojos eran pequeños e inexpresivos, y echaba un mal olor a ajos y a vino que, junto a sus dientes mellados, era suficiente para espantar a todas las víboras de Sierra Morena. Las manos las tenía que parecían manojos de patatas y su limpieza dejaba mucho que desear. Con todo, me llegué a ella y le dije:

-¿Qué desdicha os trajo, señora mía, a estos parajes tan solitarios, vos, una mujer de tan buena gracia como merced?

-¡Qué halagador se nos presenta el señor estudiante! –repuso ella,

-No hay tal halago –dije yo- sino que, desde que llegué, puse los ojos en vuesa merced para consolarme del cansancio del camino.

-No se burle de mí –me reprochó.

-No hago tal, sino que vuesa merced me parece muy hermosa.

-¿Tan hermosa como una gata legañosa?-preguntó soltando una risotada.

Con decir aquella gracia ya me pareció que iba haciendo efecto el embrujo. Y continué:

-¡Pues mira con qué gracia y donaire responde! ¿Y no hay nadie que la saque a usted de este oficio? –le seguí yo dando coba-. Porque si yo fuera su marido, la sacaría de entre estos riscos y montañas, y más siendo una mujer de la calidad que usted muestra.

-Calle vuesa merced –dijo ella- que mi marido y yo nos hemos de quitar de en medio en cuanto le quitemos el dinero al que, de esos que están jugando, se quede con todo. Pero no se hable más que, por hacerles un favor a ustedes que me son tan simpáticos, no seré yo quien les mande a dormir a la intemperie: en cuanto mi marido les vea y les eche a la calle, se meten ustedes al pajar por la puerta del corral que yo dejaré abierta.

 

 

 

ISIDRO GARCÍA CIGÜENZA

Blog personal ARRE BURRITA

artífice e impulsor de la Pedagogía Andariega

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