Hoy, que casi todo nos lo hacen y que vivimos rodeados de productos industriales, empezamos a valorar de nuevo lo tradicional, lo casero y aquello que está hecho con paciencia y cariño. Entre todas esas cosas, hay una que ocupa un lugar especial en mis recuerdos como es el pan casero.
Antiguamente, en mi casa y en muchas casas del pueblo, el pan se hacía en casa. Era uno de los alimentos más importantes de nuestra alimentación, porque todas las comidas se acompañaban con pan y, además, el trabajo era duro y físico y se necesitaba mucha energía. Cada familia tenía su manera de hacerlo y, semanalmente o quincenalmente, se preparaba una buena cantidad para tener pan para varios días. Para que aguantase todo ese tiempo, después de enfriarse, se guardaba en una cesta de mimbre, en una artesa en armario o en una lacena, envuelto en un mantel de tela y en un lugar fresco. Cuando ya empezaba a ponerse duro se comía como sopas en la leche de la mañana, se aprovechaba también para hacer migas de pan o para para hacer la típica sopa con el pan duro, huevo, ajos y aceite. A mí me gustan mucho estas sopas de pan, todavía me las preparo por la noche y son una buena cena.
Recuerdo especialmente aquellos momentos en los que nos reuníamos en familia para amasar. Yo era pequeña y mi madre me ponía sobre una silla para que pudiera ayudarla. También estaba mi hermano Juan y Casilda que formaba parte de nuestra familia. Entre todos preparábamos la masa y la dejábamos reposar durante un tiempo para que fermentara. Cuando veía que subido y estaba esponjosa se hacía el pan.

Para mí, aquellos ratos de amasar eran algo más que preparar comida. La masa relajaba y, mientras se hacían las hogazas de pan no se paraba de hablar. Se contaban historias, se comentaban cosas de la familia y, algunas veces, hasta se cantaba. Era un momento sencillo, pero entrañable y divertido.
A mí me hacían un bollito pequeño de aceite y yo estaba deseando que estuviera terminado para poder comérmelo. Quizás por eso, cuando recuerdo aquellos días, no recuerdo solamente el sabor del pan, sino también el cariño con el que se hacía.
En aquella época todo era manual. Primero se molía el trigo en el molino y después se preparaba la masa en casa. El horno se calentaba con leña durante bastante tiempo. Cuando estaba bien caliente, se retiraban las brasas y se barría cuidadosamente para dejarlo limpio. Entonces se introducía el pan y se esperaba a que estuviera cocido.
Y había que aprovechar bien aquel calor del horno. Después de sacar el pan, se preparaban tortas, bizcochos, empanadas y otros dulces. Con la masa que quedaba se hacían tortas de aceite y azúcar, y cuando había almendras o alguna fruta, también se utilizaban para adornarlas. En época de matanza se hacían incluso tortas de chicharrones con azúcar y todo eso se iba comiendo en los desayunos y meriendas; algunas veces con un pequeño trozo de chocolate.
Mi madre era muy aficionada a hacer tortas y procuraba aprovechar hasta el último rincón del horno. Nada se desperdiciaba. Se trabajaba mucho, pero también se sabía sacar partido de todo lo que se tenía.

Mis abuelos maternos, antes de casarse mi madre, tenían un horno y hacían varias hornadas de pan para las personas que no podían hacerlo en sus casas. Llegaban a preparar hasta tres hornadas al día. En aquellos años, tener un horno era una ayuda muy importante para el pueblo, porque no todas las familias podían hacer su propio pan.
Hoy tenemos agua corriente, electricidad, hornos modernos y todo tipo de comodidades. Podemos comprar el pan en cualquier momento y apenas pensamos en todo el trabajo que hay detrás. Sin embargo, cuando probamos un buen pan artesanal, hecho con masa madre, con su tiempo de reposo y amasado tranquilamente, volvemos a darle valor a algo que nuestras madres y nuestras abuelas conocían muy bien.
Quizás hemos avanzado mucho en muchas cosas, pero hay costumbres que merece la pena recordar. Porque aquel pan no solo nos alimentaba, sino que reunía a la familia, llenaba la casa de vida y guardaba en cada hogaza un poquito de nuestra historia.
¡MIRA CÓMO PASA EL TIEMPO!
Valora siempre en la vida
cada día que comienza,
para vivirlo consciente,
pues ese día no vuelve más.
La vida sigue avanzando,
día a día, sin parar,
como una cadena de años
que vamos dejando atrás.
Pasa cada día
con buen humor y alegría,
disfrútalo cuanto puedas,
pues vida no hay más que una.
Tengamos serenidad
y también responsabilidad
para hacer bien las cosas,
buscando siempre el buen vivir
al lado de los demás.
Así la vida es muy bella
si sabemos bien pensar,
porque el tesoro más grande
es tener buena salud.
Y de ella nos viene
vivir con tranquilidad,
con esperanza y entusiasmo
y ganas de disfrutar.
Pongamos nuestra ciencia
para trabajar mejor,
y también nuestra inteligencia,
que nos ayuda a avanzar.
Si en tu corazón existe
la grandeza de la paz,
te sentirás mucho mejor,
sin rencor y sin envidia,
aprendiendo a valorar.

Con lo que tengamos,
satisfechos viviremos,
y al final de cada día
a gusto nos sentiremos.
En la buena convivencia
hay tanto bien que disfrutar:
la alegría y la vitalidad
de quien a tu lado está.
Tan bella como es la vida,
no la quieras envenenar
con el rencor y la discordia,
que solo traen sufrimiento,
tristeza y malestar.
El no dormir bien nos trae
poca lucidez,
nos quita la paz
y también el buen pensar.
Y es el buen pensamiento
el que nos enseña a actuar
con serenidad y calma,
viendo las cosas
con la luz de la verdad.
Vive la vida dando
dando ilusión y alegría
a quien a tu lado está.
Tu vida será más tranquila
y más feliz caminarás.
Que no exista la amargura,
que reine la felicidad,
que vivamos con cariño,
con serenidad y paz.

Rosario Ruiz Martín,
abuela y madre de familia,
apasionada de la cultura y del saber






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