Memorias de una romería, de un barrio y de una Granada que aún forma parte de mi vida
Llega septiembre y, con él, una de las fiestas más queridas y tradicionales del Albayzín: la romería de San Miguel Arcángel. Y cada vez que el calendario anuncia la llegada de este mes, regresan a mi memoria los recuerdos de aquellos años juveniles en los que la subida a San Miguel Alto era mucho más que una celebración religiosa: era una auténtica fiesta del barrio, una jornada de encuentro, alegría y convivencia que reunía a generaciones enteras de albaicineros y granadinos.
Allá por finales de los años cincuenta, unos días antes de la celebración de la romería, comenzaban los preparativos. Durante varias jornadas, empleados municipales acondicionaban la calle Fajalauza y el Camino Viejo del Fargue. Rellenaban los baches y nivelaban el terreno con restos de cerámica de Fajalauza y arena, que después compactaban pacientemente a golpe de pisón manual.

Hasta entonces, aquellas calles no eran más que caminos de tierra, sin asfaltar, que las lluvias iban modelando a su antojo. Cada vez que caía una buena tormenta, el agua bajaba con una fuerza impresionante por aquellas empinadas cuestas, abriendo surcos y convirtiéndolas en auténticas torrenteras. Todo lo que el agua encontraba a su paso era arrastrado cuesta abajo hasta desembocar en la zona del Triunfo y la calle San Juan de Dios, donde el agua terminaba extendiendo una gran cantidad de barro y piedras, convirtiendo buena parte de aquel lugar en un auténtico lodazal.

Era algo que sucedía siempre que la lluvia descargaba con fuerza sobre Granada. Por eso, una vez al año, coincidiendo con la romería de San Miguel, aquellos caminos se arreglaban y nivelaban cuidadosamente para que las carretas pudieran realizar su ascenso hasta la ermita. Pero aquellos arreglos eran provisionales. Bastaba una nueva tormenta para que el agua volviera a recuperar sus antiguos caminos y aquellas calles de tierra regresaran a su condición natural de torrenteras. El paisaje de aquella zona era entonces muy diferente al que conocemos hoy.
Al comienzo del Camino Viejo del Fargue, una vez dejado atrás el viejo fielato de madera, donde se controlaba la entrada de mercancías a Granada por este camino, se levantaba a la derecha un cerro que nosotros conocíamos por el Carambuco. En su cumbre, rodeado por un gran foso de tierra, se encontraba un polvorín custodiado por un pequeño destacamento militar. En la explanada que había delante de aquellas instalaciones, los chaveas del barrio jugábamos al fútbol o echábamos nuestras particulares «guerrillas» con los muchachos de la calle San Luis.
Más allá de aquella explanada se abría un barranco antes de llegar al cerro del Aceituno. Allí, en unos covarrones de condiciones muy precarias, vivían familias todavía más humildes que las nuestras. Era otro mundo, otro paisaje y otra Granada que hoy apenas existe ya, salvo en el recuerdo de quienes tuvimos la suerte de conocerla. Años más tarde desaparecieron el Carambuco y el viejo polvorín, que ya llevaba algún tiempo abandonado. Desde allí hasta los pinos de Cerro Gordo comenzaron a excavar y a transformar completamente el terreno. En la parte alta de aquel espacio, cerca del camino que conduce desde la ermita de San Miguel hasta las Peñuelas, los cortes de tierra dejaron al descubierto numerosas tumbas de época islámica.

No sé si las autoridades llegaron a conocer la existencia de aquellos enterramientos, pero nosotros, los críos del barrio, jugamos muchas veces por aquellos lugares sin ser conscientes de que bajo nuestros pies dormían siglos de historia. Toda aquella enorme cantidad de tierra extraída del cerro, junto con aquellos restos medievales que aparecieron durante las excavaciones, acabó, según siempre se nos contó, bajo las pistas del aeropuerto de Granada. Hoy, sobre aquellos terrenos donde estuvo el Carambuco y el polvorín, se levanta la urbanización Cármenes de San Miguel.

Pero, como suele ocurrirme cuando comienzo a recordar aquellos años, me he desviado un poco del camino. Aunque quizá no esté de más dejar aquí constancia de todo aquello, porque estoy seguro de que muchos de los actuales habitantes de la zona desconocen qué hubo allí antes de que sus casas ocuparan aquel paisaje.
El día grande de San Miguel
El 29 de septiembre, siempre que no coincidiera con domingo —pues el último domingo de septiembre procesiona la Virgen de las Angustias, patrona de Granada, y ambos acontecimientos resultaban incompatibles—, desde primeras horas de la mañana el Albayzín respiraba un aire especial. Era día de romería.

Después de la misa en la iglesia del Salvador, comenzaba la comitiva. Al frente marchaba la Guardia Municipal, con sus miembros vestidos de gala y montados a caballo. Detrás iban las carretas adornadas con flores, farolillos y papeles de colores, llenas de muchachas vestidas de gitana que cantaban y reían alegremente. En una de aquellas carretas viajaba la imagen original de San Miguel Arcángel, que previamente había sido bajada desde su ermita hasta el Salvador. La imagen era escoltada por una pareja de la Guardia Civil a caballo. Junto a ella, romeros y romeras a lomos de sus caballos, o en borriquillos, familias enteras, jóvenes, mayores, niños y niñas, y una inmensa multitud de personas de toda edad y condición. La banda de música amenizaba el recorrido y, de vez en cuando, el estruendo de los cohetes rompía el aire y se extendía por los cerros y barrancos cercanos.
Era una explosión de alegría. Una de esas fiestas en las que todo el barrio parecía salir a la calle y en las que nosotros, los chaveas, participábamos con una ilusión difícil de explicar a quienes no llegaron a conocer aquella Granada. La caravana continuaba por la calle Pagés y la carretera de Murcia, para enfilar después la calle Fajalauza y el Camino Viejo del Fargue. El ascenso era lento y trabajoso. A pesar de los arreglos realizados para la ocasión, seguía siendo un camino de tierra y en cuesta, y las carretas tenían que subir poco a poco, tiradas por las caballerías, mientras la romería avanzaba entre cantos, risas y vivas a San Miguel. Finalmente, la comitiva alcanzaba la ermita.

San Miguel, el príncipe del Albayzín
Al entrar la imagen en su ermita, la solemnidad sustituía por unos momentos al bullicio de la romería. San Miguel volvía a ocupar su lugar. No es extraño que Federico García Lorca quedara fascinado por esta imagen y por aquel San Miguel que dominaba Granada desde lo alto del Albayzín. En su Romancero gitano, el poeta le dedicó uno de sus más bellos romances:
San Miguel lleno de encajes
en la alcoba de su torre,
enseña sus bellos muslos,
ceñido por los faroles.
Arcángel domesticado
en el gesto de las doce,
finge una cólera dulce
de plumas y ruiseñores.
San Miguel canta en los vidrios;
efebo de tres mil noches,
fragante de agua colonia
y lejano de las flores.
Aquellos versos parecen escritos para acompañar la luz de la tarde sobre el Albayzín y la figura del Arcángel vigilando desde su cerro una ciudad que se extiende a sus pies. La mayor parte de la gente subía desde el Albayzín por el Carril de San Miguel Alto. A lo largo de aquel camino se instalaban numerosos puestos de venta, especialmente de frutos propios del otoño. Durante todo el día era constante el ir y venir de personas que subían hacia la ermita o regresaban después de haber pasado allí la jornada. Todo el entorno de San Miguel estaba lleno de puestos: Membrillos, acerolas, pipas, con los puestos adornados con girasoles, granadas, azufaifas, almecinas, majoletas… frutos que hoy muchos jóvenes apenas conocen y que entonces formaban parte inseparable de aquella fiesta. Para nosotros, los niños, tenían además otro atractivo: los vendedores nos daban un canuto de caña y los huesos de las majoletas o de las almecinas terminaban convertidos en pequeños proyectiles que lanzábamos entre risas y travesuras.

Después de la misa, en la explanada próxima a la ermita se celebraban las tradicionales carreras de cintas a caballo, un espectáculo que congregaba a numerosos curiosos y que formaba parte imprescindible de la jornada. Otros organizaban partidos de fútbol improvisados. La banda de música ofrecía su concierto y todo el cerro, desde la ermita hasta los pinares cercanos, se convertía en un inmenso espacio de fiesta.
Las familias aprovechaban el día para disfrutar de una comida campestre. Se extendían mantas sobre la tierra y bajo los pinos aparecían las cestas, las tortillas, los chorizos, el pan, vino, cervezas, refrescos y todo aquello que cada familia había podido preparar para compartir. El gentío se repartía entre los pinos cercanos, donde se encontraba también una casa forestal y, algo más arriba, el cortijo de Santa Casilda entre los pinares de Cerro Gordo, donde existía un pequeño manantial conocido como Fuente del Moro. Por todas partes había gente y bullicio. Niños corriendo, jóvenes cantando, familias reunidas, caballos, burros, carretas, música, vendedores ambulantes y el constante pregón de los aguadores Eh, eh… ¡el aguaaa! y vendedores de refrescos ofreciendo su mercancía entre el bullicio: Y así transcurría el día, entre la devoción y la alegría, entre la tradición y la convivencia, entre el olor de los pinos, el polvo de los caminos y las vistas incomparables de Granada.

La romería que permanece en la memoria
Hace ya muchos años que no subo a la romería de San Miguel Alto. Sin embargo, cada vez que llega septiembre, algo despierta dentro de mí. Vuelven los caminos de tierra, las carretas adornadas, las muchachas cantando, el sonido de la banda, los cohetes estallando en el cielo, Los puestos de frutos de otoño, Las carreras de cintas a caballo, las comidas bajo los pinos… Y aquella interminable riada de albaicineros y granadinos ascendiendo hacia el cerro para encontrarse, una vez más, con San Miguel. Porque la romería de San Miguel Alto no era solamente una fiesta religiosa. Era una expresión de la vida popular del Albayzín. Era el encuentro de un barrio con sus tradiciones, con sus vecinos y con su propia historia.

Para quienes la vivimos en aquellos años, forma parte inseparable de nuestra infancia y de nuestra juventud. Forma parte de esa Granada popular y alegre que ha ido desapareciendo poco a poco, pero que permanece viva en la memoria de quienes todavía podemos contarla. Hoy, cuando septiembre vuelve a llamar a las puertas del Albayzín, quiero traer hasta estas páginas aquel recuerdo como un modesto homenaje a una tradición que, afortunadamente, continúa celebrándose.
Un homenaje a San Miguel Alto, al cerro, a la ermita y a la romería. Y, sobre todo, un homenaje a aquel Albayzín de mi infancia, que cada septiembre se vestía de fiesta y emprendía el camino cuesta arriba siguiendo al Arcángel.
Porque mientras haya alguien que recuerde aquellas carretas, aquellos caminos y aquellas romerías, San Miguel seguirá bajando y subiendo con el Albayzín.
Y septiembre seguirá siendo, para muchos de nosotros, tiempo de romería.
Pepe R. Sánchez
Septiembre 2026






Deja una respuesta