Gregorio Martín García: «… ¡¡¡ Eeel lañaoooor!!! , 1/2»

¡¡” Se lañaan lebrillos, cántaros, cazuelas y cualquier cosa que tengas de arcilla o barro”!! “Tóo s’arregla y se lañaaa, como nuevo… niñaaas”.

– ¡Señora! Que no puede ser… yo no puedo hacer milagros.

– ¿Cómo voy a lañar estos trozos que me trae, si apenas se adivina que vasija es? ¿Es un lebrillo? ¿Es un cántaro? o ¿Es un bidé?…

– Señora, nosotros en el gremio, somos muy buenos, pero entre los lañadores de España no hay ninguno que le arregle eso.

Era aún temprano una señora del pueblo al sentir el pregón…- Eeel lañaaaor”, salió a la puerta con sus tiestos y trozos y le propuso al lañador que le arreglara eso. Difícil era unir aquellos trozos, que en su mano traía, para lograr, formar otra vez, a lo que antes sería.

Eeel lañador”. Continuó la marcha con su pregón, aquel hombre llegado temprano y que con su voz alegraba un pueblo que despertaba a un nuevo día de trabajo.

Con su raro aparato al hombro y una negra alforja de paño al otro, por las calles del pueblo su pregón cantaba, con agradable y entonada melodía que, lejos de molestar relajaba y aún ayudaba a mantenerse en la cama un minuto más, a disfrutarla. A plena voz gritaba lo que ofrecía, aquel lañador que hoy amaneció por Benalúa de las Villas.

Ver a un lañador me deleitaba, me absorbía de ver el bonito y artístico trabajo traído de atrás de hacía muchos años y conservado por bucólicos y errantes personajes, soñadores y parados que, algo había de hacer para comer y costearse.

Una vecina, cercana a la tienda de “La Angustias”, levantando la cortina mosquitera, le llama. ¡Oiga! Oiga… lañador espere un poquito. Acercándose éste, ella le entregó un cántaro cascado que presentaba una larga grieta en su “barriga”.

–  Láñelo. Le dijo ella.

–  Sí señora ahora que, contando las lañas le digo lo que le cobraré…

– ¡No sea caro!…

-Señora las lañas “cantan” y me dice esta grieta que arreglarla cuesta once lañas que, se lleva, a tres gordas cada una, total tres pesetas y tres gordas…

-” ¡Josu!” eso es “mu” caro. Pero, si vale más que el cántaro. Contestó protestona la demandante.

Mientras, el artesano lañador apartaba con su mano un infante que junto a su trabajo miraba y en él se recreaba de su arte y de su máquina de agujerear los cacharros (Con un raro nombre: Picasa le llamaban, era una taladradora de los útiles grapados), El mozalbete le preguntó extrañado:

–  ¿Y esas lañas que son? ¿Tú las haces?

–  No niño… tengo un árbol en mi casa que las cría y las madura y todas las mañanas lo sacudo, recojo las caídas y tengo para el día. Respondió algo seco en su explicación…El chava se marchó, sus formas lo desencadenaron y pensando en el árbol que da lañas junto a otros chavales se puso a jugar.

–  ¿Procedo o no a poner en marcha el arreglo? Preguntó con su autoritaria y grave voz y algo enfadado con la regateadora señora que además de querer hurtarle un tanto de su trabajo le hacía perder el tiempo.

–  Proceda, ¡buen hombre!, pero que caro es usté. ¡Josú!

Era una de las consecuencias propias de los abnegados artesanos, generalmente ambulantes, el aguantar algunos de sus clientes, yendo por los pueblos cargados de sus herramientas y enseres para componer cacharros de loza y barro. Eran tiempos en que no había dinero y ante ello antes de volver a comprar reparaban los enseres del hogar cuando el lañador visitaba el pueblo y se anunciaba con el característico pregón de:

– ¡Ha llegado el lañaooor! ¡Se arreglan lebrillos, ollas, tinajas, cazuelas y demás cosas de porcelana! ¡Ha llegado el lañador! ¡Niñaas!

Su caminar era muy pausado, parecía medía el terreno para cualquier labor agrícola de marco y plantas. Igual su pregón. Voz de grave de barítono, y físico facial que acompañaba su ego, el cual elevaba cuando pregonaba. Melodía agradable que parecía otorgarle nobleza a su cuerpo y estilo a su pausado y decidido caminar.

Botines de cuero algo gastados por usados en su profesión. Estos ofrecían un intenso brillo a grasa caballo, sobre ellos caía las bajeras de sus pantalones de recia tela fabricados para aguantar los roces de todos los charros trabajados. Sujetos por unos anchos tirantes también de cuero y que cruzaba una camisa blanca con el color roto por un sucio negro. Sobre esta una especie de chaqueta de las usadas en La Mancha y que suelen usar los vendedores de queso.

En su boca siempre un palillo mondadientes que pasaba constantemente de extremo a extremo de su boca, que ni para pregonar quitaba ya que no le estorbaba. Una gorra, algo sucia con visera que tapaba una hermosa cabellera negra y brillante, parecido al brillo de sus zapatos.

La mañana, que había comenzado pronto, iba avanzando, no tenía mucho trabajo realizado, se impacientó al caer en ello, cuando una señora, muy dispuesta ella, le gritó:

– ¡Lañador! ¡Oiga! Si hace el favor, aquí tengo trabajo y faena para ustéd.

Gritó una buena señora, saliendo del callejón de Pepe El Cabrero y, en la Placetilla paró el artesano, a atender a la clienta. La mañana mejoraba.

–  Enseguida está este servidor con usted, buena mujer… Dígame…  ¿Qué quería?

– Señor lañador, tengo varias cosas para lañar, dos lebrillos de matanza, un cántaro y dos cazuelas… Como vienen ustedes los lañadores de tan tarde en tarde pues se junta trabajo para ustedes.… Bueno, dígame ¿Cuánto vale arreglar todo esto?…

– Fácil señora. Contestó aquel, un poco extrañado de la soltura de la señora y lo rica en palabras que era. Temió por su trato y antes de hablar “puso pie en pared”.

– Señora, por ser usted quién es y así de dicharachera, le voy a regalar diez grapas y le cobraré aquellas que gaste en arreglar todos los cachivaches que aquí hay a las que les restará las diez del regalo. Considerando, he de decirle que, la grapa puesta vale tres gordas. Y continuó:

– Cómo ve usted me estoy portando… entonces ¿Qué? ¿Comienzo el trabajo?

– Lo empezará siempre que le quite al precio las diez lañas que me ha regalado y dos pesetas más. Sentenció. ¡El lañador temió perder el cliente!

– ¡Por Dios!, pero que gente más agarrada tiene este pueblo. Respondió al tiempo que cogía el primer cacharro y comenzaba a trabajar.

Granada, enero de 2023

[Continuará]

 

 

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Gregorio Martín  García

(Benalúa de las Villas, 19/02/1945-

Atarfe, 15/04/2024)

Autor del libro ‘El amanecer con humo’

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