Por el 1953 mis hermanos mayores ingresaron en el Centro de Fermentación de Tabacos. Ya eran pocas las veces que bajábamos a hacer alguna faena al haza del rio. Mi padre, ante el hecho de no poder contar con ellos dos —tampoco conmigo, ya que estaba trabajando de fijo en casa de mis tíos—, optó por sembrar la mayoría de la finca de chopos larguiruchos como todos los vecinos del entorno. El resto lo dedicaría para sembrar tabaco y unas pocas habas de verdeo para la casa algún año que otro.
Tres años después, coincidiendo con el terremoto que asoló la mayor parte del pueblo de Albolote, fue cuando por última vez se sembraron habas en esta finca.
La familia, desde muy temprano, había escogido este 19 de abril para pasar el día disfrutando de una mañana primaveral, cargada de perfumes aromáticos venidos de la propia naturaleza y que reventaba de esplendor. Era la estación del año donde los habares ofrecían el fruto de sus vainas más tiernas y jugosas para el consumidor. También era la primera vez que mi madre visitaba la finca que teníamos junto a las proximidades del río Genil.
Más que disfrutar de un día de merienda, donde el plato fuerte eran las habas, el mayor deseo de mi madre era conocer de primera mano a Adora y su familia, de la que tanto sabía en la distancia por boca de sus cuatro hijos.
A las siete de la mañana ya estábamos todos de punta. Esa noche no dormimos ninguno. En particular, mi madre. Se la pasó preparando cantidad de cosas para la comida de las habas verdes: bacalao, tocino magro o jamón de la última cosecha de unos marranillos blancos que, después de tenerlos año y medio engordándolos, nos los querían comprar como lechones; atuendos y más atuendos para la protección del sol y medio botiquín de medicinas, y algunas agujas de ganchillo para terminar un centro de mesa en los ratos libres.
Mi padre, después de deambular impaciente por todos los rincones de la casa buscando algo para llevar, sólo decidió llevarse su escopeta y a los dos perros; también a la cabra, para que los animales disfrutaran el día a la par que todos nosotros.
Mi hermano Pepito, por ser el mayor, se llevó la bicicleta para montar en ella a mi madre en los trayectos de mayor vialidad para el tránsito. Pues a partir del cortijo de Trevijano los caminos se convertían en veredas poco recomendables para cruzarlas con una persona mayor subida en el portaequipaje de atrás. No obstante, cualquier alivio era bueno para nuestra madre, pues ya estaba empezando a dar la cara su reúma.
Mi madre había sido siempre una persona hábil y muy activa. Cuando no estaba entregada con los guisos, estaba lavando su carga de ropa o planchándola. Recuerdo cómo metía el pico de la plancha recién calentada en su hornillo de bolas de carbón, con tal habilidad entre el cuello y los puños que parecía un cochecito de niños salvando las curvas.
En invierno, cuando no había hierba crecida a orilla de la arteria de agua del jaque —donde habitualmente tendía sus ropas para secar—, se subía a lo alto de los secaderos que había en nuestro patio, con sus dos calderos de ropa a rebosar para tenderlos. Esta proeza, para cualquier persona joven que no fuéramos sus hijos, resultaría un puro peligro de vértigo.
Los palos del suelo cuadrado del secadero estaban los unos de los otros a una distancia de un metro, con la intención de acoplarles, si algún día se convertía en vivienda —como así fue—, otro más en el centro. Ella, al igual que todos nosotros, los saltaba con toda normalidad y, además, con sus dos calderos de ropa mojada a rebosar, dispuesta a tenderlos en la cantidad de cuerdas que se habían preparado allí en lo alto. Tal era el domino que le tenía a los palos del secadero.
Como también era mujer asustadiza por temor a las fieras, siempre que pasaba una piara de toros de la ganadería de Pelayo —desde aquel día en que uno de los toros bravos rezagado se coló por el portón—, su refugio para esconderse del ganado bravío era subirse allí en lo alto del secadero. Entre otras cosas, la casa estaba construida en lo que en su día fue paso de trashumancia de animales de todas las especies.
A los treinta y cinco años ya había parido el último de sus diez hijos. Y a los cuarenta y siete ya se le había manifestado el reumatismo articular en una de sus dos caderas. Ella siempre lo achacaba a la construcción de estos mismos secaderos de tabaco, que habían dejado el patio metido en una umbría lo mismo que el haza del río con la siembra de los chopos. El patio, sobretodo en invierno, permanecía lleno de verdín y escacha. Y no podía ella ni cruzarlo para sacar el agua del aljibe con la que empezar sus faenas.
Mi hermano Manuel no nos pudo acompañar esta vez. ¡Con lo que él hubiese disfrutado contándole a mi madre todos los pormenores referentes a la convivencia de Adora y su familia por estas tierras! Pero ya era más de un fin de semana el que Paquito el de los Pajaricos contaba con él y no quería defraudarlo. También, porque el jornal de estos dos días de trabajo de fin de semana le venía muy bien para complementar el poco sueldo que ganaba en el Centro de Fermentación.
Los demás —mi hermana Irene, mi Antoñito y yo— cargamos con una silla baja de la cocina para el descanso de nuestra madre en el camino. Además de dos cestos grandes, con los que parecía que íbamos a echar dos meses de siega, que nos íbamos intercambiando en todo el trayecto hasta llegar a la finca. Un total de catorce kilómetros aproximadamente, repartidos entre caminos y veredas, que los hermanos ya teníamos asumidos como cumplimiento en el trabajo diario.
Pero este era un día especial, no solo porque estuviéramos en plena primavera, sino porque nos acompañaba nuestra madre. De alguna manera nos sentíamos muy felices, como protagonistas de este día exclusivo para ella y para todos nosotros. Un día en el que no nos pasaríamos nada por alto, por muy insignificante que fuera, por complacerla.
La mañana amaneció espléndida. Era un mes de abril de treinta días, como marcaba el calendario, que no olvidaríamos nunca.
Se podría decir que el camino estaba dividido en dos partes simétricas: siete kilómetros y pico de camino y otro tanto de veredas. La BH lo tenía hoy más difícil, sobre todo, en este tramo de veredas desiguales, donde el peso y el equilibrio le podrían jugar una mala pasada. En esta ocasión, la carga no era un saco de abono como fertilizante para las tierras o cualquier herramienta pesada de trabajo. Era nuestra propia madre, quien había puesto toda su confianza en mi hermano mayor para llegar a la finca sana y salva.






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