Hay que echar mano a la memoria, ese baúl de los recuerdos, donde se nos agolpan, sin querer, fechas y acontecimientos. No quiero dejar pasar la oportunidad que me dio la familiar Radio Taiwán Internacional cuando fui acogido en su sede el pasado 23 de noviembre del 2025 aprovechando mi escala en Keelung.
Comencé a escucharla cuando se denominaba The voice of free China y me hacía volar, instintivamente, a mundos desconocidos en aquella infancia-adolescencia cuando la radio lo significó todo para mí y me acabó conduciendo por los vericuetos de la vida hasta darme cuenta que ha sido la mejor Universidad de la que he tenido constancia, gratuita y en formación continua.

Era un crío, un niño en un hogar campesino que, en los cincuenta, se quedaba con su papá [la mayoría de veces dormido en su regazo], hasta que ¡zas! Aquí la Voz de China Libre me devolvía a la realidad y me hacía abrir unos ojos como platos. La magia del viejo Telefunken con su ojo mágico, era algo que podía más que mi cuerpo cansado y, en el silencio más absoluto, se procedía a una de las cuestiones vitales de mis padres: la sesión nocturna de escucha de la radio [recordemos que estamos en una dictadura pero, mis “viejos”, no dejaban pasar la noche, con ella el despliegue de un largo cable que salía del modesto comedor, recorría una sala de estar y se precipitaba al vacío en los Tajos, en mi casa, donde nacimos los seis hijos, en Alhama de Granada, todavía no habían llegado los tiempos en los que los partos se gestionaban en la capital y con ellos las historias de intercambios de bebés o hechos poco agradables para los padres].
¡Qué lejos queda aquello! Una década después, como tantos millones de campesinos, nos vimos obligados a salir del pueblo. No fuimos los únicos: tres cuartas partes de la población se vieron impelidos a buscar nuevos horizontes e intentar nuevos horizontes en una época de extrema dureza, no sólo política, sino de simple supervivencia, por suerte, el cambio no fue allende las fronteras españolas, pero cuando abandonas todo, ya nada vuelve a ser igual.

Todas las noches, día tras día, sobre todo en invierno, esa era una de las formas de vivir “imaginariamente” en otro mundo. Al día siguiente, cuando me iba a la escuela, mi entretenimiento favorito era tratar de seguir, con un mapa, todos los nombres que escuchaba en la enigmática emisora. Porque, hay que decirlo, ¿cómo se le explica a un “crío” que la radio de la capital que apenas está a 60 kilómetros no se escucha y sin embargo Taipei a más de 10.000 kilómetros suena en el receptor como si fuera un cañón? Por cierto en pleno siglo XXI con el desmantelamiento de RNE en Onda Media, la situación no ha mejorado en el pueblo.
Poco a poco, con mi letra infantil y temblorosa [la máquina de escribir en Casa Arrebola llegaría después y la pagaba en cuotas de 25 pesetas] e infantil, comencé a escribir a las emisoras, algo que ha sido habitual durante más de seis décadas y que me ha llevado a numerosos países gracias a los concursos que, antaño, se convocaban. Éramos pobres -o eso nos decían- y resulta que teníamos de todo, incluso las familias estructuradas, el gran zarpazo de las rupturas todavía estaba por llegar. Podemos considerarnos privilegiados los que no padecimos esa lacra que tanto daño hace a los niños cuando están en una temprana edad, es el producto que hoy recogemos con el lacerante aumento de la poca salud mental.

Todavía estoy saltando de alegría cuando apareció el primer sobre que traía un matasellos en formato rectangular que nunca olvidaré con una leyenda sobre el cáncer en tinta roja: El cáncer es una palabra, no una sentencia -una pieza de altura para cualquier colección filatélica sobre esta lacra que, constantemente, siembra de dolor a las familias-. Después fueron llegando los paquetes y, con ellos, la prensa que, todavía hoy, me da risa: yo, ufano, la enseñaba a mis amigos –todas las familias aún restañaban heridas de nuestra incivil del 36-39-, “alucinaban”, no sólo por la grafía, sino por el contenido de aquellos materiales que contrastaban con la prensa de la provincia entonces.
Me decían que no debía que enseñarlo porque era peligroso, pero desde que comencé a escribir a las emisoras y, hasta hoy, no hubo ningún problema [bueno en los tiempos modernos la legislación de la UE y Correos España nos han puesto el cepo para todo lo que llega desde países extracomunitarios; generalmente cada envío que contenga un banderín, un calendario de mesa, un simple bolígrafo se ve sancionado con una media de 6 euros por pieza y así hemos visto como prácticamente se han cargado el servicio postal universal. Bruselas nos había prometido unos servicios de primera a precios realmente competitivos pero la presidencia de la Señora Úrsula invierte mucho en propaganda para paliar las pifias de unas legislaciones en las que, al margen de ser paganos, tenemos pocas salidas].

Y como decían los abueletes, éramos pocos y parió la burra: a partir del 2026 todos los paquetes deberán de pagar 3 euros más, o sea, que si veníamos padeciendo la carga de 6,5 euros por envío, con este añadido o impuesto revolucionario ideado por nuestros representantes continentales, cada “chuchería” nos costará 10 euros. ¡Hay que pagar la factura de la guerra como ya lo hacemos cada vez que vamos a llenar el carrito de la compra y vemos como se esfuman los billetes de 50: antes te permitían comprar para una semana y ahora a duras penas consigues para un par de días! Y a esto le llaman progreso. Menos mal que lo hacen por nuestro bien, así que no deberemos quejarnos.
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Juan Franco Crespo, en Radio Taiwán, la radio como patria sonora






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