¡Volvemos a clase! Comienza el curso en la Universidad de Mayores
Después de un largo y caluroso verano, llega uno de esos momentos que esperamos con especial ilusión: el reencuentro. Cada comienzo de curso, cuando las aulas del Aula Permanente de Formación Abierta de la Universidad de Granada —APFA— vuelven a llenarse de voces, de conversaciones y de proyectos, sucede algo que merece ser celebrado. Nos reencontramos con los compañeros y compañeras de cursos anteriores, con quienes hemos compartido aulas, viajes, tertulias, descubrimientos y tantos momentos que ya forman parte de nuestra vida. Volvemos a vernos, nos contamos cómo ha ido el verano, recuperamos conversaciones que quedaron pendientes y sentimos, una vez más, que la universidad también es ese lugar al que uno siempre desea volver.

Pero cada nuevo curso trae además rostros nuevos. Llegan hombres y mujeres que quizá nunca imaginaron que algún día ocuparían un pupitre universitario. Algunos se incorporan con la ilusión y los nervios de quien comienza una aventura desconocida; otros llegan buscando nuevos conocimientos, nuevas amistades o simplemente una oportunidad para seguir creciendo. Y ahí se produce algo hermoso: los que ya estamos abrimos las puertas a quienes llegan, y quienes llegan vienen a renovar, con su ilusión y su entusiasmo, la vida de las aulas.
Porque en el APFA no comienza solamente un nuevo curso académico. Comienza otra vez la vida universitaria. Una vida hecha de aprendizaje, de encuentros, de curiosidad y de amistad. Una vida en la que la edad no pone límites al deseo de saber. Algunos regresan, otros comienzan, pero todos llevamos en la mochila algo extraordinariamente valioso: las ganas de seguir aprendiendo, de compartir y de sentirnos vivos.

Llegar a la Universidad en la madurez es mucho más que estudiar. Para muchos significa recuperar un sueño pendiente, descubrir capacidades que permanecían ocultas y comprobar que nunca es demasiado tarde para comenzar algo nuevo. Por eso el Aula Permanente es mucho más que un programa educativo. Es una puerta que se abre a nuevas posibilidades.
La Universidad de Granada tuvo el acierto de comprender que la educación no termina con la jubilación y que la Universidad puede ser también un espacio para quienes han recorrido ya buena parte de su vida. Un espacio donde adquirir conocimientos, sí, pero también donde recuperar confianza, hacer amigos, compartir experiencias y volver a sentirse protagonista. En sus aulas no solo se aprende de los profesores. También se aprende de los compañeros, de sus historias, de sus experiencias y de todo aquello que cada persona lleva consigo. Porque quienes llegamos a la Universidad después de muchos años llevamos una enorme riqueza: la experiencia de haber vivido.

Somos, como me gusta decir, personas con mucha juventud acumulada. Y quizá ese sea uno de los mayores valores del Aula Permanente: demostrar que cumplir años no significa dejar de crecer. Que la curiosidad no tiene edad. Que todavía podemos descubrir talentos, iniciar proyectos, escribir, pintar, hacer fotografías, recitar poesía, investigar, debatir, viajar, participar y, sobre todo, ilusionarnos. El APFA nos devuelve algo que nunca deberíamos perder: la sensación de que todavía quedan muchas cosas por descubrir.
Pero la vida universitaria no tiene por qué terminar cuando acaba la clase. Si, una vez matriculado en el Aula Permanente, tienes además el acierto de asociarte a ALUMA, la Asociación de Alumnos y Alumnas del Aula Permanente, descubrirás que la Universidad puede acompañarte mucho más allá de las aulas. Entonces aparecen las visitas culturales, los viajes científicos y literarios, las tertulias poético-literarias, las actividades deportivas y tantas otras propuestas para seguir aprendiendo y disfrutando juntos. Puedes acercarte al taichí, al dragón boat, al ciclismo o al senderismo; participar en concursos de fotografía, relatos cortos, pintura o poesía y dejar que tu creatividad encuentre nuevos caminos. Pero quizá lo más importante sea lo que no aparece en ningún programa de actividades: las nuevas amistades, las experiencias compartidas y el sentimiento de pertenecer a una comunidad universitaria que sigue formando parte de tu vida. Y ALUMA ofrece todavía algo más: la posibilidad de sentirse útil.

Porque participar en una asociación es también poner al servicio de los demás aquello que sabemos hacer: nuestras capacidades, nuestro tiempo y nuestra experiencia. Es colaborar, proponer, ayudar a organizar, compartir ideas y descubrir que todavía tenemos mucho que aportar. Y, además, es una hermosa manera de combatir la soledad no deseada, porque nos permite sentirnos acompañados, escuchados y, sobre todo, útiles. Nos hace sentir que formamos parte de un colectivo, de una comunidad que sigue viva y que continúa aportando vida a la sociedad. Así, la Universidad deja de ser solamente un lugar al que se acude a clase. Se convierte en una forma de vivir, de relacionarse, de compartir y de seguir creciendo.
Por eso, cuando veo esas aulas llenas de estudiantes mayores, no veo solamente personas que vienen a aprender. Veo personas que han decidido seguir viviendo con curiosidad, con dignidad y con esperanza. Personas que encuentran nuevos amigos, nuevas ilusiones y nuevos caminos; personas que, lejos de retirarse de la vida, siguen participando activamente en ella. Eso también es empoderamiento: saber que seguimos siendo capaces, que seguimos teniendo mucho que aportar y que nuestra experiencia, nuestros conocimientos y nuestra voluntad de colaborar siguen siendo valiosos. Porque cumplir años no significa dejar de aportar; significa tener una historia más larga que compartir y muchas páginas todavía por escribir. Y quizá ahí esté una de las grandes riquezas de la Universidad para mayores: ayudarnos a sentir que seguimos formando parte de la sociedad, que seguimos siendo necesarios y que, juntos, todavía tenemos mucho que hacer, mucho que aprender y mucho que dar.

La Universidad que abre sus puertas a las personas mayores no solo les ofrece una oportunidad a ellas. También se enriquece con su experiencia, su memoria, su talento y sus ganas de participar. Por eso cada nuevo curso es una celebración. Celebramos el conocimiento, pero también la amistad. Celebramos la cultura, pero también la convivencia. Celebramos los años vividos, pero, sobre todo, todo lo que todavía nos queda por vivir.
Yo tuve la fortuna de cruzar aquella puerta y descubrí que detrás no había solamente aulas y asignaturas. Había amigos. Había proyectos. Había creatividad. Había compromiso. Había ilusión. Había vida. Mucha vida. Y cuando esa vida universitaria se prolonga en ALUMA, descubrimos que todavía podemos aprender, crear, compartir y ser útiles. Por eso sigo creyendo que el Aula Permanente de Formación Abierta y ALUMA son, cada uno desde su lugar, dos maravillosas maneras de decirnos que nunca es tarde para seguir creciendo. Porque la Universidad no termina cuando finalizan las clases.
Cuando se abren sus puertas a las personas mayores, la Universidad abre también sus puertas a la vida. Y eso es, sencillamente,
¡Una explosión de vida!






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