Cristi Castro: «¿Y si este curso hacemos menos cosas, pero las hacemos mejor?»

Cada septiembre ocurre algo curioso en educación: queremos hacerlo todo.

Queremos leer más, innovar más, utilizar nuevas tecnologías, trabajar por proyectos, celebrar todas las efemérides, hacer actividades complementarias, decorar el aula, mejorar la convivencia, atender individualmente a cada alumno, mantener una comunicación constante con las familias y, por supuesto, cumplir con el currículo.

Todo.

Y si puede ser antes de Navidad, mejor.

Empezamos el curso con una agenda nueva, una carpeta perfectamente organizada y una cantidad de buenas intenciones que difícilmente cabrían en un horario escolar.

Entonces alguien propone un proyecto.

Nos parece fantástico.

Aparece una formación intere…

Nos apuntamos.

Descubrimos una aplicación educativa.

La guardamos.

Llega el Día de no sé qué.

Preparamos una actividad.

Después viene la Semana de no sé cuánto.

Otra actividad.

Un concurso.

Una campaña.

Un proyecto del centro.

Una propuesta externa.

Una celebración.

Y cuando queremos darnos cuenta estamos intentando encontrar un hueco para algo tan revolucionario como dar clase.

Quizá uno de los grandes retos educativos de nuestro tiempo no sea hacer más.

Quizá sea aprender a elegir.

Porque vivimos rodeados de propuestas.

Muchas de ellas extraordinarias.

Nunca habíamos tenido tantos recursos educativos al alcance de la mano. En unos segundos podemos encontrar actividades, vídeos, plataformas, metodologías, experiencias de otros centros, materiales descargables y cientos de ideas para trabajar prácticamente cualquier contenido.

Y eso es una suerte.

Pero también puede convertirse en una trampa.

La sensación de que siempre podríamos estar haciendo algo más.

Hay aulas preciosas en redes sociales.

Proyectos espectaculares.

Materiales perfectamente preparados.

Experiencias educativas que parecen sacadas de una película.

Y podemos terminar pensando que una buena clase tiene que ser siempre extraordinaria.

No.

A veces una buena clase es simplemente una conversación interesante.

Una lectura.

Un problema que obliga a pensar.

Una pregunta para la que no tenemos inmediatamente una respuesta.

Un alumno explicándole algo a otro.

Veinte minutos de silencio mientras todos están concentrados.

Nada de eso probablemente consiga demasiados “me gusta” en una red social.

Pero puede ser magnífica educación.

Innovar no debería significar llenar nuestras aulas de novedades.

De hecho, quizá una de las formas más importantes de innovación sea precisamente preguntarnos qué merece permanecer.

Porque hay cosas que funcionan desde hace mucho tiempo.

Leer funciona.

Escribir funciona.

Conversar funciona.

Jugar funciona.

Experimentar funciona.

Escuchar funciona.

Hacer preguntas funciona.

Equivocarse y volver a intentarlo funciona.

Y un buen maestro sentado junto a un alumno diciéndole “vamos a verlo otra vez” continúa siendo una tecnología educativa extraordinariamente eficaz.

Esto no significa renunciar a los proyectos, las herramientas digitales o las nuevas metodologías.

Al contrario.

Significa utilizarlas cuando realmente mejoran el aprendizaje y no simplemente porque sean nuevas.

La pregunta no debería ser:

“¿Qué podemos hacer este curso?”

Quizá debería ser:

“¿Para qué queremos hacerlo?”

Porque una actividad puede ser preciosa y no enseñar prácticamente nada.

Y otra aparentemente sencilla puede provocar un aprendizaje que acompañe al alumno durante años.

También deberíamos hablar de las efemérides.

Los colegios vivimos rodeados de días internacionales.

Día de la Paz.

Día del Libro.

Día de la Mujer.

Día del Medio Ambiente.

Día de la Infancia.

Y muchos otros.

Son oportunidades magníficas para trabajar cuestiones importantes.

El problema aparece cuando la celebración sustituye…
al aprendizaje.

Si trabajamos la igualdad únicamente un día al año, tenemos un problema.

Si hablamos de convivencia solamente cuando toca preparar un mural, también.

Si la lectura se convierte en protagonista únicamente durante la semana del libro, algo estamos haciendo mal.

Quizá necesitemos menos actividades para la fotografía y más experiencias que permanezcan cuando ya hemos quitado el mural del pasillo.

Y luego está la burocracia.

Cualquier docente sabe que una parte considerable de nuestro trabajo sucede fuera del aula.

Documentos.

Registros.

Programaciones.

Informes.

Actas.

Plataformas.

Seguimientos.

Evidencias.

Contraseñas.

Muchas contraseñas.

A veces tengo la sensación de que, si dedicáramos a mirar a nuestros alumnos todo el tiempo que dedicamos a demostrar documentalmente que los hemos mirado, probablemente descubriríamos cosas interesantes.

Evidentemente, necesitamos organización, planificación y evaluación.

La educación no puede depender de la improvisación.

Pero tampoco deberíamos permitir que el instrumento termine ocupando más espacio que aquello para lo que fue creado.

Porque nuestro recurso más valioso es limitado.

El tiempo.

Tenemos unas horas concretas cada día con nuestros alumnos.

Y cada vez que decidimos hacer algo estamos decidiendo también qué dejamos de hacer.

Por eso elegir es una responsabilidad educativa.

Quizá este curso podamos hacer menos proyectos, pero profundizar más en ellos.

Leer menos libros, pero conversar mucho más sobre los que leemos.

Realizar menos fichas, pero dedicar más tiempo a corregir los errores y comprender por qué se han producido.

Utilizar menos aplicaciones, pero escoger aquellas que realmente aportan algo.

Celebrar menos por cumplir y trabajar más durante todo el año los valores que consideramos importantes.

Y quizá podamos dejar algún espacio vacío.

Porque no todo minuto del horario necesita estar ocupado.

Los niños también necesitan tiempo para pensar.

Para preguntar.

Para terminar.

Para aburrirse un poco.

Para hablar entre ellos.

Para descubrir.

Vivimos en una sociedad que parece tener cierta obsesión por llenar.

Llenamos agendas.

Llenamos tardes.

Llenamos calendarios.

Llenamos las semanas de actividades.

Y los niños tampoco escapan de esa dinámica.

Colegio.

Extraescolares.

Deporte.

Idiomas.

Deberes.

Planes.

Pantallas.

Quizá la escuela pueda ser también un lugar donde aprendamos que hacer más no siempre significa aprender más.

Hay aprendizajes que necesitan tiempo.

Un niño puede memorizar algo rápidamente.

Comprenderlo es otra cuestión.

Puede terminar veinte ejercicios.

Pero quizá cinco bien pensados habrían sido suficientes.

Puede leer muchas páginas.

Pero detenerse durante diez minutos a hablar sobre una de ellas puede cambiar completamente la experiencia.

La educación necesita profundidad.

Y la profundidad necesita tiempo.

Por eso, al comenzar este curso, quizá podríamos hacer un propósito diferente.

En lugar de preguntarnos qué vamos a añadir, preguntarnos qué podemos quitar.

Qué hacemos por costumbre.

Qué mantenemos porque “siempre se ha hecho así”.

Qué actividad ocupa mucho tiempo y aporta poco.

Qué documento podría simplificarse.

Qué proyecto ha perdido su sentido.

Qué estamos haciendo simplemente porque sentimos que deberíamos estar haciendo algo.

Y después proteger aquello que sí importa.

Una buena explicación.

Una conversación individual.

Una lectura compartida.

Un recreo en el que observamos que alguien siempre está solo.

Un alumno que necesita diez minutos más.

Una pregunta inesperada que nos obliga a desviarnos de lo que habíamos preparado.

Porque quizá los momentos más importantes de un curso no aparezcan nunca en nuestra programación.

Cuando llegue junio, nuestros alumnos probablemente no recordarán cuántas fichas hicieron.

Ni cuántas aplicaciones utilizamos.

Ni todos los murales que colgaron en los pasillos.

Pero quizá recuerden aquel libro que les hizo descubrir que les gustaba leer.

El proyecto en el que sintieron que eran buenos haciendo algo.

La explicación que finalmente consiguieron entender.

La vez que se equivocaron y nadie se rio.

O aquel maestro que tuvo tiempo para sentarse a su lado cuando lo necesitaban.

No necesitamos convertir cada día de colegio en un acontecimiento extraordinario.

Necesitamos conseguir que lo cotidiano tenga sentido.

Así que quizá este septiembre podamos empezar el curso con una lista de propósitos un poco más corta.

Leer.

Pensar.

Conversar.

Escuchar.

Enseñar.

Acompañar.

Y conseguir que nadie se quede atrás.

Si después nos sobra tiempo, siempre podremos hacer un mural.

Cristina Castro Martín

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