Era sencillo, de lo cual se derivaba que todos en el pueblo lo quisiesen y buscasen su compañía. Con frecuencia, venía a su memoria la frase de Jesús en el Evangelio: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón». Siempre había creído, desde que las escuchó, que en esas palabras se hallaba la clave de la felicidad, pues los hombres que se afanan en conquistar la gloria en este mundo no la acaban encontrando. La felicidad, según él había comprobado a lo largo de los años, está encerrada en lo pequeño, a veces en lo que permanece oculto, sin grandes signos que lo delaten.
Había ejercido el cargo de administrativo en una empresa de productos químicos. En su trabajo, ejecutado con impecable eficiencia, había procurado siempre ponerse al servicio de sus compañeros, a quienes no dudaba en atender cuando acudían a él por algún problema. Por raro que pareciera, no había encontrado una mujer con la que compartir sus días, por lo que se había quedado soltero, sin que tal estado supusiera para él motivo de frustración; si no la había hallado era porque así lo había querido el destino, al cual nunca se oponía.
En sus ratos libres, se había dedicado a realizar obras de caridad, a las que lo movía la fe cristiana que desde siempre había profesado. En el mundo, según decía, había muchas necesidades a las que atender, muchos dolores que mitigar. Era la causa de que estuviese dispuesto a ayudar al prójimo, en especial al que más falta le hiciese. Era una labor en la que no escatimaba esfuerzos, pues estaba convencido de que no había nada más importante que pudiera hacer.
Cuando no estaba sirviendo a los demás, se encontraba anotando en un diario lo que considerase digno de interés, ya que escribir siempre se le había dado muy bien, tal vez porque era algo que había practicado a menudo desde que se colocó de administrativo en la empresa. No escribía con la intención de publicar o de darlo a conocer a otros, sino por el mero placer que le deparaba la escritura, una escritura también sencilla, despojada de alardes expresivos.
Cuando ya se jubiló, reemplazó el diario por las memorias, así que se dio a contar lo más significativo que había sucedido en su vida; era este un ejercicio que le reportó una nueva visión de ella, ya que le permitió recapacitar acerca de los principales logros y desengaños que habían tenido lugar. Se daba cuenta de que el corazón humano alberga motivaciones y tendencias que son las que determinan que se siga una particular trayectoria y que lo que ocurre es por eso mismo inevitable. Él había querido ser honrado y consecuente con sus ideas, sin duda porque era una inclinación con la que había nacido, heredada acaso del padre, a quien se le tenía también por un hombre de parecidas condiciones.
La sencillez era, a decir de la gente, su mayor virtud, aun cuando para conservarla había tenido que esforzarse, ya que siempre había de luchar contra la tentación del envanecimiento, como así sucedía cuando los vecinos lo alababan por las buenas obras que hacía.
Vivía solo en un caserón vetusto, con cuartos destartalados y sombríos, algunos de ellos ya clausurados. La soledad no lo abrumaba, como suele ocurrir en otros casos, pues él se sentía acompañado por sus seres queridos, aunque ya no estuviesen. Se había acostumbrado a ser austero, entre otras cosas porque nunca había albergado grandes aspiraciones; se había conformado, por el contrario, con vivir con lo que tenía, con lo que buenamente le deparaba la suerte.
Cada vez que salía a la calle por algún motivo se veía enseguida rodeado de gente, deseosa de hablar con él, de escuchar sus sabias opiniones. Satisfecho de que sus paisanos lo quisiesen, se ponía en tales momentos a aleccionarlos, a aconsejarles lo que era más conveniente para sus proyectos. A uno que se le acercó un día para referirle el conflicto que mantenía desde hacía tiempo con un vecino, con el que disputaba por un espacio de terreno, le dijo que era mejor que renunciara a sus intereses, pues de esa manera se hallaría más tranquilo, en paz con su propia conciencia y con el prójimo, y a otro que tenía quejas de lo que se murmuraba de él por el pueblo lo persuadió para que perdonara, ya que no conseguía nada con guardar rencor hacia los murmuradores.
La sencillez lo llevaba a sonreír, a ser amable con todos, incluso con aquellos que no lo miraban bien o que se mostraban displicentes o desagradecidos con él. En sus memorias reflexionaba a veces sobre los beneficios que le había reportado actuar de esa manera, aun cuando en ocasiones personas desaprensivas se hubieran aprovechado de su condición bonancible. Escribir, ciertamente, le servía para aclarar idear, para estar más seguro de sus creencias, de la clase de objetivos que perseguía. Lo que el mundo tenía por derrota o por claudicación él lo tomaba por victoria, por una victoria de su espíritu manso y humilde, como era el de Jesús, el Hijo de Dios vivo, quien invitaba a todos los que estaban cansados y agobiados a cargar con su yugo, pues su yugo era llevadero. La humildad es un alivio, ya que uno se desprende de lo que resulta enojoso, de lo que es motivo de cargas y de agobios innecesarios. En sus memorias también recordaba los hechos más importantes que le habían sucedido, vistos desde la perspectiva que concede el tiempo, una perspectiva que es muy diferente de la que se tiene cuando se viven esos hechos, ya que lo que era valioso deja de serlo y lo que apenas contaba se vuelve trascendental al cabo de los años, después de que se hayan acumulado muchas experiencias.
Él, por todo eso, estaba siempre del lado de los sencillos, de los que no se tenían por buenos ni por entendidos. Sentía lástima de los engreídos, de quienes se consideraban superiores al resto, de los que poseían un poder con el que humillaban a otros; ellos eran los verdaderos menesterosos, ya que su engreimiento y sus abusos y su poder eran pasajeros, como es pasajera la vida sobre la tierra.
Tenía muchos amigos en el pueblo, en gran parte debido a los favores que les había hecho, al trato que les había dispensado. Era lo que al final ya casi de sus días más estimaba, el aprecio de la gente a la que había servido, muchas veces sin saberlo, sin haber sido consciente de que le prestaba un importante servicio por el solo motivo de atenderla, de escuchar sus penas.






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