Hubo un tiempo en España en el que la cobertura sanitaria no estaba al alcance de la mayoría de la población. No existía aún lo que podríamos llamar asistencia médica universal, –que, recordémoslo, no sería conquistada hasta la llegada de la democracia–. Unos condicionantes que se veían especialmente agravados en los pueblos pequeños; donde no siempre era posible recibir un tratamiento adecuado –con o sin iguala médica–, especialmente en casos de cierta gravedad. Contando además, como en nuestro caso, con el obligado desplazamiento hasta la capital granadina, que podía convertirse en una odisea de varias horas y hasta de días.
En esos años Cogollos contó, afortunadamente, con una “curandera de huesos” que todavía, pasadas casi seis décadas de ausencia, aún forma parte de la memoria colectiva de muchos vecinos y vecinas. Una señora que, en aquellos tiempos grises de la dictadura franquista, prestó un servicio impagable a varias generaciones de hombres y mujeres de las comarcas del Marquesado del Zenete y del Valle del Río Alhama. Se trataba de Joaquina Valenzuela Cobo, la Tía Joaquina.

Se dice que los pueblos no sólo conservan su historia en el trazado de sus calles, en sus edificios e hitos singulares, en los viejos documentos de sus legajos… también se preserva recreando la memoria de quienes ahí vivieron, sufrieron el desvelo de proteger su identidad y depositaron sus esperanzas en el futuro de sus hijos e hijas. De este modo, en el empeño por recoger y mantener vivos esos recuerdos, hoy dedicaremos estas páginas a la semblanza de una mujer que mucho nos aportó y que muy poco nos pidió a cambio.
Joaquina nació en el municipio del Marchal, el 10 de febrero de 1885. Ella fue la menor de los seis hijos del matrimonio formado por Antonio Valenzuela Fernández y María Ascensión Cobo Castillo. Poco sabemos de su infancia y juventud. Lo más probable es que fueran: breves, anónimas y cargadas de responsabilidades, como en la mayoría de los casos. El 16 de agosto de 1910 se casó en primeras nupcias con Rafael Cobo Huertas, que era natural de Beas de Guadix y “pariente en tercero con cuarto grado de consanguinidad”. Es decir, un parentesco lejano del que, eso sí, habrían obtenido previamente la dispensa papal.

Su marido falleció a consecuencia del cáncer, el 16 de abril de 1933, a la edad de 49 años. Un golpe, prematuro y duro, que la abocaría ante la característica situación delicada y precaria de las mujeres rurales de la época. Por ello, poco tiempo después, el 14 de octubre de 1934, se unió en un segundo enlace con Santiago Molero Peralta, un acomodado labrador que ejercía de juez municipal en Cogollos de Guadix. Los dos eran viudos y ambos solicitaron –y obtuvieron del Obispado de Guadix–la dispensa de la preceptiva publicación “de las tres canónicas amonestaciones, para evitar las habladurías y aún murmuraciones” que imponía la sociedad en un matrimonio entre viudos.
Desconocemos el momento en el que comenzará a ejercer este tipo de “medicina” tan popular como tradicional. Seguramente iniciará su aprendizaje y práctica en su municipio de origen. Después continuará extendiendo su fama y capacidad de resolución desde el pueblo enclavado en los llanos del Zenete, al que trasladaría su residencia tras el casamiento. Lo que sí es seguro es que ella centrará su atención en las fracturas de huesos y los esguinces y luxaciones. Todo ello, como es sabido, aplicando masajes y oportunos movimientos de manos sobre las partes del cuerpo afectadas; unos conocimientos que hoy entrarían dentro del campo de la especialidad de la fisioterapia o incluso de la traumatología.

Así, en reconocimiento generalizado de sus buenas prácticas, quienes acudían angustiados tras la caída o el accidente sufridos, a veces desde lugares remotos y lejanos, se ponían confiadamente en sus manos. Serían infinitos los testimonios que podría traer a colación en recuerdo de la Tía Joaquina. Me voy a detener sólo en dos de ellos. En primer lugar el facilitado por mi amiga Encarna Ratia Muñoz, que siendo niña estuvo sirviendo en su casa de Cogollos y que, tras el fallecimiento del marido, quedó acompañándola hasta su marcha definitiva al Marchal. Ella recordaba las frecuentes visitas y los traslados de emergencia incluso por la noche: como un vecino de Jérez del Marquesado al que trajeron de una grave caída del andamio y que, tras las sucesivas visitas, quedó totalmente sano y recuperado. En otra ocasión le llamó la atención que el médico de la barriada minera de Los Pozos (Alquife), “que se llamaba José María”, trajera a su propio hijo con una rotura de huesos y que ella consiguió curarlo. En la entrevista me confirmó, igualmente, que era muy religiosa y que no cobraba nada por sus “servicios”, aunque recibía continuos agasajos: pollos, dulces y todo tipo de regalos. Para terminar me indicó que el calificativo que mejor la podría definir sería el de “que era una santa”.

Un segundo testimonio, que me gustaría traer a colación aquí, es el de mi compañera Carmen Hernández Montalbán, a quien recurrí para obtener información de archivo y viendo mi curiosidad por el personaje me preguntó quién era la persona por la que mostraba tanto interés. Cuando le indiqué que se trataba de una mujer que había dejado una huella imborrable a la que me resistía a identificar como “curandera o componedora de huesos”. Inmediatamente recordó que sus padres, a la temprana edad de tres años, la llevaron en un taxi desde Exfiliana hasta Cogollos. “Su hermano quería comer del pan recién traído del horno, pero su madre no quería pues al encontrarse todavía caliente luego le dolía la barriga”. Así, según le contaron, en un descuido de la progenitora, “él cogió un trozo y salió corriendo”. Con la mala fortuna de que tropezó con ella y le rompió el brazo. A pesar de todo, aún “recordaba, como en un sueño, a una mujer regordeta con moño, que tenía un altar en la habitación, que rezaba mientras le masajeaba el brazo que a veces le dolía y que su padre le compró un yoyó, seguramente por recomendación suya para ejercitar la extremidad lesionada”. Una magnífica descripción física y una perfecta síntesis de una persona que sigue formando parte del acervo común de todo un amplio contorno de pueblos.

En resumen, una mujer, respetada y querida, que supo llegar al corazón tanto de sus paisanos de adopción como del conjunto de localidades de la comarca accitana y que, por su buen hacer y constante disposición, consiguió despertar las emociones más sentidas y profundas de cuantos la conocieron y visitaron. El 10 de febrero de 1971, curiosamente el mismo día de su 86 cumpleaños, Joaquina Valenzuela Cobo falleció en su pueblo natal. El lugar al que, habiendo quedado nuevamente viuda, habría regresado para pasar, junto con sus sobrinas y familiares, los últimos años de vida.
Un trabajo tan admirable como necesario que en Cogollos aún mantendrá cierta continuidad durante bastantes años más, gracias a la infatigable labor que desarrollaron, seguramente siguiendo sus pasos y maestría, tanto la Rosario de Zambombazo, primero, como la Presentación de Catejo, después. Una experiencia siempre traumática y difícil por la que también pasó quien escribe estas líneas dedicadas a la Tía Joaquina y al inmenso legado de generosidad y entrega a los demás que nos dejó. Y que, como he podido comprobar, en este caso nunca quedaron relegados en el olvido.






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