El relato del domingo, por Pedro Ruiz-Cabello (109): Regreso

Ahora que estoy tranquilo y que no tengo otra cosa mejor que hacer, reviso momentos de mi vida que me parecen especialmente significativos, de una importancia crucial en el devenir de los hechos que acaecerían después. No sigo un orden en su evocación, ya que se sabe que los recuerdos se presentan en la memoria de forma caprichosa, a veces sin que exista ninguna relación de causalidad entre ellos. Vuelven experiencias que se creían olvidadas; se rememoran con asombrosa fidelidad hechos que ocurrieron en un tiempo lejano, en edades que no se tenían por decisivas. Son momentos puntuales, visiones concretas que la mente recupera, la mayoría de ellas muy gratas, de una placidez inefable, como si se hubiera desechado lo que pudiera resultar enojoso o inquietante. Aunque nada sucede como la primera vez, creo tener la misma sensación de expectación y sorpresa de entonces. Estoy en el cuarto de una casa decrépita que tiene las losetas con los dibujos muy borrosos y el techo muy alto, con una ventana enrejada por la que entra un sol pletórico de verano; me hallo tirado en el suelo, con dos o tres años tal vez, envuelto en la ola de luz radiante que penetra por la ventana y que invade la estancia, a la espera acaso de una llamada, de unas manos que me cojan y me levanten y me recuesten con ternura contra la suave vertiente de un hombro. Me siento protegido por esas manos que me han izado y que me sostienen mientras sigo unos instantes apoyado en el hombro, sabiendo que me encuentro en un lugar seguro, donde no corro ningún peligro. Noto su contacto, la delicada fuerza con que me aprietan, el empuje blando de sus dedos. Es aquel ya un sitio al que estoy familiarizado a pesar de mi corta edad, pues he pasado en él muchos ratos.

En el patio de la casa, al que da la ventana del cuarto, suelo estar por las tardes bastante tiempo jugando. Es un patio estrecho que se halla entre paredes enjalbegadas de cal y una alta tapia por la que trepa la espesa cabellera de una mata de jazmín. Junto a él, hay un jardín pequeño que divide en dos partes de igual tamaño un pasillo empedrado. En el jardín crecen rosales y celindos, rodeados de abundante hierba en algunas épocas del año. En las tardes de primavera y de verano se perciben aromas embriagadores, `por lo que se está muy a gusto. El suelo, pavimentado de toscas baldosas de piedra, es muy rugoso. Tengo seis años, quizá siete. Juego en el suelo con unos vaqueros y unos indios de plástico. A veces llegan voces, procedentes de otros patios o del interior de la casa. Se recorta un pedazo de cielo azul entre los aleros de los tejados y la alta tapia por la que trepa el jazmín. Parece un cielo de retablo. A determinada hora trazan sobre él las golondrinas imprevisibles garabatos: describen con sus vuelos círculos, se elevan hasta una gran altura y descienden, cruzan luego de un lado a otro y casi se atropellan. Asisto a un espectáculo maravilloso que se repite cada tarde y que me deja asombrado. De buena gana permanecería más tiempo en el patio, atento al vuelo alocado de las golondrinas, al devenir lento de la tarde. Se me figura que la vida está contenida en unos instantes, en unos minutos que parece que no van a pasar nunca.

Estoy en el salón de la casa familiar. Fuera está lloviendo; cae una lluvia mansa de otoño que empaña de tristeza la calle, los tejados de enfrente. La luz de una lámpara que cuelga del techo ilumina la estancia, ya que en el exterior reina una penumbra gris. Un velo ceniciento se extiende por el pueblo, difuminando los contornos de las casas, los cerros pedregosos que se alzan al fondo. Todo semeja que es más viejo o que pertenece a una edad anterior, a una época sepultada bajo las frías mantas del tiempo. Las gotas de agua que resbalan por el cristal de la ventana son las notas de un difuso pentagrama; se advierte a veces su repiqueteo insomne en el cristal. La vida se estrecha, se hace menuda en estos momentos de contenida tristeza, de nostalgia dulce.

En el mismo salón, en un día claro de invierno, tengo un libro entre las manos. Lo he cogido de una estantería que hay en otro cuarto. Es un libro antiguo, de pastas de cartón. Se trata de una novela histórica, escrita y publicada en el siglo pasado, según he averiguado ya por las veces en que lo he abierto y hojeado. Hace poco que me he aficionado a leer; acabo de cumplir catorce años. La lectura, que antes me cansaba, ahora es para mí fuente de placer. En el libro, como decía, se narra un periodo histórico, en el cual se sucedieron episodios novelescos, dignos de interés. Está escrito en un estilo desfasado, en el que se advierten los modos y los giros habituales de otra forma de escribir. Predominan en él la narración y los diálogos, aunque no falta tampoco la descripción de los lugares en los que transcurre la acción. Aunque es un estilo anticuado, no deja de resultarme interesante. He leído ya unas cuantas páginas, en las cuales se da inicio a la historia y se presenta de un modo sucinto a los personajes principales. Pertenecen estos a una raza que sería sometida en el país y que se resisten a abandonar sus tierras, las tierras que han heredado de sus mayores y que ellos han seguido cultivando con ahínco; se han establecido lazos de afecto con la raza ahora dominante, con la cual no desean romper. Hay entre ellos jóvenes nobles, a los que los mueven grandes ideales. Como no tengo mucho que estudiar, es probable que continúe la lectura del libro en los próximos días. Tanto amor se me ha despertado por las letras que incluso me ha dado por escribir; son por ahora cosas sencillas, breves apuntes en prosa, a veces con algún destello poético.

El poder de la imaginación es muy grande: uno es capaz de inventar sus propias historias, de crear un mundo ficticio. Los recuerdos forman parte de ese mundo, rescatados de un pasado que parece también imaginario, ya que lo que se recuerda se presenta siempre transformado en la memoria. Nada es igual a como se vivió, a como sucedió realmente. El presente es la materia de lo que después habrá de ser objeto de esa transformación; está en el origen de la creación, en un origen remoto. La persona cambia, evoluciona, aunque en sus pasos está determinada por las inclinaciones que desde el principio tuvo. En muchos casos, se cree que en la niñez está ya prefigurado lo que sucederá a lo largo del tiempo, sobre todo a partir de cierta edad, luego de haber tomado conciencia del mundo, ya que uno empieza a enfrentarse al mundo desde entonces, desde que se reconoce como individuo, como un ser expuesto a los peligros y a las adversidades que comporta la existencia. Empieza también desde entonces a apreciar los placeres que le depara la vida y que compensan esos peligros y adversidades a los que se expone, el dolor que comienza a sentir en determinados momentos.

Los recuerdos se suceden en la mente; son hechos que componen una historia diversa y multiforme, sin que aparentemente existan hilos de continuidad entre ellos. Con frecuencia están asociados a un escenario, a un lugar del pasado, a un rincón de la infancia ya lejana. Los lugares, igual que el tiempo, son importantes, ya que todo ocurrió en un sitio concreto, en el cuarto de una vivienda antigua, en un patio estrecho, en un salón, en un corral cercado de tapias, en una calle, en una plaza. Con todos esos recuerdos, dispersos, agrupados por una voluntad creadora, se va componiendo la historia de una vida. Muchas veces se confunden con otros que se han oído, con sucesos que acaecieron en una época pasada, anterior a la del que escribe, porque lo que les sucedió a otros también forma parte de la memoria individual, igual que los sueños que se han tenido, aun cuando hayan dejado poca huella. Todo lo que se ha vivido o soñado cuenta; nada es trivial o anecdótico; siempre hay un modo de hilvanar las piezas, los retazos de una obra, sea del tipo que sea, porque lo que importa es el hilván, las puntadas que se van dando para crear el conjunto. En el proceso de escritura cada frase es importante, ya que cada frase encierra una idea, supone un paso que se da para poder llegar a la meta. Las palabras son las herramientas básicas de esa tarea: hay palabras que evocan, describen, sugieren, indican, y hay otras palabras que simplemente unen, relacionan, coordinan, establecen diferencias. Depende de la categoría a la que pertenezcan, de la función que realicen o de la intención con que se usen. Nunca se domina por completo la lengua, ya que a veces se incurre en imprecisiones o no se dice lo que se pretendía decir; es algo con lo que uno tiene que conformarse, con las limitaciones que conlleva el empleo de la lengua.

A falta de otra cosa mejor, me he dado a recordar. Me he trasladado, casi sin querer, a otro tiempo, tal vez porque tenía necesidad de sumergirme en el pasado, igual que me sumerjo en los sueños para descansar, para que la mente se relaje con la aparición de imágenes que había almacenadas en ella, en un espacio recóndito, al cual no tiene acceso la razón. Recordar, en gran manera, se parece al acto de soñar, pues también van apareciendo en la memoria instantes que se creían olvidados y que vuelven a ella inopinadamente.

Antonio Arenas

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