Tuve la gran suerte de ver actuar al magnífico Héctor Alterio el pasado 15 de marzo en el Teatro Isabel la Católica, con su obra, “Una pequeña historia”.
Completamente maravillada, escudriñaba al gran actor desde la fila 4, impresionada por la vitalidad que a sus 95 años desplegaba y la fuerza en la voz que tras toda una carrera entre bambalinas había aprendido a proyectar a la perfección. ¡Y qué me dicen de su memoria! Yo, que a los 56 olvido con mayor frecuencia de la deseable, a qué iba del salón a la cocina y he de desandar el camino para recordar que era a por una servilleta, un vaso de agua, o simplemente a sacar la carne del congelador. Ojipláticas asistíamos mi amiga Carmen y yo, auténticas adictas al teatro y al cine y disfrutonas al máximo de todo lo que estas dos artes nos puedan ofrecer, a la simplicidad de una puesta en escena que con tan solo dos sillones, dos atriles y un piano de cola hizo las delicias del espectador.
Fue un verdadero placer tener tan cerca a semejante actor, que en la recta final de su vida no ha perdido ni un ápice de su maestría .¡Cómo recitaba, cómo modulaba la voz! Tan frágil, tan delgado, tan vulnerable, un tanto encorvado, inmensas sus manos, grandiosa su interpretación, invadía con su voz increíblemente vigorosa el ánimo de un público que entregado aplaudía agradeciendo el regalo que nos ofrecía. Héctor Alterio nos dio a todos una lección de VIDA. No solamente es un grande entre los grandes sino también una persona que con su ejemplo, engrandece no solo la profesión del actor sino otra profesión, que también hay que trabajarla y que yo denominaría la del “entusiasmo por la vida”. Siempre y cuando no aceche la grave enfermedad, hay que echarle ganas a la vida y no rendirse hasta el final. ¡Gracias, D. Héctor!
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