El país vive “la tercera gran oleada de secularización” desde comienzos del siglo XXI. Así lo señala el Informe España 2025, elaborado por la Cátedra José María Martín Patino de la Universidad Pontificia Comillas.
A raíz de la lectura detenida de este informe, no he podido evitar traer a mis reflexiones –y comparar– un concepto similar al de “amnesia climática” (la incapacidad colectiva de recordar cómo era el clima en el pasado y de reconocer la magnitud de su deterioro actual): la “amnesia social-religiosa” (el olvido progresivo del papel histórico, ético y comunitario que las religiones han desempeñado en la configuración de la vida social).
Así, me atrevo a mantener que ambas amnesias comparten una misma lógica cultural: la pérdida de la memoria histórica y la normalización del deterioro.
Sabemos que la “amnesia climática” se produce cuando cada generación toma como punto de partida “lo normal”: el clima que ha conocido en su propia experiencia vital. Olas de calor más frecuentes, estaciones alteradas o eventos extremos dejan de percibirse como anomalías y pasan a integrarse en la rutina.
De modo similar, la “amnesia social-religiosa” se erige en el olvido del papel estructurante que las tradiciones religiosas han tenido en la vida social. No se trata simplemente de secularización o de pérdida de práctica religiosa, sino de algo más profundo: se olvida que muchas nociones de dignidad humana, justicia, hospitalidad o cuidado de los vulnerables se articularon históricamente desde marcos religiosos.
Y –no me cabe duda–, en ambos casos, el deterioro abjurado se vuelve incorpóreo porque ocurre de forma progresiva. Lo que antes habría generado alarma hoy se percibe como inevitable o incluso irrelevante. El presente se desliga de toda referencia –sin excepciones ni condiciones– y el futuro se vacía de proyecto. Así, el abandono se convierte en una forma silenciosa de irresponsabilidad, pues sólo quien recuerda –como herramienta crítica– puede comparar, discernir y actuar.





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