Aquel inolvidable tranvía forma parte también de mis recuerdos más entrañables. En sus viejos vagones viajamos muchas veces camino de nuestras aventuras por la sierra. Nos llevó y nos trajo de tantas excursiones que aún hoy, al recordarlo, parece que vuelvo a escuchar el traqueteo de sus ruedas sobre los raíles.
Con él iniciamos caminatas por lugares que entonces eran para nosotros sinónimo de libertad y aventura: la Vereda de la Estrella, la Vereda de las Ánimas, el Barranco de San Juan y tantos otros caminos de nuestra querida Sierra Nevada. También nos sirvió para regresar, cansados pero felices, después de haber coronado el pico del Veleta o visitado la Laguna de las Yeguas, adonde habíamos subido la noche anterior (noche de luna llena) por el Camino de los Neveros.

Y muchos domingos, especialmente durante los veranos, aquel tranvía se convertía simplemente en el vehículo que llevaba al Charcón a nuestra pandilla de amigos y amigas. Allí pasábamos el día entre baños en las frías aguas del río, risas, juegos y conversaciones interminables.

Con frecuencia, no faltaba tampoco el arroz, que cocinábamos en el mismo cauce, encendiendo un fuego junto al río, algo que entonces era habitual y permitido, aunque hoy nos resulte impensable. Aquel tranvía no era solamente un medio de transporte. Para nosotros era el comienzo de cada aventura, la puerta que se abría hacia la montaña, la amistad y la libertad de aquellos años.

También viajábamos en invierno, y fue precisamente en una de aquellas inolvidables excursiones invernales cuando vivimos una aventura que aún permanece viva en mi memoria. Al llegar a Pinos Genil comenzó a nevar suavemente. Pero, una vez dejamos atrás la estación, la nevada fue intensificándose poco a poco hasta convertirse en una auténtica tormenta de nieve. El tranvía tuvo que reducir considerablemente su marcha, avanzando con dificultad por aquel paisaje que iba quedando completamente cubierto de blanco.

En un momento determinado, una pequeña terrera de piedras y nieve cayó sobre la vía, impidiendo el paso del tranvía. Entonces, el tranviario, que parecía estar acostumbrado a aquellas dificultades de la montaña, sacó unas palas que llevaba preparadas y nos dijo a los jóvenes que, si queríamos continuar el viaje, tendríamos que bajarnos y ayudar a despejar las vías. Y así lo hicimos.
Bajamos del tranvía y, entre risas, bromas y el entusiasmo propio de nuestra juventud, comenzamos a retirar la nieve y las piedras que obstaculizaban el camino. Aquella escena se repitió varias veces a lo largo del recorrido, hasta que finalmente llegamos a la estación de Güéjar Sierra, donde el tranvía dio por terminado aquel día su trayecto.
Pero nuestra aventura no había terminado. Decidimos continuar a pie por la ladera de Haza Llanas hasta llegar a las obras del Hotel Santa Cruz, que por aquellos años apenas tenía levantada la estructura de su primera planta. Allí encontramos refugio durante algún tiempo para protegernos de la intensa nevada.

Después, cuando la tormenta nos lo permitió, reanudamos la marcha y emprendimos el regreso hacia Granada por la carretera. Aquel día, más que un simple viaje en el tranvía de Sierra Nevada, vivimos una auténtica aventura. Una de esas experiencias que, con el paso de los años, se agrandan en el recuerdo y permanecen para siempre unidas a la juventud, a la amistad y a aquellos inolvidables caminos de nuestra querida Sierra Nevada.
Pero de entre todos aquellos viajes hay uno que permanece especialmente grabado en mi memoria. Fue el último que realizamos en aquel entrañable y desaparecido transporte, y en él vivimos una aventura que hoy quiero compartir.
En el verano de 1973, un grupo de amigos quedamos para pasar el día en el río Genil, en la confluencia con el barranco de San Juan, uno de aquellos rincones privilegiados donde tantos granadinos disfrutábamos de la naturaleza cuando llegaban los meses de calor.
A primera hora de la mañana nos acercamos a la estación del tranvía, situada al final del Paseo de la Bomba, para tomar el convoy que nos llevaría hasta la estación del Charcón. Desde allí emprendimos el camino a pie hasta nuestro destino. Aquellas excursiones eran una prolongación de nuestra amistad y siempre estaban llenas de risas, bromas y buenos momentos. Pasamos el día bañándonos en las frías y cristalinas aguas del barranco de San Juan. Había una gran poza que nosotros mismos llenábamos de plantas aromáticas para que el baño resultara aún más agradable. Eran pequeñas costumbres que hoy pueden parecer ingenuas, pero que entonces formaban parte de la magia de aquellas jornadas.

Como era habitual en las salidas campestres de la época, la comida era sencilla, pero abundante y deliciosa: carne empanada, tortilla de patatas, croquetas, frutos secos y una espléndida sandía que habíamos dejado toda la mañana sumergida en el agua helada del río. Cuando llegó la hora de comer, aquella sandía nos supo a gloria. Fueron horas de conversación, paseos, baños y despreocupación, de esas que solo se viven plenamente cuando se es joven.
Al caer la tarde regresamos a la estación del Charcón para tomar el último tranvía con destino a Granada. La estación estaba abarrotada de familias con niños, excursionistas y vecinos que regresaban de pasar el día en la sierra. Cuando llegó el tranvía, se llenó por completo antes incluso de iniciar la marcha.

En la estación de Maitena subieron todavía más viajeros y, en Güéjar Sierra, volvió a incorporarse otro buen número de personas. Entre ellas recuerdo especialmente a un hombre que llevaba dos grandes cestas de mimbre y que, con enorme esfuerzo, consiguió introducirlas en el ya abarrotado tranvía. Hay que tener en cuenta que el último servicio del día tenía la costumbre de no dejar a nadie en tierra, por lo que el vehículo iba mucho más lleno de lo aconsejable.
Dentro apenas podíamos movernos. Resultaba imposible dar un paso o levantar un brazo sin tropezar con alguien. Aun así, el viaje transcurría con normalidad hasta que, entre Güéjar Sierra y Pinos Genil, el tranvía se detuvo bruscamente. El frenazo hizo que unos pasajeros cayeran sobre otros y, en medio del desconcierto, de una de aquellas cestas escapó una gallina que comenzó a revolotear sobre nuestras cabezas, provocando un alboroto monumental.

La situación no podía ser peor. El tranvía había quedado detenido sobre un puente alto y estrecho —no recuerdo si era el de las Veguetas o el del Blanquillo—, de modo que nadie podía bajar del vehículo.
El conductor nos informó de que se había producido una avería en la catenaria. Al parecer, uno de los cables se había soltado de un anclaje y era necesario repararlo antes de continuar. Con una serenidad admirable, subió al techo del tranvía para comprobar los daños y después descendió por la parte delantera. Caminó por la vía hasta Pinos Genil para cortar el suministro eléctrico, regresó andando al tranvía, realizó la reparación y volvió de nuevo a Pinos para restablecer la corriente antes de regresar, una vez más, al puesto de conducción.

Explicado así parece una operación rápida, pero la realidad fue muy distinta. Aquella reparación duró cerca de tres horas que, para los pasajeros, se hicieron interminables.
¿Y qué ocurría mientras tanto dentro de aquel tranvía convertido en una auténtica jaula?
La tensión iba aumentando por momentos. Un bebé sufrió un fuerte episodio de diarrea y el olor se hizo insoportable. Como si aquello fuera poco, un hombre completamente borracho no dejaba de gritar que todos íbamos a morir, que respiráramos despacio porque el oxígeno se estaba acabando. Una mujer le respondía a voces: «¡Cállate, borracho!». Dos mujeres lloraban desconsoladamente, presa de los nervios. Los chiquillos, incapaces de estarse quietos, aumentaban todavía más el desconcierto. Cada pequeño movimiento hacía que el tranvía se balanceara ligeramente sobre el puente, incrementando el miedo de muchos viajeros. Las gallinas tampoco ayudaban: cacareaban dentro de las cestas y contribuían, junto con los demás olores, a crear un ambiente irrespirable.

A medida que pasaban los minutos, el miedo era cada vez más evidente. Estábamos hacinados en un espacio mínimo, sin poder movernos, atrapados sobre un puente y sin saber cuánto tiempo tardaría en resolverse la avería. Era una situación difícil de imaginar para quien no la vivió. Aquel tranvía parecía haberse convertido, por unas horas, en una auténtica jaula de locos.
Finalmente, la avería quedó reparada y el tranvía reanudó la marcha. Llegamos a Granada ya de noche, cansados, agotados y con una inmensa sensación de alivio al volver a pisar tierra firme.
No podía haber un final más apropiado para mi historia con el tranvía de Sierra Nevada: un viaje lleno de sobresaltos que acabó convirtiéndose en uno de los recuerdos más vivos de mi juventud. El tranvía desapareció hace muchos años, pero quienes tuvimos la fortuna de viajar en él seguimos conservándolo intacto en la memoria, como parte inseparable de una
Granada que ya no existe y de una forma de vivir que nunca olvidaremos. Porque el tranvía de Sierra Nevada fue mucho más que un medio de transporte: era una puerta abierta a la naturaleza, al silencio de las cumbres, una luminosa escapada de la vida cotidiana y, en aquellos años de dictadura, una pequeña vía de escape frente a una realidad que a menudo resultaba asfixiante.
Por eso su ausencia sigue doliendo, no solo como la pérdida de un símbolo entrañable, sino también como la de una forma de entender la vida y de un tiempo que permanece para siempre en la memoria de quienes tuvimos la suerte de vivirlo.
Verano 2026






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