Hablar del horror atómico de la II Guerra Mundial es aludir al ser humano y su inmensa capacidad destructiva que aquí, en Nagasaki, lo poco que quedó de la tragedia hace que te hagas muchas preguntas. Nunca obtendrás respuesta a la sinrazón ¿por qué ese constante afán de quitar de en medio al que no piensa, no actúa, no es… como nosotros? ¿Son los individuos o por el contrario son las sociedades las que empujan hacia el abismo? ¿Las ideologías o la envidia, cuando no la manipulación descarada de las masas con un verbo fácil que ofrece el paraíso y, además, gratis? ¿Por qué siempre se quiere más cuando apenas puedes con la carga de tu vida?
Dudas y dudas, pero el horror de la cruda realidad que te encuentras tras haber transcurrido casi tres cuartos de siglo desde aquél fatídico 6 de agosto de 1945 no hace que el mundo sea mejor a pesar de los millones de personas que año tras año transitan por las dos ciudades y sus miles de habitantes que antaño fueron arrasadas gracias al poder destructor que les lanzaran los dos aviones norteamericanos y que, previsiblemente, redujeron la cifra de víctimas mortales de aquella horrorosa contienda que, desde el viejo continente, se expandió por todo el orbe con inusitada rapidez.

Llegar a Nagasaki significa todo eso y más, especialmente en la zona cero y el Parque que hoy guarda la memoria del pasado con un mensaje de paz y esperanza. El Museo, la Iglesia católica de Urakami, el puente de Megami, las antiguas aduanas, el Museo Kolbe, por poner algunas cosas que teníamos al alcance de la mano en la terminal de cruceros que fue la llegada más tranquila y céntrica de todo el periplo, algo que facilita la visita al pasajero que podrá deambular con más tranquilidad en una ciudad renacida con múltiples huellas del doloroso pasado que está presente en todo momento.
La excursión comenzaba en el Memorial Parque de la Paz donde, setenta años después, es posible contemplar el legado de aquellos ingenios humanos que hicieron desparecer a miles de personas… la Cúpula de Gengaku es mudo testimonio de lo que quedó en pie en aquella primigenia tragedia atómica.. La ciudad que resurgió tras el horror, la fénix de las cenizas, alberga casi millón y medio de almas [dos si le añadimos los alrededores] en esta zona deltaica del Ota que, con sus siete brazos, dividen la urbe en seis islas prácticamente conectadas hacia la bahía del Mar Interior de Seto.

Nagasaki la fundó el señor Mori Terumoto en 1589, el país en aquella época estaba dividido entre los reinos feudales que libraban combates dignos de los grandes relatos bélicos que perdurarían hasta la restauración Meiji en el XIX cuando la zona se convierte en un centro urbano y el estatus de ciudad le llega el 1 de abril de 1889, acabó conformando una nueva realidad. Los conflictos feudales fueron una simple picadura de abeja para lo que la joven urbe, apenas un siglo después, padecería. Por si fuera poco, tras el bombardeo, un mes después, lo que quedaba, sufrió las consecuencias de un tifón que le acabaría proporcionando la gran estocada; los pocos supervivientes no se detuvieron y rápidamente recomenzaron, a pesar de las carencias y los terribles dolores, la reconstrucción y hoy, si no fuera por lo que se ha conservado, prácticamente nadie diría que Nagasaki fue una ciudad arrasada.

Es una próspera ciudad de ocho barrios o zonas [siete de ellos fueron creados en 1980] dentro de su área metropolitana que gestiona una red de transporte por superficie sumamente efectiva y con una elevada tasa de calidad si comparamos con lo que estamos acostumbrados en la piel de toro. Muy cerca de la terminal de cruceros tenemos una parada del Hiroden que se fundó el 18 de junio de 1910, tiene una red de ocho líneas y la mayoría concluyen en una o varias estaciones que redistribuyen a los pasajeros. Cuando no se domina el territorio es básico hacerse con unos puntos de referencia y una tarjeta que permita utilizar los medios de transporte en la zona visitante, generalmente cuando haces cuatro viajes has amortizado ese título que todavía te permite, como mínimo, seguir usándolo durante 24 horas [el más básico] un mapa o el GPS del móvil te permitirá ubicarte. Una de las curiosidades de este tipo terrestre de tranvías es que son vehículos con ruedas y en la Estación Oeste se pueden alcanzar las líneas del ferrocarril para los que aún les quedó tiempo para seguir profundizando en su paseo por la región.

La industria automovilística es omnipresente en Nagasaki y el Museo de Mazda Motor Corporation [la marca me recordaba a las viejas bombillas antes de que los led acabaran con ellas porque, decían, éstos eran más económicos: todo es relativo hasta que llega la realidad]. El otro día se fundió uno de los de casa, el problema fue encontrar sustituto, pero tras visitar varios comercios al final en uno de ellos me recomendaron que visitara los almacenes distribuidores del polígono: si no lo encuentras allí, llama al electricista y que te cambie la terminal. Bien, no había, pero consiguieron la referencia del más aproximado, mañana lo tienes aquí y así fue pero de las 100 pesetillas que pagué por la última bombilla pasé a 25 euros por el led de marras. Hagan cuentas y verán el escandaloso progreso que hemos pegado en una generación [sí, es cierto, cambiamos de siglo, cambiamos de moneda] donde lo único perceptible es la constante subida de precios que comenzó con aquella planificada pandemia y no se ha acabado.

Seguiremos el paseo por otros lugares más de Nagasaki, hasta la próxima entrega con el Museo Kolbe y los Jardines Colver próximos desde cuya atalaya puedes contemplar la gran bahía, mientras tanto si alguien va por allá, no deje de probar la tortilla okonomiyaqui, por lo general, los restaurantes muestran las fotos para hacer fácil la selección y en caso de duda bien está llevar el nombre escrito. De todas maneras es fácil reconocerla porque suelen servirla en una plancha caliente frente al comensal.






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