Rafael Bailón: «A mi chico de la eterna sonrisa»

Dedicado a Iván, tristemente fallecido

Han pasado varios meses desde que contemplé aquella sonrisa. Lo hice a través de un vídeo que me mostraba mi buena amiga Mari, en la cafetería de mi centro educativo. Allí estaba él, con una simpatía difícilmente descriptible con palabras. Si tuviéramos que ponerle precio a una alegría o una emoción capaz de contagiar a los demás, aquella pronunciada marca no tendría precio.

Historias de hospital, de niños que sufren por dentro y muestran una fortaleza que les convierte en héroes. Aquel joven, con su cabeza pelada (fruto de las duras sesiones de quimio) clavaba su mirada en la mía. Nos mirábamos a kilómetros de distancia (a través de las nuevas tecnologías y las posibilidades que hoy en día nos ofrecen los móviles). Él no sabía que yo conocería su historia. La reflexión se produjo tras una charla con mi buena amiga Mari. Estuvimos compartiendo impresiones acerca de las sorpresas que a veces nos trae esta inexplicable vida.

Aquel chico era aficionado al balompié y al FC Barcelona (el equipo de sus amores). Supimos de sus inquietudes y de uno de sus sueños (quizás el mayor de ellos): conocer a Messi o tener algún detalle del crack argentino. Nos pusimos manos a la obra, formando Mari y un servidor un tándem que no sabría decir NO a los obstáculos que pudieran presentarse. Llamamos y enviamos e-mails a diferentes departamentos del club azulgrana. Cuando se trata de la sonrisa de un niño, los colores de los equipos no nos separan. ¿Qué más da ser de Barcelona o del Real Madrid? ¿Qué más da ser sevillista o bético? Aquel chico portaba una sonrisa que cautivaría a cualquier club del fútbol profesional. La tarea resultó más sencilla de lo que en un primer momento cualquiera hubiera supuesto. Unas semanas más tarde, las gestiones surtían efecto. Mari, me llamaba desde el hospital confirmando que habían recibido un paquete con varios objetos firmados por algunos de los grandes nombres del club azulgrana (liderados por Messi). No podré olvidar la sonrisa multiplicada por mil de un joven diagnosticado de leucemia. Jamás podré borrar aquellas imágenes de un chico disfrutando con algo tan sencillo pero a la vez tan milagroso.

A raíz de aquel episodio, cada día preguntaba a Mari por el chico que me cautivó con su sonrisa, por aquel joven cuya historia me dejó helado (siempre con el deseo de verle andar de nuevo sin su cabeza pelada y habiendo superado las dolorosas sesiones de la maldita quimio). Pero, ayer mi teléfono sonaba, y, mis lágrimas recorrían mi faz, intentando buscar una explicación a tan injusta noticia: el chico de la eterna sonrisa nos dejaba para siempre.  Señoras y señores, la vida tiene un principio y un final, pero es antinatural enterrar a un chico de apenas 16 años.  Hoy, creyente o no, me agarro a un clavo ardiendo para lanzar una súplica o un deseo: no ver a más niños morir.

Espero que niños como nuestro protagonista (con mucho que contar y una sonrisa que mostrar) se curen de sus patologías. Ojalá investigadores den con una cura para el cáncer infantil, que la medicina no tenga un futuro que penda de un hilo y acabemos con estos tiempos de zozobra. Seguro que tú, nuestro querido ángel, velarás desde arriba por quienes padecen tu misma dolencia, contagiando tu poderosa sonrisa a todos ellos para erigirse en vencedores.

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Rafael Bailón Ruiz

Profesor del IES Ribera del Fardes

(Purullena, Granada)

 

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