Tomás Moreno Fernández: «El juicio de Sócrates: El filósofo en la ciudad (2/3). Momentos estelares de la Filosofía, 1º»

II. EL MÉTODO SOCRÁTICO

FILÓLOGO. –– Al finalizar la sesión anterior alguien planteó la cuestión del método empleado por el maestro Sócrates para exponer su enseñanza moral… Puedo, si os parece, intentarlo yo mismo. Sócrates utilizó, ya lo sabéis, como método la Mayéutica, esto es el «arte de la partera»: arte de alumbrar una nueva vida, ayudar a dar a luz. Pero conviene que, para su correcta comprensión, utilicemos sus propias palabras. Les leo el texto:

Mi arte de hacer dar a luz –decía el maestro Sócrates- se parece a estas parteras, pero se diferencia en que yo asisto a los hombres y no a las mujeres y en que examino las almas y no los cuerpos. Ahora bien, lo más grande que hay en mi arte es la capacidad de poner a prueba si lo que engendra el pensamiento del joven es algo imaginario y falso o genuino y verdadero (…) muchos me reprochan que siempre pregunto a otros y yo mismo no doy ninguna respuesta por mi falta de sabiduría (…) Y es evidente que no aprenden nunca nada de mí, pues son ellos mismos y por sí mismos los que descubren y engendran muchos pensamientos bellos” (Platón, Teeteto, 148e-150d).

Como todos conocéis, el arte mayéutico socrático se valía de un método de interrogación peculiar, mezcla de mordacidad y capacidad de cuestionar evidencias, cuyo ingrediente fundamental era la ironía (de ieromai, “interrogar” “preguntar” y eironéumai, “disimular” “fingir”, esto es: “interrogar simulando”) que comenzaba siempre dirigiéndose a su interlocutor de esta manera: “Tú x, que eres tan sabio… ¿podrías decirme en qué consiste…?”. Lo que simulaba o fingía Sócrates era “ignorancia” respecto de la cuestión y del arte u oficio que decía saber y aun dominar su interlocutor…

FILÓSOFO. — Tal vez por ello, querido colega, Sócrates solía afirmar “Yo sólo sé que no se nada”. Esto es, mostraba una actitud de ignorancia para intentar buscar la verdad dialógicamente, con la ayuda del otro. Actitud metodológica, más que espontánea, que habría de ser extraordinariamente fecunda a lo largo de la historia de la filosofía. A bote pronto —por utilizar la vulgar expresión— recuerdo que esa actitud se encuentra en Nicolás de Cusa, filósofo cristiano del siglo XV, y en su concepción de la filosofía como “docta ignorantia”; en el escepticismo de Montaigne (¿que sais-je?); en el español Francisco Sánchez, De la muy noble y universal ciencia: que nada se sabe; y en Descartes y su duda metodológica. El romántico alemán Friedrich Schlegel llegaría también a afirmar socráticamente: “Cuanto más se sabe, más se desea aprender. Con el saber crece paralelamente la sensación de no saber, o mejor dicho, de saber que no se sabe”-. E incluso algunos podrían decir que su método mayéutico es un precedente del método psicoanalítico de Sigmund Freud.

La mayéutica consistía, pues, en una serie de preguntas e interrogaciones dirigidas, normalmente, a ayudar a descubrir o iluminar “la verdad» (olvidada pero latente en espera de su recuerdo) en la mente de sus interlocutores. En otras ocasiones tendentes a enredar o desenmascarar la ignorancia y la petulancia de sus adversarios -los «oficialmente» «expertos» o «sabios»- esto es: de los sofistas, políticos, retóricos, poetas, artesanos etc., de su ciudad.

En este segundo caso, es la «ironía» socrática -mostrarse «ignorante», fingir aceptar las opiniones del «otro» hasta reducirlas al absurdo, mostrando así su sinsentido- arma invencible de su «dialéctica». Preguntando continuamente, y aludiendo a su lúcida «ignorancia» («Yo sólo sé que no se nada»), Sócrates lograba vencer o convencer en todas las disputas y discusiones en las que intervenía. Su método era, pues, interrogativo, no afirmativo: una sabiduría de preguntas, no de respuestas.

HISTORIADOR. — “Al que dice la verdad regálale un caballo, lo necesitará para huir”, dice una sentencia árabe. Sócrates no necesitó ni quiso huir de su ciudad, pero ciertamente su amor por la verdad hizo que muy pronto se granjeara el recelo, cuando no la hostilidad de la mayoría. Fue, en consecuencia, un hombre de «minorías», no de masas. Consagró su vida a la formación de un grupo selecto de jóvenes discípulos y amigos: Antístenes, Alcibíades, Crítias, Fedón, Platón, etc.

Pero fue también una «maraña de contradicciones». A través de las obras de Platón y de Jenofonte, sobre todo, nos ha llegado su retrato físico y moral: Sócrates es «sobrio» y «austero» (viste de manera desaliñada, descalzo, pobremente) pero, constantemente acude a banquetes y bebe con sus jóvenes y ociosos amigos; ama la «verdad» y la «discusión» honesta, pero siempre tiene que vencer en cualquier disputa, incluso utilizando argucias o cualquier tipo de medios, no siempre lícitos, para conseguirlo; es extremadamente racional, su lógica es «gélida», decía Nietzsche.

Pero, a la vez, en su comportamiento revela aspectos de una personalidad algo desequilibrada: sufre, a veces trances catalépticos de origen histérico, confía en los «oráculos» y en los «sueños premonitorios» o «admonitorios», alude, frecuentemente, a un daimón individual o «espíritu guía» (que según algunos no es sino la personificación de sus impulsos irracionales). Aspectos, todos ellos, poco conciliables con esa pretendida objetividad racionalista. Es pobre y sencillo en el vestir, pero nunca reservado ni humilde; al contrario: se muestra corrosivo, cáustico, muchas veces orgulloso y altivo; acepta sin dudarlo un momento lo que la Pitia del Oráculo de Delfos había dicho de él que era «el más sabio de los hombres».

Su físico parece ser que era poco agraciado, casi grotesco, muy feo, feísimo. Jenofonte nos lo describe con nariz chata y respingona, miope, ojos saltones, tripudo, grueso, cabeza grande, toscamente vestido y muy «callejeador». El retrato que Platón nos deja en sus Diálogos, por ejemplo, en El Banquete (1) y en boca de Alcibíades, no difiere demasiado del anterior en cuanto a su perfil físico. Cuenta que cuando el retratista Zopiro encontró a Sócrates, viendo su rostro lo declaró «imbécil de nacimiento», inculto e incapaz de perfeccionarse. La gente se echó a reír; pero Sócrates le contestó: «Ese era, efectivamente, mi «natural». Pero yo lo he reformado por la educación». En otra ocasión lo compara con los «silenos» por fuera burlescos, dignos de mofa, pero por dentro «llenos de dioses».

Resulta bastante sorprendente que en una cultura «misógina», en la que se rinde culto a la belleza masculina, a la armonía y a la perfección estéticas, un hombre de las características físicas de Sócrates, pueda haber sido tan admirado y tan apasionadamente amado por sus discípulos y por la juventud «elegante» de la Atenas de su tiempo. Su magnetismo y capacidad de fascinación seguro que no se debieron a su peculiar fisonomía, sino a su admirable personalidad espiritual, a su «belleza moral» (Alcibíades).

PROFESOR DE ETICA. — En relación con lo que acaba de exponer nuestro historiador no puedo estar más de acuerdo. También en la interpretación de su doctrina ética —la ética intelectualista— las opiniones han sido de lo más divergentes. Para Nietzsche, por ejemplo, el intelectualismo ético socrático, con su ecuación anti-griega: Razón = Virtud = Felicidad, «aquella ecuación», escribe el filósofo del Superhombre, «la más extravagante que ha existido, que tiene particularmente contra sí todos los instintos de los antiguos griego», constituye una auténtica «perversión» de la «moral señorial» de los antiguos griegos, que arruinó la concepción trágica del mundo heleno. Representaba el triunfo del espíritu apolíneo frente al dionisíaco; una hipertrofia de lo racional contra lo vital e instintivo.

Nadie, pues, tan cruel como el filósofo germano en su apreciación de Sócrates. En «El ocaso de los ídolos» (capítulo: «El problema Sócrates») el filósofo de Roecken llega a preguntarse si Sócrates era verdaderamente un griego, si no representa, más bien, al «criminal típico», por su «fealdad y maldad raquíticas»:

Todo en él es exagerado, bufo, caricaturesco; y al mismo tiempo lleno de escondrijos, de segundas intenciones, de subterfugios»[…] «monstrum in fronte, monstrum in ánimo»: «si la fealdad es para nosotros una objeción, para los griegos era una refutación” (2).

Llegará, incluso, a responsabilizar al maestro griego de la decadencia de la cultura occidental, de nihilista negativo y de corruptor de la filosofía occidental. Por su parte, Hegel va a destacar en Sócrates, precisamente aquello que Nietzsche repudiaba, rechazaba y despreciaba: su intelectualismo ético, su apelación a la interioridad y a la conciencia (su «daimon» privado) a la hora de tomar una decisión para su vida. Una doctrina ética que representaba la emergencia de la autoconciencia moral occidental, de la «subjetividad infinita». Con Sócrates, viene a decir Hegel, se produce la proclamación más clara y contundente del pensamiento individual, del despertar de la libertad de la conciencia humana, como algo que se justifica sólo ante sí misma, desde la propia interioridad personal (3).

Se trató, pues, de un descubrimiento verdaderamente revolucionario, subversivo: la verdad y el bien residen en la interioridad de la conciencia, dentro de sí y se alcanzan de manera autónoma. Los dioses, los oráculos, la tradición (el «Nomos«), son «sustituidos» por la propia conciencia individual como fuente o criterio último de moralidad. Con Sócrates pasamos definitivamente de una «cultura de la vergüenza» a una «cultura de la culpa» por usar la terminología de la antropóloga estadounidense Ruth Benedict (4), de una ética heterónoma de carácter social a una ética autónoma de la interioridad y la responsabilidad personales.

La ruptura “Ethos-Polis” se ha consumado: la eticidad es ya una pura cuestión de la interioridad individual y no una imposición social, política o cultural. Sócrates es, por lo tanto, el descubridor de una “nueva eticidad”, ya insinuada en los Sofistas, Tucídides, Eurípides, que se oponía radicalmente a la vigente en la Atenas de su tiempo, expresada en la ecuación «Ethos = Polis» y en la que no había más ética que la subordinación o sometimiento del individuo a los imperativos ético-políticos del Nómos de la Polis y en el que la virtud privada y la virtud pública, el buen individuo y el buen ciudadano coincidían plenamente, como nos mostrara con lucidez Antoni Doménech en su brillante ensayo De la política a la ética. De la razón erótica a la razón inerte (6).

Pero, más allá de esta revolucionaria aportación ético-intelectual de Sócrates es, precisamente, con ocasión de su proceso, juicio, condena y ejecución donde, como veremos, su figura alcanzará niveles inigualables de nobleza, dignidad y ejemplaridad.

BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS

1) Platón, El Banquete, Alianza editorial, Madrid, 1989.

2) F. Nietzsche, El ocaso de los ídolos, trad. Roberto Echavarren, Cuadernos ínfimos, Tusquets, Barcelona, 1972.

3) J. W. F. Hegel, Lecciones sobre historia de la filosofía, F. C. E., México, 1955

4) Ruth Benedict, El crisantemo y la espada. Patrones de la cultura japonesa, Alianza editorial, Madrid, 1974.

5) Antoni Domènech, De la ética a la política. De la razón erótica a la razón inerte, Editorial Crítica, Grijalbo, Barcelona, 1989.

6) Platón, Apología de Sócrates, Alhambra, Madrid, 1985.

 

 

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