John Stuart Mill y su esposa Harriet

Los ‘grandes libros’ del pensamiento político. John Stuart Mill: Sobre la libertad (2/3)

II. SOBRE LA LIBERTAD

La obra Sobre la Libertad (On Liberty) fue publicada en 1859, unos meses después de la muerte de su esposa Harriet. En su famosa Autobiografía refiere que él y su mujer habían tenido la intención de revisar juntos la obra y que, una vez muerta ella, no quiso alterar cosa alguna de aquel escrito, que habían redactado en colaboración y que era, según dice, «más directa y literalmente nuestra producción conjunta que cualquier otra de las obras que llevan mi nombre, pues no había en ella ni una sola sentencia que no la hubiésemos sopesado los dos varias veces».

J. Stuart Mill trata de destacar en esta obra el nuevo aspecto adquirido en el siglo XIX por «la libertad social o civil, es decir, la naturaleza y los límites del poder que puede ser legítimamente ejercido por la sociedad sobre el individuo… cuestión que probablemente será pronto tenida como la más vital para el futuro. Este es un problema que no tiene nada de nuevo… y en cierto sentido ha dividido a la humanidad desde los tiempos más remotos. Pero se presenta bajo formas nuevas en la era del progreso en que los grupos más civilizados de la especie humana han entrado ya».

Antes que el propio Mill, Guillermo de Humboldt, en El Estado y sus límites (1792), y Benjamin Constant habían distinguido también la libertad moderna de la libertad antigua. Algunos años antes de la publicación de este libro, J. S. Mill se había enterado de que padecía la misma enfermedad que aquejaba a su mujer: la tisis. De pronto, comprendieron ambos esposos que ya no estarían mucho tiempo juntos, y así se les hizo urgente confiar al papel la mayor cantidad posible de ideas que durante largos años habían venido comunicándose y discutiendo. Las más destacadas entre ellas eran las relativas a la libertad. El año anterior había escrito Stuart Mill un artículo sobre la libertad y ahora anhelaba ampliarlo con la colaboración de Harriet y darle forma de libro. Estaba convencido de que una obra así hacía mucha falta. La libertad venía siendo atacada intermitentemente desde mucho tiempo atrás por algunos grupos conservadores. Pero a Mill los ataques directos a la libertad no le parecían, ni mucho menos, el mayor peligro contra ella. Bastante peor era la lenta labor de zapa que respecto a la misma iban haciendo, en gran parte indeliberadamente, los moralistas y los reformadores políticos: «Casi todos los proyectos de los reformadores sociales de hoy, le escribe Mill a su esposa, son en realidad liberticidas«.

Detalle del retrato de Alexis de Tocqueville, por Théodore Chassériau

Como todos los grandes escritos sobre política Sobre la Libertad fue una respuesta a un peligro del que le había alertado, años antes, Alexis de Tocqueville con su gran obra La democracia en América. Tocqueville no era contrario al auge de la democracia en la sociedad, y en todo caso lo consideraba inevitable; pero descubría en ella ciertas tendencias peligrosas, cuya naturaleza se compendia en su designación de «la tiránica mayoría». El pensador francés se refería, primordialmente, no a las leyes «democráticas» ni a otras medidas políticas de tendencia abierta y deliberadamente antiliberal, sino a una especie más sutil de tiranía: la que ejerce cierto «ethos» popular sobre las creencias personales. Reseñando Mill su libro en la Edinburgh Rewiew, escribió que estaba de acuerdo con Tocqueville en que la clase de tiranía que hoy es más de temer «no es la que se ejerza sobre los cuerpos, sino sobre las mentes«. Mill llegó a afirmar que las peligrosas tendencias que Tocqueville había observado en la democrática Norteamérica se estaban dando también ya hasta en Inglaterra, cuyo sistema social, totalmente clasista, estaba muy lejos de ser democrático.

«Sobre la libertad» aborda en sus primeras páginas el tema de Tocqueville. Comienza con un himno al individuo, con una denuncia más vigorosa que original de los sistemas que instauran el despotismo de la sociedad o la tiranía de la mayoría. Reitera Mill que «la tiranía de la mayoría» no debía concebirse como algo que operase principalmente a través de los actos de las autoridades públicas: una sociedad democrática puede ejercer «una tiranía social más terrible que muchas políticas opresoras, puesto que, si bien no la acompañan penas tan rigurosas, deja en cambio menos escapes, penetra más profundamente en los detalles de la vida cotidiana y esclaviza a la misma mente».

La obra se gesta en un contexto social dominado por el «ethos» victoriano, en un clima de represión ideológico‑moral verdaderamente opresiva. Mc Callum ha descrito muy bien esa atmósfera moral victoriana, en su Introducción a la edición de «On Liberty«, Oxford (1946), con estos tonos:

«Si un joven de nuestros días se hallase trasladado de repente en el tiempo a los años mil ochocientos sesenta, siempre y cuando contara con alguna abundancia de medios económicos se asombraría de lo fácil que era entonces la vida y de las insignificantes exigencias del Estado respecto a su bolsillo, de lo leve de los impuestos… Se vería libre de pasaportes, formalidades, licencias, regulaciones. Por otra parte, en muchas cosas de su vida privada e intelectual, como sus asuntos amorosos, sus opiniones en materias religiosas, científicas o sexuales, se hallaría coartado por una estricta ortodoxia y tendría que medir todas sus palabras y sus acciones con un cuidado que probablemente le parecería insoportable».

Stuart Mill concedía que el poderoso «ethos» victoriano, «nuestra intolerancia meramente social» como él lo llamaba, influía de un modo pacífico y relativamente, sin infligir dolorosas penas, produciendo sus efectos no por los desagradables procedimientos de desterrar, encarcelar o matar a las personas. Hasta les era posible a los «disconformes que padecían la enfermedad de pensar» ejercitar su capacidad discursiva, por lo menos en privado y con tal de que ocultaran al público sus opiniones más heterodoxas. Era éste «un plan apropiado para mantener la paz en el mundo intelectual y hacer que todo siga marchando como hasta aquí. Pero el precio que se paga por tal especie de pacificación intelectual es el sacrificio de todo el impulso moral del espíritu humano».

Semejante «sojuzgamiento de la opinión» había llegado a ser, según J. S. Mill, un yugo tan pesado que, en realidad, sus contemporáneos sólo podían pensar y actuar con independencia y energía en el comercio y en la industria. Mill predijo que cuando las mayorías democráticas hubiesen adquirido conciencia de su fuerza se verían tentadas a emplearla con exceso, de manera que la libertad civil sería tan estorbada por la acción de los gobiernos como lo había sido la libertad social por la opinión de la sociedad. Pues bien, como decíamos, este será el peligro que Mill tratará de atajar y combatir con su libro «On Liberty«. J. S. Mill declaraba que no invocaría ningún derecho natural a la libertad como fundamento de su doctrina: «Renuncio a cualquier ventaja que para mi argumentación pueda derivarse de la idea abstracta de lo recto, por considerarla cosa aparte de la utilidad. Estimo que la utilidad tiene, en las cuestiones éticas, la última palabra».

Su padre, James Mill, había sido discípulo de Bentham y hombre rectísimo; y Bentham fue el fundador de la escuela Utilitarista inglesa. James Mill había dirigido personalmente la primera educación de su hijo. (Este describe su extraordinario curriculum en las primeras páginas de la Autobiografía). Así que el joven John Stuart había sido formado completamente según las doctrinas utilitaristas, cuya idea central es la de que todas las cosas deben juzgarse mirando si tienden o no a promover la mayor felicidad del mayor número posible de gente.

No obstante, en su juventud, J. S. Mill, tras una fuerte crisis emocional, empezó a sentir que aquel principio era bastante pobre y que había que complementarlo con otros más satisfactorios desde puntos de vista más complejos que el meramente intelectual. Pero oficialmente nunca abandonó el principio de la libertad. Sin embargo, en su libro Sobre la libertad el principio que toma por base directa y principal es otro muy distinto, formulado por él en este pasaje:

«En este ensayo se trata de asentar un principio sencillísimo, por el que deben regirse absolutamente todas las relaciones de la sociedad con el individuo cuya forma sea la obligación y el control, ya consistan éstos en el uso de la fuerza física…, ya en la coerción moral de la opinión pública. Tal principio es que el único fin para el que los hombres están autorizados a interferirse en la libertad de acción de alguno de sus semejantes es el de la autoprotección. Que el único motivo por el cual puede ejercerse justificadamente el poder sobre algún miembro de una comunidad civilizada y contra la voluntad de ese miembro es el de evitar que dañe a otros. Su propio bien, físico o moral, no es razón suficiente para ello».

Principio sencillísimo: El único motivo por el cual puede ejercerse justificadamente el poder sobre algún miembro de una comunidad civilizada y contra la voluntad de ese miembro es el de evitar que dañe a otros

Este «principio sencillísimo» no sólo parece diferir del principio fundamental del utilitarismo, sino que hasta se diría que le es del todo contrario; porque el utilitarismo puede obligarnos a intervenir en situaciones en las cuales este «principio sencillísimo» que aquí propone Mill nos vedaría cualquier intervención. Pongamos un ejemplo moderno: Si de algún modo relativamente poco penoso se pudiera impedir que la gente que todavía no ha contraído el hábito de fumar lo contrajese, entonces (y supuesto que haya efectivamente una conexión causal entre el fumar y el cáncer de pulmón) lo mejor, según el utilitarismo, sería impedirle a la gente el fumar, puesto que así se eliminarían más penas que la que implicaría el mismo impedírselo.

Conforme, en cambio, con este otro principio de J. S. Mill, no sería, probablemente, justo: la sociedad se inmiscuiría así en la conducta de la gente para procurar el provecho de ésta, y no para impedir que en su seno dañasen unos individuos a otros. Claro que se podrá objetar que muchos de los que contraen cáncer de pulmón hacen sufrir también con él a otros —sus amigos, parientes —; por lo cual, el «principio sencillísimo» de Mill no veda necesariamente a la sociedad el intervenir aquí, y no con miras a procurar el bien de los que de suyo preferirían fumar, sino para impedirles causar a los demás unos sufrimientos evitables.

Esta objeción da en un punto flaco del principio del pensador inglés. Arguye, a veces, como si el adherirse a su principio no sólo fuera a reportarle a la sociedad importantes beneficios, sino que no «le fuese a costar nada» (excepto los disgustos de los entrometidos que ya no podrían dedicarse a intervenir en la vida privada de los demás). Con frecuencia escribe como si pensara que las únicas acciones en las que la sociedad no puede interferirse fuesen las que no le afectan a la sociedad en modo alguno o sólo en proporción despreciable. Solamente las acciones que le incumben al propio individuo, las que afectan nada más al agente que las realiza, son —según parece afirmar Mill a menudo — las que no deben sufrir impedimento ni intromisión alguna por parte de la sociedad.

ÍNDICE DE ESTA SERIE

2 SOBRE LA LIBERTAD

3 LA LIBERTAD Y SU JUSTIFICACIÓN

Tomás Moreno Fernández

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Comentarios

2 respuestas a «Los ‘grandes libros’ del pensamiento político. John Stuart Mill: Sobre la libertad (2/3)»

  1. Salvador Fernandez

    Muy oportuno en estos tiempos.
    Gracias

    1. Tomás Moreno Fernández

      También lo creo yo, amigo Salvador. Muchas gracias

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