Pedro López Ávila: «Lo antiguo y lo moderno»

 

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Antes, la clase media baja estudiábamos de forma un poco mísera. La sala de estar era, en muchas ocasiones, el único lugar de cobijo donde guarecerse del frío mientras realizábamos los deberes o tareas, encomendadas por cada profesor de las distintas disciplinas impartidas. Estas obligaciones que se nos imponían con férrea autoridad para el día siguiente, después de muchas horas de clases lectivas (incluidas las tardes) debían realizarse en casa desde que caía la tarde hasta bien entrada la noche. En caso contrario, es decir, de no cumplir con las directrices ordenadas por el profesor, recuerdo que algunos profesores de colmillos retorcidos y miradas de jabalíes, nos echaban unos rapapolvos que era mejor ponerse enfermo que la asistencia a las clases, no fuera que se engallaran con uno hasta hacernos sentir seres desdichados, independientemente, del humillante cero que nos imponían en la calificación del día y que ya significaba de por sí todo un dolor.

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