Hay cosas que no aparecen en ninguna evaluación inicial.
No hay una casilla que indique quién necesita unos minutos antes de empezar a hablar. Tampoco una pregunta que nos diga quién tiene miedo a equivocarse, quién necesita sentirse reconocido, quién se preocupa demasiado cuando algo no le sale bien o quién utiliza el humor para esconder su inseguridad.
Y, sin embargo, probablemente sean algunas de las informaciones más importantes que un maestro puede conocer al comenzar el curso.
Septiembre está lleno de evaluaciones iniciales, pruebas, registros y recogidas de información. Necesitamos saber desde dónde parte nuestro alumnado, qué recuerda del curso anterior, qué dificultades presenta o qué aprendizajes debemos reforzar.
Todo eso es necesario.
Pero mientras nosotros evaluamos, ocurre otra evaluación mucho más interesante.
Ellos también nos están evaluando a nosotros.
Desde el primer minuto.
Quieren saber si somos estrictos.
Si mandamos muchos deberes.
Si dejamos hablar.
Si hacemos juegos.
Si castigamos.
Si pueden levantarse.
Si podrán ir al baño.
Y, probablemente, una de las cuestiones que más les preocupa aunque jamás aparezca formulada de esta manera:
“¿Voy a estar bien aquí?”
Por eso los primeros días de clase son mucho más importantes de lo que parecen.
Un maestro entra en septiembre con una lista de nombres.
Unas semanas después ya no tiene una lista.
Tiene un grupo.
Y entre una cosa y otra ocurre uno de los procesos más bonitos de nuestra profesión: empezar a conocerlos.
Al principio hay pistas.
Está quien levanta la mano para absolutamente todo.
—¿Quién sabe la respuesta?
Su mano ya está arriba.
—¿Quién quiere repartir?
La misma mano.
—¿Quién…?
Otra vez.
Probablemente, si preguntáramos quién quiere acompañarnos a hacer la declaración de la renta, también se ofrecería.
Y luego está justo el contrario.
El que sabe la respuesta pero intenta desesperadamente no cruzar la mirada con el maestro por miedo a que le pregunte.
También descubrimos rápidamente quién ha venido dispuesto a ejercer de portavoz oficial de la clase.
“Profe, es que nosotros el año pasado…”
Y procede a explicarnos detalladamente las normas, costumbres y tradiciones del grupo como si acabáramos de incorporarnos a una civilización con varios siglos de historia.
En pocos días también sabemos quién pierde el lápiz.
Siempre.
Hay niños capaces de perder tres lápices durante una mañana sin haberse movido de su mesa.
La investigación educativa todavía no ha conseguido determinar dónde van esos lápices.
Pero entre todas esas pequeñas anécdotas empiezan a aparecer cosas mucho más importantes.
Descubrimos al niño que borra una palabra cinco veces porque necesita que todo sea perfecto.
Al que termina rápido porque realmente lo ha entendido.
Y al que termina rápido simplemente porque quiere terminar.
Al que pregunta constantemente para asegurarse de que lo está haciendo bien.
Al que jamás pregunta aunque no haya entendido nada.
Al que necesita movimiento.
Al que necesita silencio.
Al que necesita tiempo.
Y entonces comprendemos algo fundamental: tener veinte alumnos delante no significa tener veinte versiones de un mismo niño.
Significa tener veinte historias diferentes.
Cada uno llega al aula con una mochila que no compramos en septiembre.
En ella hay experiencias anteriores, inseguridades, fortalezas, expectativas, situaciones familiares, amistades, dificultades, capacidades y formas distintas de relacionarse con el aprendizaje.
Algunas mochilas pesan poco.
Otras pesan bastante más de lo que debería cargar un niño.
Y no siempre podemos verlo desde fuera.
Por eso observar es una de las tareas más importantes de las primeras semanas.
Observar quién busca constantemente nuestra aprobación.
Quién evita leer en voz alta.
Quién se pone nervioso cuando corregimos.
Quién ayuda a los demás.
Quién siempre se queda el último cuando hay que formar parejas.
Quién tiene facilidad para hacer amigos.
Y quién mira alrededor esperando que alguien lo elija.
Porque podemos obtener mucha información preguntando cuánto saben de Matemáticas.
Pero también obtenemos información valiosísima diciendo simplemente:
“Poneos por parejas”.
En unos segundos aparece delante de nosotros un pequeño mapa social del aula.
Y conviene mirarlo.
También deberíamos prestar especial atención a quienes no llaman la atención.
En educación es fácil detectar al alumno que interrumpe constantemente, al que tiene dificultades académicas evidentes o al que genera algún conflicto.
Nos obliga a mirarlo.
Pero existen otros alumnos que pueden pasar semanas enteras sin reclamar nuestra atención.
Trabajan.
Cumplen.
No molestan.
No preguntan demasiado.
Parece que todo va bien.
Y precisamente por eso corremos el riesgo de no verlos.
A veces, el niño que más necesita que le preguntemos cómo está es precisamente aquel que nunca nos da ningún motivo aparente para hacerlo.
Conocer a nuestros alumnos también implica descubrir cómo aprenden.
Hay quien necesita escuchar una explicación.
Quien necesita verla.
Quien necesita tocar, probar y equivocarse.
Quien comprende inmediatamente una idea pero necesita más tiempo para expresarla.
Quien sabe muchísimo de dinosaurios, fútbol, planetas, animales o videojuegos y todavía no ha encontrado la oportunidad de demostrar todo lo que sabe.
Cuando descubrimos esas pequeñas puertas de entrada, enseñar se vuelve mucho más sencillo.
Porque conectar con los intereses de un alumno puede cambiar completamente su relación con el aprendizaje.
Y para eso hace falta algo que escasea bastante en septiembre: tiempo.
Tenemos prisa.
El currículo espera.
Los libros tienen muchas páginas.
Las programaciones tienen temporalizaciones perfectamente distribuidas.
Septiembre, octubre, noviembre…
Todo parece decirnos que debemos empezar cuanto antes.
Pero quizá empezar no signifique abrir el libro por la página uno.
Quizá empezar sea aprender los nombres.
Escuchar.
Observar.
Hablar.
Construir normas juntos.
Descubrir qué les interesa.
Permitir que se conozcan.
Crear un lugar en el que equivocarse no sea motivo de vergüenza.
Porque difícilmente podremos enseñar bien a alguien a quien todavía no conocemos.
Con el paso de los días sucede algo precioso.
Comenzamos a anticiparnos.
Sabemos quién necesitará que nos acerquemos antes de empezar una actividad.
A quién podemos plantearle un reto mayor.
Quién necesita unos segundos más antes de responder.
Quién agradecerá que le digamos algo en privado en lugar de delante del grupo.
Y quién necesita escuchar:
“Inténtalo. Yo sé que puedes”.
Entonces la enseñanza deja de ser únicamente transmitir contenidos.
Se convierte en acompañar.
Llegará junio y conoceremos muchísimo más de ellos.
Sabremos quién canta durante las excursiones, quién pregunta cuánto falta, cuando el autobús acaba de salir, quién siempre comparte el almuerzo, quién se emociona con una historia y quién consigue hacernos reír incluso el día más complicado.
Pero todo empieza ahora.
En esos primeros días aparentemente caóticos de septiembre.
Entre libros nuevos, nombres que todavía confundimos y horarios que estamos intentando memorizar.
Por eso quizá la evaluación inicial más importante no sea la que hacemos sobre un papel.
Quizá sea aquella que hacemos mirando.
Escuchando.
Preguntando.
Y estando atentos a lo que no siempre se dice.
Porque antes de preguntarnos qué tenemos que enseñar este curso, deberíamos hacernos otra pregunta:
¿A quién vamos a enseñar?
Los contenidos llegarán.
Las unidades avanzarán.
Los cuadernos se llenarán.
Pero hay algo que ningún maestro debería tener prisa por saltarse.
Conocer a la persona que se sienta detrás de cada pupitre.
Porque cuando un alumno siente que su maestro lo conoce, lo escucha y espera algo bueno de él, sucede algo extraordinario:
empieza a creer que quizá él también puede esperar algo bueno de sí mismo.






Deja una respuesta