Han pasado decenas de años, pero aún perdura en mi memoria un aroma que no se borra: el del pan de Alfacar que llegaba cada mañana al alto Albayzín. Ese olor, mezclado con el aire fresco del barrio y el murmullo de las calles empinadas, marcó la infancia de toda una generación y se quedó grabado para siempre en la memoria olfativa de quienes lo vivimos.
Al salir del colegio, regresaba a casa con el cansancio propio del día cumplido. Allí me esperaba mi madre, que con gestos sencillos y llenos de cariño nos preparaba la merienda. Era un canto de hogaza de pan de Alfacar, recio y fragante, al que se le hacía un pequeño hoyo en la miga. En ese hueco se vertía un generoso chorro de aceite de oliva, brillante como oro líquido, y se espolvoreaba azúcar, que crujía suavemente al mezclarse con el pan. Después, el trocito de miga extraído volvía a su sitio, sellando aquel pequeño tesoro. Al morderlo, el pan se empapaba del aceite y el azúcar se fundía en una armonía perfecta de sabores humildes y eternos. Aquella merienda, tan sencilla y tan nuestra, sabía a gloria, a hogar y a un placer de dioses que aún hoy permanece intacto en el recuerdo.
Ese pan llegaba cada día por el antiguo Camino de San Antonio —entonces sin asfaltar, lleno de baches remendados con restos de cerámica de Fajalauza— en el carro amarillo de Jacinto Rojas. Panadero entrañable de la posguerra granadina, conducía su mulo con la paciencia del que sabe que su oficio es necesario. En su carro subía un tesoro humilde: hogazas doradas, barras, roscas, bollos, jallullas y salaíllas. Pan artesano, pan verdadero, con un aroma y un sabor que hoy sólo puede reconstruir la memoria.

Jacinto no era únicamente un panadero: era un sostén silencioso en tiempos de escasez. Conocía las penurias del barrio y nunca dejó a una familia sin pan, aunque quedaran piezas pendientes de pago en su cuaderno. Los chaveas, enviados por nuestras madres, acudíamos al carro sin temor ni vergüenza. Él entregaba el encargo aun sabiendo que lo anterior no estaba saldado. Esa generosidad cotidiana, casi anónima, alimentó muchos hogares más allá de lo que jamás recogería ninguna estadística.
A veces me pregunto a qué hora saldría de Alfacar, cuánto tardaría en regresar. Su puntualidad —diaria, incansable, casi ritual— es hoy un misterio que sólo engrandece su recuerdo.
La tradición panadera de Alfacar, arraigada en siglos de oficio y en el uso del agua de la Fuente Grande, era ya entonces motivo de orgullo. Los panaderos veteranos repetían un dicho popular: «El pan de Alfacar no se hace: se cría». Y no era exageración. Ese equilibrio entre manos expertas, masa viva y horno antiguo otorgaba al pan un carácter único, capaz de fijarse para siempre en la memoria de quienes lo disfrutamos.
Hoy, en una época de boutiques de pan y variedades sofisticadas, resulta inevitable la comparación. Aunque la modernización ha aportado calidad y diversidad, es difícil encontrar aquella combinación de honestidad, trabajo duro y aroma inolvidable que acompañaba al pan que Jacinto repartía por las cuestas del barrio.
Guardo en lo más profundo de mi ser ese olor, que es también un fragmento de historia y un símbolo de gratitud hacia quienes, con un oficio modesto pero imprescindible, levantaron hogares enteros. Jacinto fue uno de ellos: panadero, buena gente y amigo, sin pretensión de heroísmo. Llevó alimento y dignidad a las casas del Albayzín.
Este artículo quiere ser un homenaje a aquellos panaderos de nuestra infancia y a su pan, que nunca fue solamente pan. Fue compañía, sustento y memoria.
Pepe R. Sánchez
Enero de 2026






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