Rosario de relatos y poemas (9): La llegada de la luz a las casas

Cuando pienso en cómo ha avanzado la vida, recuerdo aquellos años de mi infancia en mi pueblo, cuando en nuestras casas no teníamos ni luz ni agua ni tantas comodidades como tenemos ahora.

Para alumbrarnos utilizábamos el quinqué o el candil, que se mantenía con aceite y las torcías. Su luz era tenue y, además, dejaba aquel olor a quemado que se quedaba en la habitación bastante rato. Mi madre tenía que coser, remendar o hacer punto con aquella poca luz. Mi padre y mis hermanos también aprovechaban las noches para hacer esparto, pleita o tomiza para atar las gavillas de trigo y cebada. En los días de lluvia, esa misma tomiza servía para remendar cerones, espuertas y albardas de las bestias.

Como he contado en otras ocasiones, mi padre también aprovechaba las noches para enseñarnos. Le gustaba mucho leer y nos leía la Enciclopedia Superior, el periódico Ideal, que se lo traía un hombre de Ugíjar, y los libros de la Biblia. Nosotros nos sentábamos alrededor de la lumbre mientras él leía en voz alta.

Así pasaron muchos años, hasta que un día empezamos a escuchar que iban a poner la luz en las casas. Yo tendría unos diez o doce años y lo recuerdo muy bien. ¡Qué emoción! Días antes no se hablaba de otra cosa. Era la gran noticia del pueblo. Después de tantos años con el quinqué y el candil, aquello nos parecía algo extraordinario.

Empezaron poniendo una especie de farolas en las calles, para poder andar por la noche con algo de luz. Una empresa de Yátor se encargó de ir poniendo la electricidad en nuestro pueblo y en los de alrededor. Las familias que querían y podían pagar el enganche y las mensualidades ya podían tener la luz en sus casas también. El ayuntamiento se encargó del alumbrado de las calles, pero para las casas eran las familias las que tenían que correr con los gastos. Por ello, no todas las casas pudieron poner la luz, tuvieron que pasar varios años hasta que todo el pueblo tuviera la luz.

Al principio solo ponían dos bombillas por vivienda, con un cable muy largo para poder llevarlas de una habitación a otra. En cada cuarto colocaban unas alcayatas para poder colgar la bombilla. Había que cogerlas con mucho cuidado porque, después de llevar un rato encendidas, se calentaban y podían quemar.

Al cabo de un par de años se fue ampliando la instalación y ya pudieron ponerse bombillas en todas las habitaciones.

Pensar que tan solo dando una vueltecita a una llave íbamos a tener luz en la casa nos parecía casi increíble. ¡Qué adelanto! Mi madre ya no tendría que coser ni remendar con aquella luz tan débil del candil, mi padre podría leer con mucha más claridad y yo, que nunca había tenido una habitación con luz, me iba allí para estudiar, leer o simplemente estar un rato jugando. Esto supuso que el resto de habitaciones cobraran vida, entre ellas el comedor, la mesa camilla con el brasero de lumbre se convirtió en nuestro lugar favorito para estar en familia. En la mesa, además de comer y otras tareas que ya he mencionado, yo hacía los deberes, limpiábamos las legumbres y jugábamos a las cartas. ¡Qué alegría tan grande era ver aquellas bombillas encendidas!

En aquel momento yo era todavía una niña y no era consciente de la importancia que tenía aquello. Para nosotros simplemente había llegado la luz y estábamos felices de poder tener nuestra casa tan iluminada.

Ahora, siendo mayor, me doy cuenta de que aquello supuso un cambio muy importante en nuestras vidas. Tener luz en las habitaciones, una luz que llenaba de claridad toda la estancia, hizo que muchas cosas fueran más fáciles.

Aquella primera luz fue el comienzo de muchos otros cambios. Poco a poco fueron llegando nuevos avances que hicieron nuestra vida más cómoda y nos dieron otra manera de vivir. Al poco tiempo tuvimos una radio y, muchos años más tarde, llegó también el agua y todos los electrodomésticos que se hicieron imprescindibles en nuestras casas como la nevera, la lavadora o la televisión.

Y con aquella luz también llegó una nueva esperanza, una nueva forma de vivir y el comienzo de un tiempo diferente para nuestro pueblo.

VALOREMOS LA CIENCIA

Valoremos la ciencia
y sus grandes adelantos,
todo lo que ha transformado
nuestras vidas con los años.

En setenta años apenas,
¡cuánto ha cambiado la vida!
Tenemos más comodidades,
más salud y más mejoras,
más avances cada día.

La ciencia nos ha ayudado
a vivir con más bienestar,
ha traído nuevos medios
para poder progresar
y hacer nuestra vida más fácil
en cualquier lugar.

Pero a veces, por avanzar,
también hacemos un gran daño:
contaminamos la tierra,
el aire y los océanos,
y poco a poco alteramos
el mundo que habitamos.

Hace muchos años ya
los científicos hablaron
de los cambios que vendrían
si no se remediaban
los daños que provocamos.

Por eso debemos cuidar
la tierra que nos sustenta,
proteger plantas y árboles,
que son vida para todos
y ayudan a mantener
el aire que respiramos.

Hay sequías y hay incendios,
cambia el clima cada día,
y aumentan las catástrofes
que afectan nuestras vidas.

Debemos buscar un camino
que nos permita avanzar,
pero sin destruir la tierra
que tenemos que cuidar.

Valoremos los avances
que la ciencia nos ha dado,
pero usemos sus recursos
con cuidado y con sensatez,
pensando siempre en el mundo
que a nuestros hijos dejamos.

Cuidemos nuestro planeta,
nuestra casa y nuestro hogar,
para vivir con más salud,
con más paz y bienestar,
disfrutando un aire limpio
y un ambiente natural.

Que la ciencia nos ayude
a vivir mucho mejor,
pero siempre respetando
la tierra y su creación.

Rosario Ruiz Martín,

abuela y madre de familia,

apasionada de la cultura y del saber

Redacción

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