Sonrisas que llenan el alma

Fátima Rodríguez: «El motor que nos mueve»

¿Alguna vez te has parado a mirar el mundo a través de los ojos de un niño de tres años? Para ellos, una simple caja de cartón es una nave espacial y un charco de agua tras la lluvia, un océano por explorar.

Esa capacidad de asombro, de ver lo extraordinario en lo ordinario, es, precisamente, el combustible de nuestra profesión. Sin embargo, no vamos a engañarnos: a veces las fuerzas flaquean. Entre la burocracia, las reuniones eternas, los informes y el ruido del día a día, es fácil que la llama de la motivación docente empiece a parpadear, dejando paso a un cansancio que no se cura solo con dormir.

Pero, ¿qué es lo que realmente nos hace levantarnos cada mañana con una sonrisa, dejando nuestros problemas personales en la puerta del cole?

¿Cómo podemos mantener vivo ese entusiasmo cuando el sistema parece pedirnos más papeles que experiencias?

El aula: Un refugio de vida, no un despacho de objetivos.

A menudo nos perdemos en programaciones y evaluaciones estandarizadas, olvidando que nuestra aula no es un lugar de objetivos curriculares, sino un lugar de personas. La desmotivación suele aparecer cuando dejamos de ser «creadores de aventuras» para convertirnos en meros ejecutores de fichas.

Para recuperar la ilusión, debemos volver a la raíz, a esa esencia que nos hizo elegir esta profesión tan bonita y, a la vez, tan exigente.

  1. Innovar para ilusionar (y para ilusionarnos): Como siempre digo en mis talleres y encuentros, innovar no es solo meter una tablet en clase o llenar la estantería de materiales “modernos”. Innovar es mirar a nuestros peques, observar qué les inquieta —ese bicho que encontraron en el patio o la curiosidad por saber a qué sabe la luna— y transformar esa chispa en un proyecto compartido. Cuando ves sus caras de sorpresa ante un nuevo reto, tu propia motivación se dispara. El entusiasmo es el único virus que deberíamos permitir que se propague sin control en el aula.
Aprender jugando
  1. El equipo como red de seguridad: No estamos solos en esta travesía, aunque a veces el silencio de nuestra aula nos haga sentirlo. Compartir nuestras «locuras», nuestras dudas y, por supuesto, nuestros éxitos con los compañeros es vital. La motivación también se construye en los pasillos, compartiendo un café y dándonos cuenta de que el reto de una es el reto de todas.

El derecho a jugar y el deber de soñar

En la etapa de Infantil, nos enfrentamos a menudo a la presión de «prepararles para primaria». ¡Qué gran error! Nuestra misión no es que sepan escribir su nombre antes de tiempo, sino que no pierdan las ganas de aprender.

  • Cero prisas, mucho juego: Respetemos los ritmos. Cuando jugamos con ellos, nos ponemos a su altura y disfrutamos del proceso sin mirar el reloj, la magia ocurre. Esa magia es bidireccional: alimenta su aprendizaje y cura nuestro cansancio. Si el docente se divierte, el niño aprende. Es una regla matemática que nunca falla.
  • Ambientes que invitan a crear: A veces, cambiar un rincón de la clase, introducir un material desestructurado o simplemente cambiar la disposición de las mesas, renueva las energías. Un espacio vivo es un docente vivo.

Alimentar el entusiasmo

La formación continua —leer, escuchar a otros docentes, dejarse inspirar, asistir a charlas, congresos— no es solo acumular puntos para un concurso. Es reciclar nuestra propia mirada. Ese círculo perfecto entre Entusiasmo-Creatividad-Innovación es lo que nos mantiene vivos profesionalmente. Si nosotros no estamos motivados, difícilmente podremos contagiar esa pasión por descubrir el mundo.

Reciclar nuestra propia mirada

Cierro este artículo con un pensamiento que me acompaña en cada asamblea: somos los encargados de cocinar a fuego lento el futuro de la sociedad. Y para que ese plato salga rico, con sabor a felicidad y a respeto, el ingrediente principal no está en los libros de texto, sino en la mirada que les devolvemos cada mañana.

Gracias a mis peques por ser mis maestros de vida, por enseñarme que un abrazo lo cura todo y a cada docente que, a pesar de las nubes grises, decide cada día ser el sol radiante de su clase. ¡Sigamos soñando despiertos!

Fátima Rodríguez Martín

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