Pedagogía Andariega: A D. Vicente Espinel, en su IV Centenario (1624-2024), 15

Resulta todo un privilegio disponer tiempo y salud para recorrer a pie cualquiera de los trayectos que Espinel llevara a cabo en sus travesías por toda España. Nosotros (mi burra Molinera y un servidor) salimos frecuentemente al campo en busca de aventuras, siguiendo los pasos de nuestro insigne literato.

 Arrieros somos y en el camino de la Pedagogía Andariega nos encontramos.  Nuestro lema, como el suyo: “Aprender deleitando, deleitar enseñando“

15, El ganchero

Una vez en mi tierra y por ciertos compromisos que tenía, me fue forzoso dirigirme antes a Málaga que a Ronda, con lo que tuve que apartarme de la compañía de los mercaderes, tomando la vía del Carpio. Ellos se portaron tan bien conmigo que me regalaron uno de sus machos y dinero.

El animal, sin embargo, aunque con sus dueños había disimulado durante todo el camino su malicia, resultó que, al quedar a solas conmigo, se mostró totalmente endiablado pues, además de no dejarse colocar la silla de montar encima, se tiraba al suelo cuando mejor le parecía. Y en saliendo del lugar, por verse solo y por sus ruines resabios, en el primer revolcadero se tumbó, cogiéndome una pierna debajo, de suerte que, si no me hubiese echado al mismo tiempo del otro lado, hubiera sufrido un terrible percance. Con todo, pude levantarme y lo llevé del cabestro durante un rato hasta que se me fue aliviando el dolor.

Seguí mi camino hasta que llegué a un bosquecillo cerca del Carpio donde, aunque pequeño, era abundante en conejos y otras cazas, por estar próximo a la ribera del Guadalquivir. Me apeé a hacer cierta necesidad natural y forzosa, y justo en aquel momento se espantó el mulo y comenzó a huir: se debió al ruido que formaron un culebrón y una zorra saliendo al mismo tiempo de un zarzal que había junto al camino. Debían de haber permanecido encamados ambos en la misma cueva, ya que es cosa sabida que la culebra no hace amistad con ningún otro animal  como no sea la zorra.

Asustado también yo, le tiré una piedra a la culebra para ahuyentarla, pero con tan mala puntería que en vez de en la cabeza le di en medio del espinazo. La culebra entonces, al sentirse atacada, se revolvió con tal furia contra mí, que si no llego a pegar un salto al otro lado del camino, lo pasara yo muy mal. Entorpecida ella por la arena que había de por medio, volví a tirarle piedras, y tantas que casi la dejé enterrada debajo. Me acerqué y después de haberle escupido muchas veces,  que la saliva humana, dicen, viene a ser como veneno para ellas, le pegué una pedrada media vara por encima de la cola de modo que la dejé inmovilizada. A continuación, cogí otra pieza y le majé la cabeza.

Molinera, por la ruta de Espinel

Ya que me hube tranquilizado, y después de limpiarme el sudor de la cara, comencé a buscar mi mulo por toda la orilla del río, sin topar con persona ninguna que pudiera darme señales de él. Y yendo, como iba, cargado con la capa, la espada y las alforjas, que todo lo tiró al suelo el animal, excepto la silla que la llevaba en la barriga, volví a detenerme antes de pasar el río, donde vi tanta abundancia de conejos que me parecieron más espesos que liendres lleva en su interior el jubón de un arriero.

Pasé a la otra orilla y me metí a comer algo en un mesón que se halla situado a la entrada del pueblo, donde tampoco me supieron dar nuevas de mi macho, y donde prometí recompensar al que lo hallare.

Precisamente años después y aquí mismo, sería testigo de un desgraciado suceso que bien pudiera servir de lección a la obligación que tienen los hijos de seguir el consejo de sus padres, aunque su opinión les parezca a veces trasnochada y fuera de lugar.

Y fue ello que, siendo marqués del Carpio don Luis de Haro, caballero muy digno de este nombre, llegaron unos madereros de la sierra de Segura con algunos millares de vigas gruesas; y dando el Marqués licencia y lugar para pasarlas de una orilla a otra del rio, levantaron un puente para, conformando una presa, almacenar el agua y cruzar los troncos flotando por el agua.

Por la sauceda

Los gancheros, que eran quienes, con ayuda de unos palos largos acabados en gancho debían pasarlas, eran todos unos mozos fuertes de brazos y ligeros de pies y piernas, grandes nadadores y sufridores de fríos y trabajos. Quisieron hacer al Marqués una demostración de su habilidad organizando el típico juego de los gansos, consistente en amarrar un ganso de una cuerda, atravesando ésta por lo alto del estanque. Cuando los de la orilla bajaban la cuerda con el ganso enganchado por las patas, ellos debían abrazarse a él y aguantar los cimbronazos que los de fuera pegaban, procurando no se les escapase de debajo del brazo. Si se les escapaba, caían al agua desde considerable altura, con lo que provocaban el jolgorio de los que miraban.

Entre los gancheros había un mozo recio, de buen talle, rubio y bien conformado, muy trabajador y apreciado por sus compañeros. Pidió licencia a su padre para participar en aquel juego de arrancarle el pescuezo al ganso aguantando los tironazos, pero el padre, conociendo el peligro, no se lo quiso dar: ya se sabe que los padres, o por tener más experiencia que los hijos,  por conocer sus inclinaciones, haberlos criado y saber de qué pie cojean, o por el amor entrañable que les tienen, son algo profetas de los bienes o males que les puedan aquejar.

Así, no consistió  de ninguna manera que su hijo participase en la fiesta. Pero, aduciendo el muchacho que sus compañeros iban a tenerle por menos hombre que ellos, consiguió arrancarle, aunque de mala gana, el permiso. Y sucedió que, en teniendo asido el cuello del ganso, el madero que sujetaba la cuerda vino a caérsele encima y a darle en la cabeza, con lo que el muchacho acabó sumergido en lo profundo del embalse. Su cuerpo no apareció hasta el día siguiente, muerto, lo que provocó enorme lástima y compasión de toda la gente, quedando el padre, por su parte, dolorido y como extasiado.

 

ISIDRO GARCÍA CIGÜENZA

Blog personal ARRE BURRITA

artífice e impulsor de la Pedagogía Andariega

 

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