Rafael Bailón Ruiz: «El pequeño Tobías»

Paseaba, con el misterio de sus ojos grabado en mi memoria. De lado a lado, de un ala a otro del hospital, los rostros evidenciaban el dolor o el injusto lamento de niños absorbidos por los caprichosos arbitrios del incomprensible hado. 

Allí estaba él, con esa animosidad envidiable, con un espíritu de lucha que le convertían en mi “pequeño gran héroe”. Sosteniendo el suero, con su mano derecha, dejaba ver esa “sonrisa perfecta”, así como las lógicas ganas de jugar. Me invitaba a ganarle en una carrera con un recorrido limitado, con obstáculos bien marcados y una línea de meta que debía ser la puerta de su habitación.

De repente, ponía una nota de humor a la iniciativa planteada por mi joven contrincante.

Tobías, sonreía, cuando yo le decía que debía partir con algunos segundos de ventaja.

– ¿Ventaja? Pero,… Si tengo que arrastrar el suero – respondía el inocente pequeño-.

Cuatro horas compartimos el pasado lunes. Momentos de distracción necesarios para quien lucía (sin complejos) su cabeza pelada. Saltos, entretenimientos varios con el trivial como compañero más tranquilo ante tanto ejercicio físico, confidencias que pasaban de uno a otro, miedos o desahogos que tenemos tanto adultos como niños,…

El bello principito, me dijo adiós a través del cristal. En la calle, contenía mi respiración, el deseo de volvernos a ver al día siguiente, el sueño de verle cruzar la calle conmigo de la mano, sin quimio ni tratamientos (señal inequívoca de haber dejado todo atrás) o las lágrimas que tantas y tantas veces solté.

– Mañana más. ¿Vale?

Aquel niño, dotado de magia, no dijo nada. Quizás no fue capaz. Se encogió de hombros y me emplazó a verle, con gestos.

– Adiós. ¡No estés triste!

En la otra acera, seguí caminando. Dentro del coche, el sonido del motor esquivaba los recuerdos, así como la música me conducía a una realidad distinta.
Pasaron las horas, no tan rápido como me gustaría. Quise acercarme hasta una churrería para compartir desayuno (previa consulta al doctor) con Tobías.

Mis manos dibujaban caricias al tocar las suyas. Entonces, de nuevo, daba comienzo del juego.

– ¡Yo te busco! Esta vez, te escondes tú.

Que no me despierten, hasta que la ficción se haga realidad.

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Rafael Bailón Ruiz

Profesor de ESO

 

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