Hay instituciones jurídicas que, aunque hayan quedado arrinconadas en los códigos y en los manuales de Derecho, conservan una extraña capacidad para explicar el presente. La enfiteusis es una de ellas –“Del lat. Tardío emphyteusis, y este del gr. ἐμφύτευσις emphýteusis; literalmente ‘implantación’ (RAE)”–.
En términos sencillos: alguien conserva el dominio directo de una cosa mientras otro recibe su dominio útil. Uno sigue siendo propietario; el otro la usa, la disfruta y obtiene sus frutos.
Así, me atrevo a mantener que algo parecido sucede –viene sucediendo– con nuestro voto electoral.
El ciudadano es, en democracia, el titular de la soberanía. Pero cada cuatro años –más o menos– entra en un colegio electoral, introduce un papel en una urna y entrega a otros la facultad de ejercer una parte de ese poder. No entrega la “pertenencia”. Entrega su utilización.
Y aquí empieza la paradoja. Porque los partidos parecen tener una extraordinaria facilidad para confundir el dominio útil con el dominio absoluto. Reciben nuestro voto y, con frecuencia, comienzan a comportarse como si hubiéramos entregado también nuestra soberanía, nuestra capacidad de crítica y hasta nuestro derecho a preguntar qué están haciendo con ella.
El voto no es una propiedad ni el partido un enfiteuta. Pero precisamente por eso la metáfora resulta incómoda, porque nos obliga a preguntarnos qué hemos entregado realmente cuando votamos: ¿una representación? ¿Un mandato? ¿Una confianza? ¿O un cheque en blanco?
Si el voto es confianza, debería existir responsabilidad. Si es mandato, debería existir rendición de cuentas. Y si es simplemente una autorización para gobernar, esa autorización no puede convertirse en patente de corso.
El problema no es que los ciudadanos deleguemos. El inconveniente aparece cuando quien recibe la “facultad” empieza a creer que el poder le pertenece: el enfiteuta acaba comportándose como propietario y el propietario termina preguntándose dónde dejó las escrituras.
Tal vez la paradoja de nuestras democracias no sea la falta de soberanía popular, sino nuestra facilidad para olvidarnos de ella.
Debemos, sobre todo, saber –y hacer saber– que nosotros seguimos siendo los dueños… Lo inquietante es que, después de votar, demasiadas veces actuamos como si no lo supiéramos.






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