Asegura el dicho que las palabras se las lleva el viento y, más allá de entrar en si existe o no una explicación científica que lo avale, lo que no podemos negar es su sentido poético.
Debemos imaginar todas esas palabras pronunciadas durante miles de años suspendidas en el aire, vagando a través de los siglos y empujadas por los vientos de aquí y de allá para posarse caprichosamente sobre nosotros en cualquier momento o situación de nuestras vidas. Así, a pesar de su invisibilidad, imaginémoslas como eternas.
Las palabras pronunciadas con amor se perpetúan en el niño que las escucha y en el amante que las disfruta y, cuando estos ya no estén, su eco no conocerá la finitud; al igual que las palabras lacerantes que dejarán heridas abiertas por generaciones. La dicha y el dolor son una prueba de ello, pues expresados en millones de palabras y en distintas lenguas, se perpetúan por los siglos de los siglos. Incluso aquellas que fueron escritas en libros cuyas hojas gastadas son víctimas de su condición material, permanecerán en la memoria y en las vidas de quienes las leyeron.
Definitivamente, las palabras no mueren, sino que nos habitan; necesitan escapar del olvido y, por ello, se aferran, unas veces, al ímpetu de los vientos para llegar muy lejos y, otras, se dejan acariciar por brisas, envolventes y cálidas, que les permiten posarse una y otra vez sobre nuestras mentes. Estas pueden ser las más peligrosas o las más placenteras, pues se alternan de manera antojadiza y, sin hacer ruido, van adentrándose en nuestros corazones y en nuestra memoria haciéndonos repetirlas una y otra vez.
Sin embargo, las más audaces, auténticas y puras son las agrupadas en versos, aquellas que fueron escritas o declamadas desde la verdad. El poeta, al escribirlas o recitarlas, se siente atrapado por ellas, sucumbe ante su fuerza y, en un acto de inmolación, crea vida y belleza a consta de ir dejando girones de su existencia, girones que va tejiendo meticulosamente a partir de esas palabras que le trajo el viento.
Amigas o no, deseadas o malditas, amorosas o enemigas, zafias o cultas, ruidosas o silentes, a diario aspiramos en cada bocanada de aire la esencia de las palabras, las dejamos entrar en el templo de nuestros cuerpos, en lo más íntimo de nuestras mentes y ellas, gustándose, bailan, saltan, acarician, golpean, invadiendo nuestra voluntad a su antojo. Afortunadamente, cada ser humano cuenta con el amor, instrumento regalado por Dios, capaz de moldearlas y convertirlas en bellas, amigas y amables.





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