A mi ciudad –quizá también a la tuya– le sucede lo que a algunas personas: está “demasiado tersa o rígida”. Fuertemente encorsetada.
Pero la cuestión –para poner pie en pared, nunca mejor dicho– no está sólo en lo que se preguntaba el maestro de foto-periodistas Ramón L. Pérez: “(…) que sentiría Federico si años después de asomase por esa ventana y viera como su Granada cambiaba, como la huerta que rodeaba su casa se convertía en parque, como una muralla de hormigón cortaba la visión hacia su Vega”.
Hay otra razón, primigenia, a la que me invito –y os invito– a combatir con todas nuestras fuerzas: los intereses especulativos de unos pocos ¡pero bien armados!… El empecinamiento de conseguir, con toda rapidez y alevosía, unas metas muy lejanas a lo que dicta el bien común.
Y no creáis que me posiciono contra el imprescindible gremio de la construcción –promotores y constructores–. Todo lo contrario, hoy más que nunca necesitamos contar con viviendas asequibles, insertadas en un entorno verde y respirable… Y ellos, junto a los concejos, tienen la llave en sus manos… Lo que no supone, de ninguna forma, que sus acciones atenten contra el desarrollo sostenible de nuestras urbes.
Así, sobre lo que reflexiono, es la necesidad imperiosa, por ejemplo, de dejar, de una vez por todas, de marear la perdiz con los planes de urbanismo, realizados a tenor del mandato de aquellos que se benefician de sus propias soluciones.
Las metrópolis han de crecer de manera defendible y razonable, pues lo contrario nos llevaría –¿nos ha llevado ya?– a situaciones contrarias a la convivencia: crear “guetos”, para unos –los más afortunados–, o para otros –los más desdichados– es una burla para la humanidad, digna de la mayor condena judicial sin posibilidad de exculpación alguna.
Estoy seguro. Ha llegado el tiempo de plantarse, con todos nuestros bagajes ante lo que nunca debió crecer en nuestras almas: la ignominia canallesca.
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