¡Sí!, voy a entrar al trapo –por cansancio, por hartazgo, por hastío–. Y es que hay una pregunta que convendría hacerse con más frecuencia: ¿quién vigila a quienes tienen el poder cuando quienes deberían vigilarlos están demasiado cerca de ellos?
La relación entre periodistas y políticos es necesaria, pero también peligrosa. El periodista necesita fuentes, información y acceso a quienes toman decisiones. El político, por su parte, necesita a los medios para transmitir su mensaje, defender su gestión y construir una determinada imagen ante la sociedad. Hasta ahí, nada extraño. El problema comienza cuando la necesaria relación profesional se convierte en dependencia, complicidad o intercambio de favores.
Un periodista no tiene por qué ser enemigo de un político. Pero tampoco debería convertirse en su portavoz. Su obligación es preguntar, contrastar, investigar y, sobre todo, incomodar cuando sea necesario. Precisamente ahí reside una de las grandezas del periodismo: hacer preguntas que el poder preferiría no responder.
Sin embargo, vivimos en una época en la que conseguir una exclusiva, mantener una buena fuente o ser el primero en publicar un titular puede pesar demasiado. Y cuando el acceso privilegiado a un político se convierte en un valor periodístico, existe el riesgo de que algunas preguntas dejen de hacerse y determinadas informaciones dejen de investigarse.
El problema no termina en las redacciones. Sus consecuencias llegan directamente a la ciudadanía. Porque cuando la información se contamina de intereses políticos, empresariales o personales, el ciudadano deja de recibir una fotografía completa de la realidad. Recibe una versión. Y, en demasiadas ocasiones, una versión diseñada para provocar adhesión o rechazo.
Un periodismo sometido al poder es malo para los periodistas, pero mucho peor para la sociedad. Y unos políticos incapaces de aceptar preguntas incómodas tampoco fortalecen la democracia.
El periodismo no está para gobernar ni para hacer oposición. Está para mirar al poder a los ojos y preguntarle por qué.






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