En la política local ocurre algo parecido a lo que sucede en la mayoría de los conflictos bélicos: no todos los soldados viven para el frente.
Esta reflexión –os lo aseguro–, surgida a tenor de los desgraciados acontecimientos que estamos viviendo, no es casual. La política, especialmente en el ámbito municipal, se libra muchas veces como una guerra de desgaste. No hay grandes titulares internacionales ni épicas banderas, pero sí trincheras cotidianas: plenos interminables, pactos frágiles, presiones internas, desgaste mediático y una exposición constante que no siempre se compensa con resultados visibles.
Hay quienes parecen hechos para el combate permanente. Son los perfiles que crecen en la confrontación, que entienden la política como una sucesión de batallas y que se miden por la capacidad de resistir golpes.
Pero existe otro grupo, menos ruidoso y muchas veces invisible, que también sostiene el sistema.
Son cargos públicos, asesores o militantes que entraron en política con la intención de transformar, gestionar o mejorar lo cercano, y que con el tiempo descubren que el frente no siempre es el lugar desde el que mejor se sirve.
El «servicio circunscrito» es especialmente exigente porque no permite esconderse. El munícipe se cruza con sus votantes en el supermercado, en el colegio de sus hijos o en el bar del barrio. Las decisiones no son abstractas: afectan a calles concretas, a nombres y apellidos conocidos. Esa cercanía, que debería ser una fortaleza democrática, también se convierte en una carga emocional difícil de sostener en el tiempo.
Dar un paso atrás, sin embargo, sigue siendo visto como un fracaso. La cultura política premia la permanencia, la resistencia casi heroica, y penaliza la retirada, incluso cuando esta se hace con responsabilidad… Y esta «lógica» –sin duda alguna– empobrece a la gobernanza de la sociedad. Porque no todos los perfiles válidos son combatientes perpetuos. Gobernar también requiere pausa, reflexión y, en ocasiones, saber cuándo ceder el testigo.
Al final, como en toda guerra, no gana quien más grita ni quien más resiste, sino quien sabe «leer el terreno» y adaptarse a la realidad.





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