Ramón Burgos: «Disforia»

Cada vez estoy más seguro de ello: hay una sensación difícil de nombrar que atraviesa hoy la sociedad española –nuestras calles, nuestras plazas, nuestras casas–. No es exactamente tristeza, ni enfado, ni miedo, aunque participa un poco de todo ello. Es más bien una incomodidad persistente, un desajuste entre lo que somos, lo que creemos ser y lo que se espera de nosotros. A ese malestar difuso podríamos llamarlo, en un sentido amplio y no clínico, disforia.

Vivimos rodeados de discursos que nos invitan a definirnos constantemente: quién somos, qué pensamos, a qué pertenecemos, qué debemos sentir. La identidad, que antes se construía de forma más lenta y casi invisible, se ha transformado en una tarea permanente, pública y, a menudo, agotadora.

Además –y es sobre lo que hoy quiero reflexionar–, este “estado de vida” no siempre es una patología. A veces es un “síntoma cultural” que aparece cuando el relato colectivo deja de encajar con la experiencia cotidiana, cuando el lenguaje disponible no alcanza para explicar lo que sentimos.

Y es, precisamente este –la “vorágine cultural”, entendida como el conjunto de símbolos, relatos, valores y expresiones que nos agobian como comunidad–, uno de los espacios donde este “mal” se manifiesta con mayor claridad.

Fijaos que, consciente o inconscientemente, celebramos la velocidad, la novedad constante y la productividad emocional. Todo debe ser intenso, significativo, visible. Sin embargo, la experiencia humana necesita pausas, silencios y procesos largos. Cuando el tiempo cultural no coincide con el tiempo vital, aparece el malestar. Nos sentimos atrasados, insuficientes o directamente irrelevantes.

Con todo –no desearía que lo dudarais– la cultura que no están imponiendo, o que nos estamos imponiendo, puede ser parte del problema, pero también de la solución. Recuperar su dimensión crítica, lenta y abierta es una tarea urgente. Necesitamos espacios culturales –mentales y físicos– que no exijan definiciones inmediatas, que permitan la contradicción y el cambio, que acepten la incomodidad como parte del aprendizaje.

Ramón Burgos Ledesma

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