La vida antiguamente era sencilla. Necesitábamos pocas cosas y vivíamos con lo que teníamos, aceptando las cosas tal y como venían.
Nuestro pensamiento también era más sencillo. Nuestra ciencia era vivir el día a día, según se nos iba presentando la vida, sin plantearnos muchas más cosas. Eso no quiere decir que no sucedieran acontecimientos difíciles o desgracias que muchas veces no entendíamos. Había enfermedades, dificultades y también pérdidas muy dolorosas, como las de mi madre, viendo morir a cinco hijos. Pero ante aquellas situaciones, la fe y el saber popular nos ayudaban a seguir adelante.
En aquellos años, la mayoría de las personas trabajábamos en el campo o en las labores del hogar. El trabajo era principalmente físico y ocupaba muchas horas del día, desde la mañana hasta la noche. La vida era más rutinaria y sencilla que ahora, aunque no por ello estaba libre de preocupaciones. Y en esa forma de vivir, los refranes tenían un lugar muy importante.
Los refranes eran el saber popular. Se habían transmitido de generación en generación durante muchos años y daban explicación a muchas de las cosas que sucedían en la vida.
Mi madre, para cualquier cosa, tenía un refrán. A mí me hacía mucha gracia y le decía: —¿Cómo te sabes tantos refranes? Porque para cada situación parecía tener uno. Si ocurría algo, siempre encontraba el refrán apropiado.
Recuerdo que en mi casa se decía muchas veces: «Dice el refrán…», y después venía el refrán correspondiente. Y con aquellas palabras parecía que todo quedaba un poco más claro. A mí me encantaba aprenderlos, los repetía e incluso los escribía para saberlos de memoria y le pedía a mi madre que me los explicara porque algunos de ellos eran muy curiosos.
Muchos refranes nos enseñaban cómo debíamos comportarnos. Por ejemplo: «Dime con quién andas y te diré quién eres», o «Quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija». Eran consejos sencillos, pero nos hacían pensar en las personas que nos rodeaban y en la importancia de tener buenas compañías.
También nos enseñaban a no hacer a los demás lo que no queríamos para nosotros. Mi padre decía: «Hijo eres, padre serás; lo que tú hagas, contigo harán». Con pocas palabras nos hacía entender que nuestras acciones tienen consecuencias y que algún día podríamos recibir aquello que nosotros habíamos dado.
Había refranes que hablaban de los defectos de las personas. «La avaricia rompe el saco» nos recordaba que querer tener demasiado puede hacer que al final lo perdamos todo. Y «El orgullo y la vanidad no nos deben acompañar» nos enseñaba que no debemos creernos más que los demás.
También estaban aquellos que hablaban de la convivencia y de los sentimientos: «La venganza nunca es buena, mata el alma y la envenena». Y otro que decía: «Vive y deja vivir». Eran formas sencillas de aconsejarnos para llevar una vida más tranquila y sin problemas.
Los refranes también nos animaban a aprender. «Talento y sabiduría son prendas de gran valía» y «Con ciencia y capacidad, todo se puede alcanzar». Para las personas de entonces, que muchas veces habían tenido pocas oportunidades de estudiar, el conocimiento tenía un gran valor.
Había uno que siempre me ha gustado especialmente: «Vale más saber que tener; el haber puede acabarse, el saber nunca se olvida». Y creo que encierra una gran verdad porque las cosas materiales pueden perderse, pero lo que una persona aprende a lo largo de su vida permanece siempre.
También había refranes relacionados con la salud y con la manera de afrontar las preocupaciones: «La mejor curación es la prevención». Y cuando llegaban los momentos de angustia, se decía: «No te angusties por el mañana que vendrá; vivamos con alegría y mañana Dios dirá». En aquellos tiempos, la fe también estaba muy presente en la forma de afrontar las dificultades.
Otro refrán decía: «Quien desea mal al vecino, el suyo viene en camino». Era una manera de recordarnos que no debemos desear el mal a nadie.
Ahora, con más de ochenta años, recuerdo muchísimos de aquellos refranes que escuchaba desde pequeña y que me han acompañado durante toda mi vida. Formaron parte de mi infancia, de mi juventud y también de mi manera de entender muchas situaciones. Hoy seguimos echando mano de ellos, aunque vivimos de una manera muy diferente. Tenemos muchos más conocimientos, más medios y más ciencia, pero los seres humanos seguimos con preocupaciones y cometiendo errores parecidos a los de hace muchos años.
Todavía existen guerras, desacuerdos, envidias y necesidades en muchos lugares del mundo. Por eso pienso que, a pesar de todos los avances que hemos conseguido, el saber que nos dejaron nuestros mayores todavía tiene mucho que enseñarnos.
Los refranes son una pequeña parte de esa sabiduría popular que ha ido pasando de padres a hijos y que no deberíamos perder. Por eso quiero compartir algunos de aquellos refranes que recuerdo desde que era pequeña, los que escuché tantas veces en mi casa y que todavía, después de tantos años, siguen teniendo sentido.
Aunque hayan pasado los años y vivamos en el siglo XXI, hay cosas que no cambian. Y, como dice uno de aquellos refranes que tanto escuché: «El haber puede acabarse, el saber nunca se olvida».

Aprendamos de la vida
Aprendamos de la vida,
que es escuela de verdad,
cada día nos enseña
con paciencia y claridad.
Con el pasar de los años
vamos aprendiendo más,
la experiencia nos ayuda
a saber cómo actuar.
Nos enseña a distinguir
lo que nos hace bien,
y aquello que no conviene
y debemos evitar también.
La experiencia nos alerta,
nos ayuda a observar,
a pensar antes de hacer
y aprender de los demás,
de sus aciertos y errores
para no volver a caer.
El pasado nos recuerda
lo que un día sucedió,
el presente nos enseña
lo que ahora somos hoy.
Y el futuro nos espera
con caminos por andar,
llevando siempre con nosotros
lo aprendido al caminar.
La vida es una gran escuela
que no deja de enseñar,
y sus lecciones diarias
nos ayudan a avanzar.
Los consejos de los mayores,
los recuerdos del ayer,
las vivencias y refranes
nos ayudan a entender.
Aprendamos de la vida,
con prudencia y con razón,
aprovechando la experiencia
porque los años nos muestran,
con paciencia y sencillez,
que aprendiendo de la vida
mejores personas podremos ser.

Rosario Ruiz Martín,
abuela y madre de familia,
apasionada de la cultura y del saber






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