Hace unos días, Antonio Banderas decía en El Hormiguero: “Hay que decirle a la gente joven que lea […] porque hay premio después de la lectura”.
Sin embargo, los jóvenes no quieren leer y no quieren escribir. Les resulta tedioso y terriblemente complicado porque cada vez comprenden menos. Su vocabulario se empobrece a pasos agigantados y tienen serios problemas para construir oraciones coherentes y textos cohesionados. Y lo poco que escriben lo hacen, salvo excepciones, con una caligrafía grande, irregular, ilegible a veces y salpicada de frecuentes patadas a la ortografía. Quizás los profesores (hagamos autocrítica) estamos cometiendo el error de convertir nuestras clases (con el encomiable objetivo de captar su atención para intentar que aprendan) en una prolongación del patio de recreo. Pero no nos confundamos: el aprendizaje ha de ser ameno e incluso divertido a veces, pero exige esfuerzo, concentración, perseverancia y clima de trabajo. Sin embargo, la atención de nuestros chicos ha sido secuestrada por ese “cerebro de cristal que viaja en el bolsillo”, del que hablaba Antonio, que les proporciona a través de luz, sonido y movimiento instantes inmediatos de placer.
Ese chute dopaminérgico los hunde en un pozo del que no quieren o no pueden salir porque se adueña de su voluntad y se convierte en un tirano que exige cada vez más. Miro con tristeza las manos de mis alumnos cuando el timbre indica el final de la jornada escolar. La mayoría baja las escaleras con la mirada feliz no por lo aprendido, no por la mañana compartida con amigos y compañeros, no por el reencuentro con la familia. Observan con arrobo sus dedos temblorosos que sujetan su bien más preciado: ese dispositivo electrónico que en pocos segundos los va a llevar al Paraíso en cuanto su pantalla inicie el bailoteo de luz y color. Y cuando llegan a casa la situación no mejora porque las familias (hagamos igualmente autocrítica) también hemos sido secuestradas por el genio de la lámpara maravillosa que, en su versión moderna rectangular y sin humo, nos concede nuestros deseos a golpe de clic. ¿Qué libro —carente de luz, sonido y movimiento— puede competir con eso? Porque leer exige esfuerzo y concentración. Pero ¡nos hacen disfrutar tanto una buena intriga o unos emotivos versos! El mundo desaparece a nuestros pies cuando una historia nos atrapa o un poema eleva nuestro espíritu.
No vamos a demonizar el mundo digital ni a obviar todo lo positivo que también tiene, pero no debemos permitirle que coja las riendas de nuestra vida porque hay mucho en juego. Una sociedad que lee y profundiza es una sociedad que piensa y decide, y hay que ponerse en marcha cuanto antes. No hay más que encender la televisión para comprender que la afirmación anterior no es baladí. Necesitamos una “cultura de la lectura” y esta debe “atacar” desde todos los frentes posibles para que cale en la sociedad. Es una tarea ardua, pero todo lo que requiere esfuerzo merece la pena.
¡Si nuestros niños y jóvenes solo lograran imaginar el mundo maravilloso que se esconde detrás de la lectura y la escritura! Familias, compañeros docentes, tenemos trabajo; la sociedad de mañana nos necesita. Leer y escribir son las llaves mágicas para aprender a construir el pensamiento, dialogar y resolver problemas. ¿Acaso eso es necesario? Enciendan la tele o abran un periódico y juzguen ustedes.
Leer tiene premio y lo recogeremos —o no— dentro de unos años. De nosotros depende, AHORA. San Miguel de Cervantes, ora pro nobis. Necesitamos tus superpoderes.

Victoria Eugenia Muñoz Jiménez
Docente de secundaria y escritora
[NOTA: Este artículo de Opinión de Victoria Eugenia Muñoz Jiménez se publicó en la edición impresa de IDEAL correspondiente al martes, 3 de febrero de 2026]





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