El relato del domingo, por Pedro Ruiz-Cabello (108): La hora del atardecer

A la hora de misa, solía jugar en la plaza de la iglesia con los amigos. Era una plaza amplia con olmos viejos y bancos de piedra; en el centro había un jardincillo rodeado de una verja baja, pintada de verde. Jugaba con ellos al fútbol con una pelota pequeña de plástico; para marcar un gol, había que introducir la pelota por el hueco de los bancos que servían de porterías. Cada lance del juego se vivía con intenso ardor, de modo que era muy difícil reparar en otra cosa que no fuera el partido que se estaba disputando. Era una hora avanzada de la tarde, en la que el sol de la primavera ya declinaba. En las calles había mucha animación; algunos tractores regresaban de los campos con el arado o con algún otro instrumento de la labor, cubiertos de polvo. Reinaba en el pueblo un ambiente campesino, ya que las hazas de la vega se hallaban muy próximas.

Algunas tardes, por la razón que fuera, se interrumpía el partido. En esos momentos no era raro que entrase yo con algún amigo en la iglesia, donde se estaba celebrando a la sazón la misa. Normalmente asistía a ella un grupo nutrido de feligreses, en su mayor parte integrado por mujeres. Nos habían acostumbrado a los niños a respetar los lugares sagrados, sobre todo si en ellos estaba teniendo lugar un acto tan importante como una celebración eucarística. Nos atraía el misterio que se albergaba en el interior de la iglesia, el fervor con el que veíamos a aquellos feligreses seguir la misa. Algunos días nos sentábamos en el último banco y asistíamos con gran respeto también por unos instantes al desarrollo de la eucaristía. A veces, cuando alguien abría la puerta, llegaba a nuestros oídos las voces de los amigos que se habían quedado en la plaza. Por las altas vidrieras del templo penetraba, en haces temblorosos, la luz melada de la tarde. Parecía como si nos halláramos en la antesala del cielo, en la cual residían junto a los ángeles las almas que por sus méritos Dios había escogido para salvarse, para gozar de su presencia eternamente. El mismo misterio que nos atraía, por ser tan desconcertante, era la causa de que no tardáramos demasiado en regresar a la plaza, donde el resto de amigos nos aguardaba para continuar el juego.

El sol de primavera, mientras tanto, había seguido lentamente declinando, hasta que casi sin que nos diéramos cuenta se había quedado parpadeando tras los últimos tejados del pueblo, dejando sobre ellos un reguero de luces de color encarnado. Eran atardeceres de ensueño que habrían de permanecer para siempre grabados en la memoria, aunque entonces no se tuviera conciencia de ello, quizá porque lo que se vive intensamente es algo que solo se valora al cabo de los años, cuando ya es imposible regresar a aquel tiempo.

Después de que salieran los fieles de la iglesia, aún había luz en el pueblo, una luz pálida de ocaso macilento. Con el fin de seguir jugando, a menudo me recluía con alguno de los amigos en el corral de la casa de mis abuelos maternos. Era un corral no muy grande, cercado de tapias altas y de viejos paredones de pajares y graneros. Había al fondo un portón rojo, compuesto de tablas de madera desportillada y de listones gruesos, con un cerrojo enorme de hierro enmohecido. El portón era la meta en la que había que introducir el balón de cuero con el que allí se jugaba al fútbol. La luz escaseaba cada vez más: era ya de un tono violeta después de que el sol se hubiera ocultado; por unos instantes, que ahora en el recuerdo parecen eternos, se quedaba aleteando sobre el corral, sobre la nube de tejados mugrientos que desde él se divisaban, hasta que poco a poco las sombras invasoras que sucedían al crepúsculo la iban difuminando. Era entonces cuando, en medio de aquellas sombras, se dejaba de jugar. La noche, una vez más, imponía su dominio con cuajarones de tiniebla, al cual había que someterse. La vida estaba regulada por ciclos naturales, cada uno de ellos con rasgos nuevos; aquella hora del atardecer en primavera ha dejado en mí una profunda huella: son escenas que no han acabado de pasar, en las cuales me veo otra vez jugando con los amigos en la plaza de la iglesia o en el corral de la casa de mis abuelos, frente a aquel portón enorme de madera astillada en el que se habían de meter los goles. Se me representa aquello como un sueño, como un sueño que vivo con la misma intensidad de antes cuando evoco aquel periodo de la infancia, quizá el más feliz de todos.

Pedro Ruiz-Cabello Fernández

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